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La falsa promesa de Venezuela

El presidente Biden ha cometido otro error en su política del exterior, lo cual afectará negativamente los intereses del pueblo americano, sus aliados y de países en el hemisferio occidental. México lideró, con varios otros países, una campaña para presionar a Biden a que invitara a líderes de regímenes adversarios —como Nicaragua, Cuba y Venezuela— a participar en la celebración esta semana de la Cumbre de las Américas en California.

La campaña de presión no solo está enraizada en su afinidad con otros países vecinos de inclinación socialista, sino también en la percepción disminuida de los Estados Unidos.

La decisión de Biden de aliviar sanciones al sector energético de la dictadura venezolana es otro en una larga lista de errores en su política del exterior. América Latina está experimentando una segunda ola rosa con la imposición del socialismo del siglo XXI y el ascenso al poder de Daniel Ortega en Nicaragua, Gabriel Boric en Chile, Pedro Castillo en Perú y, probablemente, Lula da Silva en Brasil.

El aumento del precio de la gasolina, que ya casi está en un precio promedio de cinco dólares por galón, ha hecho que el Biden busque desesperadamente una alternativa que le permita palear los efectos de su batalla contra la producción de energía fósil en los Estados Unidos. A pesar de que los productores americanos tienen la capacidad de restaurar y aumentar su producción, la administración demócrata y su adherencia dogmática a eliminar los combustibles fósiles desincentiva a los productores y limita la producción nacional.

Quizás el presidente necesita que se le recuerde lo que el régimen de Venezuela realmente representa: una dictadura que ignora las normas humanitarias y democráticas más básicas, que mantiene presos políticos, que promueve una política de integración económica con China e Irán, y que ha permitido una absoluta degradación del medio ambiente en la región.

Lo incompresible es que, a pesar de la reducción de sanciones a Venezuela, la dictadura de Nicolás Maduro no ha dado respuesta concreta en cuanto a la liberación de prisioneros políticos o la restauración de las instituciones democráticas. Un acercamiento al régimen de Maduro sin solucionar estos problemas conlleva un riesgo que afectará a los intereses americanos en la región y la seguridad de Estados Unidos.

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Además de sus prioridades políticas equivocadas, el presidente Biden cree, erradamente, que Venezuela es un titán energético, cuando en realidad no es más que un tigre de papel.

La compañía estatal de Petróleos de Venezuela (PDVSA) alcanzó, en su mejor momento, una producción de 3 millones de barriles diarios (b/d), aproximadamente. Estos niveles de producción descendieron drásticamente tras el ascenso del presidente Hugo Chávez al poder. Hoy en día, como consecuencia de la inestabilidad política, la corrupción, la fuga de cerebros y las fallas de Maduro, la producción ha descendido hasta un nivel de 681 mil b/d, aproximadamente.

En pocas palabras, Venezuela no tiene la capacidad técnica o el capital para sostener una producción significativa. Además, la industria de este país no cumple con los estándares más básicos en materia de seguridad de infraestructura petrolera. Venezuela ha sido testigo de más de 46,000 derrames petroleros entre el 2010 y el 2016. La situación actual está tan fuera de control que PDVSA ha dejado de informar sobre dichos derrames a pesar de la indignación de las naciones vecinas.

A pesar de que Maduro ha declarado que puede aumentar la producción venezolana hasta 1.5 millones de b/d, la realidad es que esto le puede costar hasta $250 mil millones y tomar no menos de ocho años. La producción de petróleo venezolano en volúmenes significativos a corto plazo es tan realista y riesgosa como la revolución de energía limpia promovida por la administración de Biden.

La falsa promesa de Venezuela
Los dictadores de Cuba, Miguel Díaz-Canel, y de Venezuela, Nicolás Maduro, en la XXI Cumbre de la Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América (ALBA). (EFE)

En lugar de ayudar al aumento de producción petrolera de una dictadura socialista, sería mucho más fácil y económico que el presidente Biden empodere a productores americanos, quienes tienen la capacidad de incrementar la producción en unos 1.2 millones de b/d, alcanzando así niveles de producción prepandemia.

Además de lo anterior, cabe destacar que Venezuela cuenta con apoyos financieros que eliminan cualquier tipo de esperanza con respecto a la disponibilidad de petróleo a futuro o a la trayectoria política del país. China, que está bajo escrutinio por su uso de trabajo forzoso, ha suscrito prestamos pagaderos en petróleo con el régimen de Venezuela por un importe superior a los $50 mil millones. Préstamos que, probablemente, la dictadura venezolana no pagará.

Además de las claras intenciones de socavar los intereses de USA alrededor del mundo, China tiene una demanda insaciable de energía que le permite cubrir cualquier reducción en la demanda que pueda ocurrir como consecuencia de las sanciones americanas. El año pasado, China aumentó dramáticamente la importación de petróleo de Venezuela e Irán, alcanzando los 324 millones de barriles. De esta forma, China permite que países como Venezuela e Irán eludan los efectos adversos de las sanciones impuestas por las democracias occidentales.

Además de China, Irán aumentó significativamente su apoyo al régimen de Maduro tras la imposición de sanciones más estrictas. Los iraníes iniciaron con la exportación de equipos técnicos y extendieron su cooperación al apoyo de ingeniería a las refinerías venezolanas y a la exportación de petróleo para ayudar con la mezcla de crudo.

Peor aún, el mes pasado, justo antes de que Biden aliviara las sanciones al régimen de Maduro, Irán envió una delegación de alto nivel a Venezuela. Además de Maduro, la reunión incluyó al ministro de petróleos de Irán, Javad Owji y, más notoriamente, a su contraparte venezolana, Tareck El Aissami, quién además es requerido en los Estados Unidos por tráfico de drogas. El Aissami tiene ahora un pedigrí que lo ha convertido también en traficante de petróleo venezolano sancionado.

El diálogo con adversarios no es de por sí un peligro. De hecho, es una forma importante que un presidente americano tiene para lidiar con adversarios; una tarea tan importante como lo es lidiar con aliados. Sin embargo, aliviar sanciones sin resolver la raíz del problema es una concesión basada en desesperación.

Bajo el Gobernó Biden, la inflación ha alcanzado su nivel más alto en 40 años y las familias americanas se están dando cuenta de que es más difícil pagar por las necesidades básicas. Tienen que vaciar sus billeteras para poder llenar el tanque de sus carros. Al presidente Biden le haría bien dirigirse a los productores americanos para aliviar las restricciones a la oferta de combustible en vez de traer de afuera un producto que los ciudadanos están más que dispuestos a producir internamente.

El mensaje durante la Cumbre de las Américas debe ser muy claro y simple: Estados Unidos ya no va a entregar sus intereses económicos a dictaduras socialista, pero le da la bienvenida a principios democráticos y a la cooperación basada en buena fe.


Sam Buchan se desempeñó como director de Política Económica Internacional en el Consejo Económico Nacional. Actualmente, es director del Centro para la Independencia Energética en el America First Policy Institute.

Astrid Hajjar es abogada y activista conservadora y de derechos humanos.

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