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Europa como “satélite soviético” del Partido Comunista chino

China celebrará tener varios satélites por el orbe, y si bien esto no ha de llevarnos a vulnerar el principio de no agresión, hay que permanecer muy alerta

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La Guerra Fría como tal es cosa del pasado (una pulsión muy tensa entre la Unión Soviética y los Estados Unidos de América al término de la Segunda Guerra Mundial). Pero eso no exime de conocer la historia de modo que podamos comprender mejor determinados problemas actuales.

Puestos a hacer concreciones, esto es lo que ocurre con el antiguo Bloque del Este, firmante del Pacto de Varsovia (1955), a modo de sellar una aparente “colaboración” entre determinados Estados. Así se pudo recalcar el tratamiento de los llamados “satélites soviéticos”.

Las entonces repúblicas socialistas de Albania, Alemania (mitad oriental), Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia y Rumanía suscribieron ese pacto junto a la Unión Soviética (la que en su momento tenía su sede capitalina en Moscú).

El resto de Europa no cayó por fortuno. Eventos pretéritos como el Milagro del Vístula (1920) frenaron la expansión soviética por todo el continente europeo mientras que la derrota del “bando rojo” en la Cruzada de Liberación española (1939) frustró las pretensiones protosoviéticas de la II República.

Ahora bien, en momentos de comienzo de una nueva década, el continente europeo parece no librarse de algo similar, que no necesariamente ha tenido que resultar de una III Guerra Mundial que alguno temía bien por el mandato de Donald Trump o por alguna otra “predicción apocalíptica”.

Un “virus chino” como Westerplatte contemporáneo
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“China celebrará tener varios satélites por el orbe, y si bien esto no ha de llevarnos a vulnerar el principio de no agresión, hay que permanecer muy alerta”. (Flickr)

Si un evento desencadenante clave de la II Guerra Mundial fue la Batalla de Westerplatte (1939), que terminó con la anexión de la ciudad libre de Danzig (urbe polaca de Gdansk, en la costa báltica) al III Reich, Wuhan (China) ha sido el punto clave de estas actuales convulsiones.

Lo anteriormente mencionado aconteció poco más de una semana después de la firma de un tratado de distribución territorial entre dos bloques que representaban dos de las mayores degeneraciones ideológicas y totalitarias de la historia (el nazismo y el comunismo, ya en la fase tercera de la Revolución).

En este caso hablamos de la propagación de un coronavirus conocido como SARS-CoV-2 o COVID-19 (yo personalmente tiendo a estar convencido de que el origen no resultó de la ingesta de un pangolín, sino de maniobras de un instituto de virología que no escapa en su totalidad del control de cierta tiranía).

Como consecuencia, sin entrar en discusiones sobre la veracidad de las cifras oficiales, ha habido muertes así como un deterioro de la salud no necesariamente directo. Las consecuencias de esta especie de “guerra biológica” han desembocado en una crisis que escapa el ámbito estrictamente sanitario.

De hecho, se hizo necesaria la contención de la propagación de este patógeno escapando todos los límites de la histeria colectiva, siguiendo los patrones de praxis política seguidos por la tiranía comunista china y avalados por la OMS, que a su vez han estimulado las malas tentaciones del estatismo occidental.

Paradójicamente, las democracias liberales han perpetrado uno de los atentados a la libertad de circulación más drásticos de los últimos tiempos, habiéndose dado una considerable innovación en el concepto del Estado Policial (siempre con costes de aparente justificación, como advirtió Hoppe).

China busca reforzar su ámbito de poder e influencia global
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“Cualquier gesto en favor de China es un aval de diversa índole a un sistema político totalitario en su integridad y enemigo de esa Cristiandad que define a Occidente. Hay que proceder tanto a la contra política como a la contrarrevolución”.

Las dudosamente fiables estadísticas del régimen comunista en cuestión sugieren que la economía china ha sido la única que no ha entrado en recesión, algo que no ha de importar ya que el PIB no es el mejor indicador (la manufacturación de material sanitario se ha disparado en estos meses).

No obstante, la cuestión presente no viene a discutir sobre el oxímoron que supone considerar este país como un caso de éxito del capitalismo bien entendido dado que la libertad económica brilla por su ausencia (lo que prevalece es una fuerte vinculación de grandes empresas con el Partido Comunista chino -PCCh-).

La preocupación a exponer en estas líneas respecta al interés que tienen en extender su influencia más allá de estar en compinche con cierto responsable del Terror Rojo Etíope y de preferir que los Estados Unidos tengan en la Casa Blanca al candidato del Deep State (Joe Biden).

En los últimos días del recién despedido año 2020, por medios telemáticos, la Comisión Europea alcanzó un “importante” acuerdo de inversiones con el régimen comunista de Xi Jinping, a venderse como una apuesta por “la mejora de las relaciones económicas” entre ambos “bloques”.

En esos momentos también se habló del “cambio climático” (otro de los pretextos para el intervencionismo económico, que podría volver a agitarse tras la “crisis pandémica”, con el recobrado protagonismo de figuras sensacionalistas como Greta Thunberg). Pero es que, en verdad, no se trata de nada exclusivo.

Llevan años los eurócratas tratando de reforzar sus relaciones con este Estado asiático, lo cual disfrazan como cooperación poliaspectual y mejora de las proyecciones económicas y comerciales. Pero lo hacen de tal manera que exhiben su enésima blandenguería con las tiranías comunistas.

En casos como el español, no debería de sorprender tanto cuando Moncloa tiene a un co-dictador posmoderno que proviene de una filial del régimen bolivariano y no es ajeno al llamado acuerdo del Grupo de la Puebla (con la indiscutible complicidad del PSOE).

Pero sí, esa eurocracia cada vez más sovietizada está alineada a las causas izquierdistas y revolucionarias. No se alarman demasiado sobre los asesinatos y secuestros de disidentes, los campos de concentración, el hostigamiento a los uigures, la opresión a los tibetanos y la dura cristianofobia.

En cambio, han tratado de utilizar su reciente fondo de contingencia económica como enésimo ariete ideológico contra los Estados polaco y magiar, como “castigo” a la restricción de entrada de inmigrantes musulmanes, tratando, a su vez, de imponer allá el abortismo y el totalitarismo de género.

Por lo tanto, es imposible creer que así puede conseguir la oficialmente llamada Unión Europea una “autonomía estratégica”. China celebrará tener varios satélites por el orbe, y si bien esto no ha de llevarnos a vulnerar el principio de no agresión, hay que permanecer muy alerta.

Esto escapa la mera pugna geopolítica. Cualquier gesto en favor de China es un aval de diversa índole a un sistema político totalitario en su integridad y enemigo de esa Cristiandad que define a Occidente. Hay que proceder tanto a la contra política como a la contrarrevolución.

Nuestro deber ante esta preocupante realidad no pasa por bajadas de pantalones ni emulación de políticas de la misma categoría. No vale el proteccionismo, sino una respuesta competitiva. Apostemos por la tradición cristiana, el libre mercado, los derechos de propiedad, la descentralización y la dignidad humana.


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