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Los esfuerzos legales de Trump robustecieron las instituciones americanas

Si Trump nunca hubiera elevado la denuncia de fraude, el relato distorsionado de los demócratas se hubiera seguido alzando. Comprado por quienes se dejan embaucar, lamentablemente para ellos hay una verdad inflexible: Estados Unidos sigue de pie

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Estados Unidos sigue de pie. Sí, para el pesar de los que querían que todo se desmoronara para sacarle rédito a sus irresponsables presagios. Pero Estados Unidos no solo sigue en pie, sino que se ha fortalecido aún más. Trump, quizás sin querer, reforzó la institucionalidad americana.

A veces las repúblicas necesitan desafíos para blindarse, sobre todo en tiempos de tanta tensión. El escándalo de Watergate paradójicamente curtió a la nación y sirvió como precedente importante para alertar a unos y otros: el mundo ve, la prensa ve. Es la necesaria lesión que robustece a las instituciones y endurece la piel. Está bien irse contra todo lo establecido, porque está bien que lo establecido reaccione. Está bien lo que hace Donald Trump.

El presidente está en su derecho de impugnar las elecciones. Ya por ahí vemos una distancia gigantísima con las dictaduras caribeñas o asiáticas, completamente ajenas a los procesos. La denuncia de fraude de la campaña de Donald Trump, a diferencia de lo que han dicho los opinadores demócratas, no asoma una deriva institucional sino da pie a lo contrario. Aún cuando el sistema es perfecto (que no es el caso), está bien cuestionarlo y volverlo a cuestionar.

Empecemos por que hay suficiente ruido como para impulsar las denuncias del presidente y su campaña. Ha habido irregularidades —innatas, eso sí, al sistema, y para nada inéditas— y atravesamos un contexto único en la historia, lo que da pie a numerosas manipulaciones. Estados Unidos aplicó un delicadísimo experimento con los mail-in-ballots, a propósito de la pandemia, y eso engrosa el argumento de la denuncia de fraude. Estas denuncias, naturalmente, terminaron en las instancias correspondientes. Y es ahí donde ha habido las reacciones que han blindado como nunca a América.

Los demócratas tendrán que asumir su responsabilidad por mentir y manipular a sus electores. El cinismo de quienes hoy se asumen como autoridades morales frente a las denuncias de fraude de Trump, a las que han tildado de descabelladas, es obsceno. Hablamos de los mismos demócratas que duraron cuatro años mascando entre los dientes las delirantes teorías, sin prueba alguna, que perfilaban a Trump como una marioneta rusa. Pero además, van a tener que tragarse sus palabras con respecto a la Corte Suprema.

La nominación de Amy Coney Barrett por parte de Donald Trump fue increpada con los peores argumentos posibles. A los demócratas les duele tener que vivir con una Corte Suprema compuesta por una clara mayoría de jueces conservadores, entre los que hay tres nominados por Trump. Al final, su argumento contra Barrett fue que sería inaceptable que el presidente nominara a un juez a tan poco de las elecciones. Y muchos dijeron que la estrategia de Trump consistía en la posibilidad de que Amy Coney Barrett fuera la muleta que le permitiría a su campaña revertir los resultados.

Nada más lejos de la realidad. De los nueve jueces de la Corte Suprema, seis son conservadores y tres le deben su nominación al presidente Trump. Sin embargo, pese a las advertencias del Partido Demócrata, en el momento decisivo se mantuvieron apegados a la institución y bastante lejos de la Casa Blanca. Decían que eran incapaces de ser imparciales, y terminaron rechazando el 8 de diciembre la demanda en Pensilvania, de la campaña de Trump, y los grandes esfuerzos legales contra las elecciones encabezados por el ministro de justicia de Texas, y acompañados por otros 17 estados.

Trump es hoy el caballito de batalla del Partido Republicano por la Casa Blanca. Sabe la mayoría republicana del Senado que Trump es una fuerza imparable que atrapa votos como moscas. Sabe esa misma mayoría que le conviene inmensamente la reelección de Trump. Pero Mitch McConnell obedece al Capitolio. Y aunque fue muy prudente y se aguantó por mucho en llamar presidente-electo a Joe Biden; finalmente lo hizo, luego de que el 14 de diciembre votara el Colegio Electoral. Su apuesta es clara: a una cooperación con la Casa Blanca que ataje a los radicales que poco a poco se están tomando el Partido Demócrata. Su reacción, institucional, es un gesto a Estados Unidos.

Por último, el Departamento de Justicia. El muy reputado William Barr fue el blanco de las peores críticas de los demócratas desde que Trump lo eligió para el cargo, en febrero de 2019. Le responsabilizaron de politizar al Departamento y de serle más fiel a la Casa Blanca que a la institución. Estas críticas sin fundamento se diluyeron porque William Barr estuvo más que a la altura del cargo y esto es muy bien explicado en un excelente editorial del Wall Street Journal en el que se lee que «el fiscal general fue el hombre adecuado para el trabajo en tiempos híper polarizados».

Bueno, ese mismo fiscal general, la supuesta pieza de Trump que politizó al Departamento de Justicia, le puso un parado a las denuncias de fraude del presidente. Lo dice el Wall Street Journal: «Quizá la mayor contribución de Barr fue decirle la verdad a Trump, quien quería que sus torturadores fueran procesados, ya sea que la evidencia lo justifique o no». «Esta fue la decisión correcta y muestra la adhesión del señor Barr a los principios», continúa el Wall Street Journal.

Y no fue que William Barr le dio la espalda a Trump. No. Instruyó una investigación federal a las denuncias de fraude aunque eso le costara la renuncia de empleados. Y la instruyó porque era lo correcto, porque millones creen y están convencidos de que las elecciones fueron robadas. Entonces, toca investigar. Pero los esfuerzos no llegaron a nada y, como declaró a Associated Press, no existen elementos decisivos de fraude que puedan revertir los resultados.

Más recientemente, este lunes 21 de diciembre, William Barr volvió a ser noticia porque aclaró que no va a designar a un enviado especial para investigar las denuncias de fraude. No lo ve necesario. «Si pensara que un enviado especial en esta etapa es la herramienta correcta y apropiada, nombraría a uno, pero no lo he hecho y no lo voy a hacer», dijo en una rueda de prensa.

Como muy bien dice el profesor Héctor Schamis en su última columna: «La estabilidad democrática tampoco depende de la convicción de un presidente, lo cual ayuda si la posee, sino que se basa en instituciones que marcan los parámetros de lo que el Gobierno puede hacer y no hacer».

Los gestos de la Corte Suprema, del Partido Republicano y su líder, Mitch McConnell; y del fiscal Barr blindan a Estados Unidos como república. Son la necesaria reacción a unos esfuerzos legales y legítimos, pero caricaturizados injustamente.

«Rutilante demostración de separación e independencia de los poderes del Estado, los Padres Fundadores estarían orgullosos. No solo hay separación de poderes», nos dice Schamis, «sino que esta es más fuerte que cualquier ideología e identidad partidaria».

Si Trump nunca hubiera elevado la denuncia de fraude, el relato distorsionado de los Demócratas se hubiera seguido alzando. Comprado por quienes se dejan embaucar, lamentablemente para ellos hay una verdad inflexible: Estados Unidos sigue de pie. Con sus mañas y vacíos, es una república sólida, hoy reforzada por los desafíos a los que se enfrentan las instituciones.

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