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China

El mundo debe exigir sanciones económicas y libertades políticas en China

Las sanciones económicas y políticas a China aguardan a ser ejecutadas también por la terrible desgracia esparcida en forma de virus hace poco más de un año

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En marzo se cumple un año del momento en que la reconocida periodista Patricia Janiot lanzaba a la audiencia mundial la pregunta de cuáles eran las consecuencias que la dictadura china debería enfrentar por ocultar el inicio de la crisis del COVID-19. Ello a raíz de que el Gobierno chino reconoció «la deficiencia en su respuesta a la epidemia».

No faltaron quienes desde Occidente resaltaban que la palabra «deficiencia» era poco decir. Al régimen comunista se le acusa de haber ocultado la enfermedad y hasta de haber reprimido las voces internas que advertían sobre los riesgos potenciales de expansión. «El Partido Comunista de China (PCCh) suprimió los informes iniciales… y castigó a médicos y periodistas, lo que provocó que expertos chinos e internacionales pierdan oportunidades críticas para prevenir una pandemia global», señalaba en marzo de 2020 el Consejo de Seguridad Nacional (NSC) estadounidense.

Hoy, el mundo continúa sufriendo penosamente por ese accionar que al parecer pretendía amortiguar el impacto en la «reputación» del poder oficial del PCCh y su audaz y calculada propaganda política más allá de sus fronteras.

Por supuesto, denunciar la responsabilidad del régimen dictatorial —hasta ahora impune— no debe hacerse extensivo a los ciudadanos chinos. Esto solo alimenta posturas xenófobas, racistas o estigmatizaciones peligrosas. No hay que confundir entonces a un pueblo neutralizado en su libertad de expresión, con la brutal coacción y represión de un poder político gubernamental obsesionado con querer controlarlo todo.

Las respuestas a la pregunta planteada por Janiot fueron abrumadoras e imparables. La gente, sin importar origen, se centraba sobre todo en sanciones económicas al dictatorial poder político de China. En obligarlos a resarcir o indemnizar de alguna manera los catastróficos efectos globales provocados.

Pero quizá la mejor sanción mundial —a modo de prevenciones futuras— al PCCh que reincidirá con la manipulación y el abuso de poder, es condicionarlos a efectuar a todos los plazos procesos electorales libres, plurales y supervisados internacionalmente. Procesos en los que la gente opte al fin libremente por el cambio político que silenciosamente añora. He ahí una dimensión —el de las libertades políticas cercenadas— que neutralice los afanes de una añeja dictadura poseedora de un poder abusivo e incontrolado que ha venido impactando las circunstancias internas como externas, mucho más allá de sus fronteras.

En momentos de gran tensión y confusión parece olvidarse que es el narcisismo político manipulador de las dictaduras y los autoritarismos —es decir, de los gobernantes que las conducen y resaltan que «nunca se equivocan»— uno de los peores enemigos de un servicio de salud pública efectiva. Sistemas de salud estatales ya de por sí deficientes o verdaderamente calamitosos en muchas partes del planeta, tal como ocurre hoy, por ejemplo, en la Venezuela socialista gracias al chavismo inamovible y criminal.

Volviendo al Asia, una China impune continúa obrando con audacia en el tablero de ajedrez y poder global. Es un ágil pez en el agua. Su influjo creciente y dosificado en diversos países (sobre todo en Latinoamérica) consolida cada vez más colaboradores gubernamentales que minimizan su represiva realidad interna y sus afanes de expansión política y económica. La propaganda comunista china se sincroniza muy bien con estas cooperaciones internacionales de no menores contornos ideológicos.

El totalitarismo chino juega con «ventaja» frente a las democracias liberales occidentales al controlar perpetuamente y a gusto la localización del poder político y el sistema de conflictos. Cada vez más los entendidos mas serios en asuntos chinos y millones de personas de todos los continentes se preguntan si un país de tal envergadura puede seguir teniendo un lugar tan crucial en la dinámica de poder mundial teniendo bajo control casi absoluto y totalitario a millones de personas dentro de sus fronteras. 

En perspectiva, es posible que un creciente número de países empiece a exigir o aumentar los reclamos a que China respete un sistema de libertades políticas esenciales y operantes. Un contexto nacional en el que los ciudadanos puedan al fin tener la posibilidad de optar voluntariamente por remover a las poderosas élites del PCCh que se aseguraron por décadas impunidades internas y externas con su vitalicio y omnímodo poder político.

Las sanciones económicas y políticas a China aguardan a ser ejecutadas también por la terrible desgracia esparcida en forma de virus hace poco más de un año por casi todo el orbe.

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