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Las FARC siguen siendo un grupo terrorista y están más fuertes que nunca

Reconocer a las FARC como un grupo legítimo va a traer consecuencias nefastas para los colombianos. La historia de Colombia es una, y es la de una sociedad que resistió el embate de la extrema izquierda. El Gobierno de Biden no puede desconocer esa historia, aunque lo intente

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El Gobierno de Joe Biden va a sacar al grupo terrorista Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) de la Lista de organizaciones terroristas del Departamento de Estado. Es una decisión que sucede a la evaluación de lo que han sido estos últimos años, desde que el Gobierno colombiano de Juan Manuel Santos firmó el acuerdo de paz con el grupo, en La Habana.

La decisión no solo es equivocada, sino que es una traición a los colombianos. El expresidente Donald Trump lo advirtió ya, en una entrevista que le dio al diario El Tiempo poco antes de las elecciones de noviembre de 2020.

“Biden traicionará a Colombia de la misma manera como ha traicionado a los venezolanos, cubanos, nicaragüenses y al pueblo estadounidense. Ahora que Colombia tiene un Estado socialista en su frontera, Biden es la última persona que necesitan los colombianos en la Casa Blanca, porque ha sido muy débil, inconsistente y se ha equivocado a lo largo de su carrera”, dijo Trump.

Decir que se trata de una traición no es una afirmación ligera, ni infundada. Colombia tiene una dramática tradición de lucha contra el comunismo. Desde que se constituyeron las FARC, en los años sesenta, por las calles y la selva colombiana no ha corrido sino sangre. Hablamos de terrorismo. Secuestros, asesinatos, violaciones y atentados. Es difícil encontrar a algún colombiano que no haya sido víctima de alguna u otra manera de las FARC. Casi todos conocen a algún secuestrado o tuvieron a un familiar que les arrebató el grupo.

Esa extensa tradición tuvo su punto más álgido en los noventa y principios de los 2000, cuando Colombia estaba sumergida literalmente en una guerra. Las familias estaban incomunicadas y pasaban años sin encontrarse, porque las FARC las separaba. No había turismo dentro del país. No se desarrollaron carreteras ni hubo prosperidad en las regiones marginadas. Todo estaba sometido a la dinámica criminal del grupo terrorista.

Pero eso cambió en el año 2002, cuando Álvaro Uribe llegó a la presidencia. Se atrevió, como ningún otro lo había hecho, a hacer campaña sobre dos premisas: seguridad y justicia. Las FARC eran un grupo terrorista y había que confrontarlas. Su retórica contrastaba tremendamente con los antiguos presidentes que, ante la incapacidad de neutralizar por completo a los terroristas, propusieron negociaciones y acuerdos.

Uribe sometió a las FARC. Las arrinconó, las acosó y prácticamente las exterminó. Bajo el Gobierno del expresidente Álvaro Uribe, Colombia cambió (y cambió para siempre). Familias se reencontraron. Los colombianos empezaron a conocer su país. Empezaron a recorrerlo, a disfrutarlo. Llegó inversión extranjera. Hubo prosperidad. Un crecimiento económico sin precedentes, producto de la pacificación a partir de la justicia, no de la claudicación.

El expresidente Uribe fue la voz y el puño de quienes por años resistieron el asedio de las FARC. De los campesinos, los empresarios, los políticos y los policías que lo dieron todo, lo sacrificaron todo, para resguardar lo suyo y a los suyos. Con él, Colombia marchaba como nunca lo había hecho. Crecía y se posicionaba por primera vez a nivel internacional como un país en recuperación, dispuesto a ganarse a codazos el puesto en los principales espacios de prestigio del mundo.

Por cambiar a Colombia, Uribe se convirtió en el hombre más influyente de su país. Y eso le permitió prácticamente designar al presidente que le sucedería: Juan Manuel Santos, su ministro de Defensa.

Lo que nadie pensó es que el caballo de batalla de Álvaro Uribe para las elecciones del 2010, lo traicionaría. Poco después de ganar las presidenciales, Juan Manuel Santos, quien heredó un país saneado, sólido y pacificado, por la fuerza, le dio un golpe al timón y propuso acercarse a las FARC, para llegar a un acuerdo y evitar las confrontaciones.

Estaban casi neutralizadas y sometidas, pero Santos las reconoció como fuerzas importantes, imbatibles. Se dispuso a negociar: los encuentros arrancaron en 2011 y terminaron en 2016, luego de cinco años de discusiones y apretones de manos, y de una crítica rabiosa y genuina por parte de quienes se opusieron. Que no eran minoría, de hecho, porque el 2 de octubre del 2016, en un plebiscito con el propósito de legitimar los acuerdos de paz, 6 millones 431 mil colombianos votaron en contra, lo que fue el 50,21% de los votos. Se trató de la gran derrota de Juan Manuel Santos y sus negociaciones con las FARC.

Lamentablemente el plebiscito no era vinculante, y aquí empezó la traición, no ya contra su mentor, Álvaro Uribe, sino contra los colombianos. Juan Manuel Santos desoyó el clamor popular y siguió avanzando con los acuerdos.

Han pasado cinco años de las negociaciones y el saldo es terrible: a 10 guerrilleros de las FARC, con largos expedientes criminales, el Gobierno les regaló un asiento en el Congreso; el ex jefe que negoció por parte de las FARC, Iván Márquez, mantiene activa su actividad delincuencial, desde Venezuela; varios líderes del grupo criminal regresaron a la selva, armados. Los atentados han continuado y a ninguna de las víctimas se les reparó o dio justicia. El saldo ha sido, en conclusión, impunidad y, algo más grave: poder político para las FARC.

Que maten desde la selva es inaceptable y los vuelve un grupo a exterminar. Pero es mucho más peligroso que las FARC gocen de protección del Estado, caminen por los pasillos del Congreso y ejerzan libremente la política. Esa fue la consecuencia inmediata de la traición de Juan Manuel Santos.

Hoy, las FARC siguen activas, o en grupos en la selva, escondidos, que trafican y matan; o desde la política, con plena libertad y protección. Esta realidad es más peligrosa que nunca, considerando el auge de su candidato para las elecciones presidenciales del 2022: Gustavo Petro.

Reconocer a las FARC como un grupo legítimo va a traer consecuencias nefastas para los colombianos. No hay nada más nocivo que la manipulación del relato. La historia de Colombia es una, y es la de una sociedad que resistió el embate de la extrema izquierda. El Gobierno de Biden no puede desconocer esa historia, aunque lo intente. Cualquier decisión de Estados Unidos que pase por reafirmar los acuerdos de Santos es, sin duda, una traición a la mayoría que en 2016 los rechazó.

Los colombianos no pueden olvidar qué hicieron las FARC, que son aliadas de la tiranía narcoterrorista de Venezuela y que son útiles a La Habana, donde gobierna el tirano Díaz-Canel, títere de Raúl Castro.

Aún son un grupo terrorista, siguen vivas y más fuerte que nunca. Con el acceso a un poder del que nunca antes gozaron: la impunidad, garantizada desde el Estado.

1 comment
  1. LOS FELICITO COMO COLOMBIANA Y YO ADMIRO LOS PATRIOTAS! SEGUIREMOS LUCHANDO POR UNA COLOMBIA SIN LAS FARC CON JUSTICIA Y AGRADEZCO A TODOS LOS QUE NOS APOYAN ! Y VAMOS CON EL GRAN PATRIOTA DONALD TRUMP CAMINO A LA PRESIDENCIA!!

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