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¿Es exagerado hablar de “segregación sanitaria”?

¿Es exagerado hablar de “segregación sanitaria”?

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La situación sanitaria y no tan sanitaria derivada del SARS-CoV-2 o COVID-19, no ha pasado a la historia.

De acuerdo con las estadísticas oficiales, ha habido un “serio repunte” en países de Europa Central-Oriental dado que el porcentaje de vacunación no es tan alto como, por ejemplo, en España y Portugal (pero no por falta de medios económicos, sino por haber una proporción de escepticismo mucho más amplia).

Al mismo tiempo, se alerta sobre la propagación de una variante conocida como ómicron, con una velocidad transmisible mucho más elevada. Tuvo su origen en Sudáfrica, lo cual dio lugar a que alguno que otro Estado de las regiones más occidentales considerase prohibir los vuelos con este país africano (por ejemplo, Alemania, Países Bajos, Canadá y España).

Aunque se esté “investigando” sobre la efectividad de las vacunas contra esta nueva cepa (por ejemplo, en Pfizer-BioNTech son partidarios de aplicar una tercera dosis), también es cierto que sus síntomas son menores y que, hasta el momento, no se ha reportado ningún fallecimiento como consecuencia de su contagio.

De todos modos, con esto simplemente pretendía poner en contexto al lector, ya que el quid del artículo no es otro sino discutir sobre la tesis de denuncia en base a la cual, la mayor parte de Estados modernos estarían perpetrando, en estos momentos, una especie de “segregación sanitaria”.

¿Semejanzas con totalitarismos pretéritos?

Entre los críticos del llamado “pasaporte COVID”, que no deja de ser una especie de directriz del Partido Comunista de China (PCCh), hay quienes recurren a hacer comparaciones con los famosos apartheids sudafricanos, así como con las estrellas de tela que las fuerzas del III Reich (nazi) imponían a ciudadanos de determinadas orientaciones religiosas.

Inicialmente, el apartheid era un sistema de reglas que mantenía a las personas de raza negra lo más aisladas y separadas posible del resto de la población de Sudáfrica (aceptación social, “derecho” a la participación electoral, etc.). Ahora sigue dándose, pero contra aquellos habitantes de piel blanca, con un silencio absoluto por parte del agit-prop “progre”.

Por otro lado, las estrellas de tela previamente mencionadas, con una silueta prácticamente similar a la Estrella de David, eran habitualmente utilizadas para señalar a los judíos, que fueron unos de los más hostigados y perseguidos por los criterios racistas y eugenésicos de la Alemania nazi.

Con lo cual, al denunciar los visos liberticidas, hay quienes establecen estas comparaciones. Puede que algunos piensen que se trata de una homologación superficial y simplista (si bien otros entienden que el camino de servidumbre es ahora “igual de malo”), aunque todos coincidan en que a cuenta de esto se están restringiendo varias libertades concretas.

Considerando que para entrar en determinados locales públicos (bares, museos, universidades y espectáculos abiertos) se requiere que el interesado tenga dosis de vacunación o, en su defecto, una prueba con resultado negativo que puede ser un test de antígenos o un PCR (medidor de la reacción de la cadena en polimerasa).

segregación sanitaria
¿Es exagerado hablar de “segregación sanitaria”? (Archivo)

La opresión no es ninguna solución médica, ética ni recomendable

Yo, personalmente, sostengo que el COVID-19 existe y me inclino por la tesis que atribuye su origen a la acción humana en un laboratorio que de alguna u otra forma está subordinado al PCCh. Al mismo tiempo, no tengo ningún dogma automático que me permita ser considerado como “anti-vacunas” o como enemigo de la “ciencia moderna”.

Puedo ser crítico, en cambio, con la existencia de unas relaciones propias del corporativismo o crony capitalism entre los Estados modernos y las grandes corporaciones farmacéuticas (lo mismo ocurre con las Big Tech), o entender que el procedimiento de emergencia que autorizó los primeros tipos de viales pudiera ser “demasiado precipitado”.

Ahora bien, del mismo modo que no voy a “demonizar” por completo la llamada “medicina moderna” ni a la quinta generación de telefonía móvil (conocida como 5G), tampoco voy a dar por válida una histeria artificial que permita asimilar una progresiva pérdida de libertades por parte de los individuos.

Que hay gente que no ha sufrido efectos secundarios tras recibir alguna dosis vacunal contra el COVID-19 es cierto. Que según los datos oficiales pueda haber menos muertos y personas en la UCI puede ser cierto. Que los medios dan información confusa, poco comprometida con la consecución de la verdad, tampoco es mentira.

No obstante, no podemos considerar ciertas soluciones de inmunología como una especie de “maná” o “verdad absoluta”. Más bien han de ser tratadas como una solución más en el mercado, que pueda ser discutida libre y razonadamente por los profesionales académicos, científicos, farmacéuticos y sanitarios.

No hay que prohibir todo aquel tratamiento que pueda no provenir del entramado corporativista sanitario. Pongo como ejemplo la hidroxicloroquina que facilitó la recuperación del presidente brasileño Jair Bolsonaro o la terapia de tratamiento con anticuerpos monoclonales que DeSantis ha autorizado en Florida.

Así pues, la vacuna no puede considerarse como una condición sine qua non para poder llevar a cabo cierta “vida normal”. Básicamente es una solución farmacológica que tiene efectos adversos como casi cualquier medicamento. Con lo cual, tiene mucho menos sentido utilizarla para “discriminar” a la población.

Hay que dejar que quien quiera se vacune con la dosis que desee, cómo, dónde y cuándo quiera (sincera y francamente). Pero ya sea por objeción de conciencia o mera oposición justificada, no hay que obligar a nadie a aceptar un tratamiento concreto, lo cual es contrario a la ética médica (no solo a los Códigos de Nüremberg).

Quien tenga síntomas o se encuentre debilitado, que reciba atención médica y se recupere lo más pronto posible (y que se resguarde para su recuperación, utilizando mascarilla si lo considera necesario). Pero no por ello hay que poner en peligro la vida social de los individuos ni aplicar mayores restricciones económicas.

La salud mental también merece ser cuidada, y lo digo porque si se busca aislarnos bajo el pretexto “preventivo”, es más factible desarrollar cuadros ansioso-depresivos. Lo mismo, por culpa de la desesperación, si se promueve cierto acoso o si se estrangula económica y políticamente a un negocio.

UK Covid-19 booster rollout (EFE)

Ensayo social en toda regla

Exigir el “pasaporte COVID” no solo discrimina entre vacunados y no vacunados, sino que vulnera la privacidad de los pacientes, ya que, en principio, el historial médico, por cuanto y en tanto ampara a la persona, formaría parte de la categorización de los datos personales (a no ser que se omita la información identificativa en una previa extracción de datos).

Crear “campos de aislamiento” para los contagiados de COVID-19 (como se está haciendo en Australia) que no requieran atención hospitalaria ni sean personas en la absoluta mendicidad no supone ningún beneficio (alejar a los enfermos en mayor medida de sus familiares y de su entorno cotidiano puede suponer cierto trauma psicológico).

Ahora bien, yo prefiero señalar que se está utilizando un virus supuestamente resultante de unas acciones humanas muy sospechosas e intrigantes para aplicar una férrea estrategia de ingeniería social sobre la población, a lo cual ayuda el vacío espiritual, el miedo al más allá (posturas cortoplacistas entre otras cosas).

Porque el asunto se podría haber tratado sanitariamente sin más, pensando en el bien común, sin nuevas ideas políticas de laboratorio. Pero no, optaron por aumentar el peso del Estado, por vulnerar contradictoriamente nuestra libertad de circulación y por buscar nichos de oportunidad para la invasión de la privacidad por medio de la tecnología.

Con lo cual, más que de “segregación sanitaria” podríamos hablar de una “excusa perfecta” para un ensayo social que sirva para los propósitos del socialismo, que de una u otra forma es la ideología que da sustento al estatismo, a la constante dominación y amenaza del fuero interno del individuo y de la idea de sociedad fuerte, fértil, libre y próspera.

Ángel Manuel García Carmona es ingeniero de software, máster en Big Data Analyst, columnista y tradicionalista libertario // Ángel Manuel García Carmona is a software engineer, master in Big Data Analyst, columnist and libertarian traditionalist.

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