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¿Qué nos enseña Friends sobre el marxismo cultural?

Un capítulo de Friends puede servir para ilustrar cómo funciona la estrategia del marxismo cultural ideada por Gramsci

En la década de los 90, hubo una serie de televisión que fue hegemónica. Friends ha sido una de las series más exitosas e influyentes de todos los tiempos. Se emitió en un gran número de países con audiencias millonarias y, aún al día de hoy, sus reposiciones las siguen millones de espectadores. De hecho, se acaba de estrenar con gran éxito un capítulo especial de reunión del famoso sexteto de amigos tras 17 años desde su final.

Tranquilos, en este artículo no vamos a acusar a Friends de ser marxismo cultural, ni de lo contrario. Sino que vamos a utilizar uno de sus capítulos más divertidos y recordados para ilustrar cómo funciona la estrategia ideada por Antonio Gramsci, y que aún sigue en pleno funcionamiento.

Antonio Gramsci, famoso teórico marxista, decía que los comunistas debían “adueñarse del mundo de las ideas, para que las nuestras sean las ideas del mundo”. Según él, conquistar la hegemonía cultural era la condición previa e indispensable para conquistar el poder político.

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Antonio Gramsci, en montaje del artista suizo Thomas Hirschhorn, en el barrio del Bronx de New York.(EFE)

Su receta es sencilla pero efectiva: saturar de ideas marxistas absolutamente todo. Educación, religión, medios de comunicación, arte, deporte, etc. Se trata de conseguir la hegemonía cultural, para así conseguir la hegemonía política. Si todo lo que ves, lo que oyes, lo que te rodea, son ideas marxistas, acabarás pensando en términos marxistas, y eso abona el terreno para que la izquierda alcance el poder.

Friends y su capítulo “El del porno gratis”

En el decimoséptimo capítulo de la cuarta temporada de Friends, “El del porno gratis”, Chandler y Joey descubren que en su televisión pueden ver el canal porno sin haber pagado la suscripción de la televisión por cable. Como es el año 1994 —antes de la explosión de Internet—, deciden no apagar la tele por miedo a perderlo, y pasan sus días viendo exclusivamente películas porno.

Tras varios días, pierden la noción de la realidad y se sorprenden por cosas como ir al banco y que la cajera sexy no les invite a la cámara de seguridad en busca de intimidad, o que la guapa repartidora de pizzas no les comente de forma pícara lo bonito y acogedor que le parece su piso y no les pida que la inviten a pasar para “ponerse cómoda”.

Al tratarse de una serie cómica, la situación parece absurda y exagerada, pero quizás encierra algo de verdad sobre cómo se distorsiona nuestra percepción de la realidad si nos vemos bombardeados por las mismas ideas las 24 horas del día, los 365 días del año.

Desde la educación en la escuela y la universidad, pasando por los éxitos musicales, las películas y series de televisión, hasta las noticias —que ahora las Big Tech se encargan de filtrar convenientemente—, estamos sometidos a una repetición constante de ideas socialistas.

Desde la cuna a la tumba vivimos inmersos en una burbuja de relatos funcionales a la ideología de izquierda. Prácticamente todo el material cultural que consumimos no hace más que apuntalar el relato progresista. Casi todo lo que vemos nos intenta hacer creer que la única narrativa es la izquierdista.

Presenciamos la repetición hasta la náusea del concepto de lucha de clases marxista, ahora extrapolado a todos los ámbitos de la vida. Lo que antes era el patrón explotando al obrero, ahora ha transmutado al hombre oprimiendo a la mujer, al blanco triunfando a costa del negro o del indígena, al rico cada vez más rico haciendo al pobre cada vez más pobre, al heterosexual reprimiendo al homosexual, etc.

Piensen en cómo en casi todas las películas el empresario y el rico siempre es el villano, nunca se ha hecho millonario de forma legítima, sino que lo ha hecho especulando a costa de los pobres y explotando a sus trabajadores. Raro es el film en el que no se muestra al racismo como sistémico, o a la blanquitud como fuente de privilegio; al hombre rebosante de masculinidad tóxica como fiel representante del heteropatriarcado opresor; o al capitalismo como destructor de la naturaleza.

Si algo puede asegurarse es que allí donde pueda haber un conflicto, por nimio que sea, habrá un socialista raudo en detectarlo y alimentarlo, para así explotarlo en beneficio de su ideología. Del más mínimo agravio, el socialista creará una víctima que dependa de él y, por supuesto, siempre habrá un “artista comprometido” dispuesto a encargarse de plasmarlo y denunciarlo a través de sus creaciones.

En Friends, Joey y Chandler nos enseñaron que lograron zafarse de su estado hipnótico apagando la tele, a riesgo de perder algo gratis. Quizás debamos seguir su ejemplo y así liberarnos del influjo de la izquierda, que no por casualidad suele prometer cosas gratis. Como gratis es para el ratón el queso en las trampas.

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