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The French Dispatch: el exilio, la existencia y Timothée Chalamet

The French Dispatch: el exilio, la existencia y Timothée Chalamet

Esta película está empapada de Anderson, y es su oda personal a una Francia que ya no existe

Fue una decisión difícil. Se trataba de mi primera película pospandemia. De mi primera visita al cine, quise decir. En mi elección descansaba, casi inerte, la visión que tendría del séptimo arte por al menos un año. Volver al insoportable y exquisito olor de las butacas. Todas las películas tenían la misión, esa noche, tan tensa como inescrupulosa, de salvar al cine.

Fue una decisión fácil: The French Dispatch. Alguien una vez me dijo que yo tenía pinta de ser una persona que sigue la carrera de Wes Anderson. Yo despierto ese tipo de apreciaciones, basta pasar 10 minutos conmigo.

Fue una decisión difícil: no soporto a Timothée Chalamet. I hate his guts. Quizás es culpa de la prensa, esa para la que trabajo, que intenta activamente servírmelo en el desayuno cuando yo solo quiero mi barra de proteínas.

(Dune*, tengo que ir a ver Dune. Porque me gustó Arrival. Hablando de eso, no soporto a Jodorowsky).

Más temprano ese día

Más temprano ese día había rechazado una invitación a comer porc au cidre et pommes. Estaba exhausta y llovía. Comí sola, escuchando Fatboy Slim, ricotta con nueces y miel. Es un relleno para ravioli.

Dejamos el apartamento poco después de las 15:00. Creo que Borges en algún momento explicó que las tres de la tarde es la peor hora del día porque es demasiado temprano o demasiado tarde para hacer cualquier cosa. Tiene razón.

(Digo «dejamos» porque para ese entonces Alex había regresado. Nadie en su sano juicio rechaza un almuerzo). 

Busqué en varias librerías la última edición de The New Yorker. Alguien creyó que me refería al New York Times. Encontré el número justo frente al sitio en el que había comprado café una hora antes. También me hice de la última entrega de Cahiers du cinéma. La tapa, Tarantino.

Once upon a time…

Leí la entrevista a Tarantino en la Apple Store primero y en la cola para el cine después (mientras esperaba el correcto escaneo del certificado de vacunación).

Dice Quentin que tiene la misma edad que Jodie Foster, que antes escribía de noche, pero que ahora escribe de día y que siempre se pierde algo en toda traducción. En ese sentido, estima que su libro (Once Upon a Time… in Hollywood) será difícil de traducir y que es muy diferente a la película. No veo la hora de reposarlo, exhausta yo, sobre mi mesa de luz.

“I had never come inside before”

No creo que Wes Anderson tenga hijos (evito manejar información factual sobre los directores que sigo: temo dejar de quererlos): es completamente ajeno al comportamiento de los niños. Es probable que Anderson nunca haya sido un niño.

En fin, Wes rompe su matriz, sus esquemas, viola las condiciones de su juego y, predeciblemente, gana. The French Dispatch es una oda al exiliado. Un réquiem para el local (que acoge y juzga, que da y que exige). The French Dispatch es la menos Anderson de todas las películas de Wes Anderson (y sí, claro que estoy incluyendo a Bottle Rocket) y es, no obstante, la que más le hace justicia. 

Una cámara más dinámica, la animación infantil que llega luego de los desnudos y los senos perfectos: Anderson se escapó de su fórmula (con el coraje que tal tarea supone) y se despide del director que todos creemos conocer y aprendimos a querer. 

Wes ha crecido, y tenemos que dejarlo ir (por el bien de todos nosotros). Comenté, como de paso, como sin quererlo, «is Wes getting sassy?» y tal vez sí o tal vez no, pero este Anderson tiene más prerrogativas que aquel de The Royal Tenenbaums (2001).

Elijah has always been Elijah

The Royal Tenenbaums es una de esas películas que marcó un antes y un después en mí, le tengo mucho cariño.

Al lado de los Tenenbaums está Being John Malkovich (Spike Jonze, 1999), que fácilmente podría haberse quedado en la desgastadísima falacia hollywoodense de confundir identidad con existencia (uno de los debates que más me apasiona, señoras y señores) hasta que, en lo que solo podría leerse como la manifestación del más puro de los genios, se vuelva meta y se burla de sí misma: Elijah siempre fue Elijah.

¿Se puede existir sin identidad? ¿Se puede existir con una identidad ajena? Si me clono, ¿existen mis clones con mi sensibilidad o con la propia? Y si es la segunda, ¿son mis clones? (este dilema en particular es parcialmente abordado por Duncan Jones en su película de 2009 Moon, que debería gozar de un mayor reconocimiento).

Esa búsqueda de la identidad (dando por sentada la existencia, que puede o no ser suficiente) está presente en The French Dispatch, aunque de forma menos explícita. Lêtre et le devenir, esa confrontación eterna que nos persigue a todos, se resume con la más tierna hermosura en Moses Rosenthaler, encarnado a la perfección por Benicio del Toro (con un cuerpo imponente que maneja con escultural precisión).

El gran Timothée Chalamet combate entre la rebeldía, el intelectualismo y el amor mientras su personaje, Zeffirelli, dibuja un camino propio en los escombros del estallido social francés.

En mayo.

En 1968.

Hacerse o morir: tal es la cuestión común a todos los conscientes.

Quizás The French Dispatch no sea una película catch-all (¿qué filme lo es?). La nostalgia, la admiración y el repudio se confunden para formar un cocktail de emociones cuya esencia es exclusiva a los valientes e impulsivos. 

Tal vez los expats la sientan más que quienes viven en su país de nacimiento. El ojo ajeno como juez y parte no es una etiqueta que uno ostente con placer. Hay cierta timidez en ello, cierta vergüenza. Cierto pedido de permiso.

Luego están los otros, los privilegiados, los elegidos por Anderson: los expats en Francia. Ellos serán, probablemente, los únicos en leer The French Dispatch como lo que es: a fucking masterpiece.

*Update: Hecho. Mind-fucking-blown.

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