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El ecologismo falaz de Greta Thunberg en el Glastonbury Festival

Greta Thunberg, Glastonbury y el ecologismo falaz. Imagen: EFE/EPA/JON ROWLEY

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¡UN NUEVO TRIUNFO para el ecologismo!… yeah, sure. Greta Thunberg tomó el escenario del festival de Glastonbury, uno de los encuentros musicales más grandes del mundo. Ante el aplauso convencido de casi 100,000 asistentes, la activista proclamó su mensaje. Afirma que “nos estamos aproximando al precipicio… y no podemos dejar que nos arrastren una pulgada más cerca del del borde”. Habló acerca de que vivimos en el momento más decisivo en la historia humana, y recibió un aplauso absoluto. Todos los asistentes quedaron inspirados por sus palabras.

Horas más tarde, ese mismo público regresó a casa y dejó el espacio del festival convertido en un auténtico chiquero, como ocurre todos los años. Los mismos asistentes que vitorearon el mensaje de cambio radical impulsado por Greta son incapaces de siquiera vivir el pequeño cambio que implica dejar de tirar la basura en el pasto y ponerla en el bote.

Pretenden salvar al mundo, cambiar el sistema y vivir en forma sustentable, pero sin el menor esfuerzo real. Esa es la marca del ecologismo falaz.

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No solo son los vasos de refresco o de cerveza; es el festival en sí mismo, es el modo de consumo, con toda la correspondiente huella de carbono. Si en serio los ecologistas woke creen que, como dice Greta, “nos estamos aproximando al precipicio… y no podemos dejar que nos arrastren una pulgada más cerca del del borde”, entonces no deberían haber pagado y viajado por decenas de miles a un festival que reúne artistas de todo el mundo e implica un costo ambiental gigantesco en términos de combustible, viajes transatlánticos, equipo de sonido y logística en general.

Después del discurso, la basura en Glastonbury. Imagen: EFE/EPA/JON ROWLEY
Después del discurso, la basura en Glastonbury. (EFE)

¿Entonces estás diciendo que, si creemos en el cambio climático, para ser realmente ecologistas tenemos que sacrificar nuestro modo de vida y de consumo, o convertirnos en meros hipócritas?

Sí, justamente eso. Porque el ecologismo político que promueven activistas como Thunberg o políticas como Ocasio-Cortez implica someter a toda la humanidad a sacrificios monumentales que impactarían directa e irreversiblemente la calidad de vida de miles de millones de personas, a cambio de (supuestamente) salvar el planeta.

Y, según afirman, la intervención gubernamental es necesaria porque la situación es grave y la acción urgente. Greta misma dice que “no podemos dejar que nos arrastren una pulgada más cerca del del borde”. Bueno, empiecen pues ustedes a vivir la vida “carbon neutral” que pretenden imponerle al resto del mundo. De otro modo, efectivamente, son meros hipócritas.

Sí, de dientes afuera desprecian el capitalismo y el consumismo, pero en la práctica son tan capitalistas y consumistas como el que más. Consumen viajes de avión, festivales de música, autos eléctricos para complementar el de gasolina que también tienen y combinar con la ropa de lujo que se compran en línea; consumen, además, el ecologismo, convertido en un producto ideológico.

Sí, un producto. Empaquetado y marketeado por profesionales. Un producto que consiste en banderas políticas, acompañadas de un kit de opiniones y eslóganes publicitarios que se vende y se compra para presumir a los demás una superioridad moral tan contaminante y desechable como esos plásticos que tanto dicen odiar.

¿Entonces quieres que para ser ecologistas vivamos como ermitaños, sin Glastonbury?

Pues no estaría mal. Después de todo, el impacto ecológico de un ermitaño es infinitamente menor al de cualquier activista con departamento, vehículo eléctrico, tarjeta de lealtad en Starbucks y dieta vegana a base de Uber Eats. Pero, sinceramente, no se los recomiendo. De ermitaños no aguantarían ni 12 horas una vez que se acabe la batería del IPad.

¿Qué hacer entonces? Apostar por la verdadera ruta sustentable: Consumir lo que necesitamos, reducir el desperdicio, reutilizar y compartir en la medida de lo razonable, apostar por la innovación y el desarrollo tecnológico para encontrar formas menos contaminantes de mantener nuestro estilo de vida, quitarnos ese vano sentimiento de culpa y, por inicio de cuentas, poner la basura en su lugar.

Es como dice Jordan Peterson: antes de salir a cambiar el mundo, primero limpia tu cuarto. Piénsenlo, los asistentes de Glastonbury estaban convencidos, emocionados e inspirados de limpiar el mundo, pero ni siquiera pudieron limpiar su pedacito de terreno antes de tomar el avión o el auto de regreso a casa.

No es un hecho aislado. Lo mismo pasa con muchas iniciativas “ecologistas” que proponen cambios drásticos, con sacrificios monumentales, en ciudades o incluso países que ni siquiera han logrado resolver plenamente la gestión de la basura y el tratamiento de aguas residuales.

No, señores. La ruta para salvar la Tierra no pasa por los profetas del apocalipsis, ni por rutas colectivistas, cuyo fracaso ha registrado la historia una y otra vez. El camino correcto es el de la innovación, el de empezar por lo más básico y hacerlo bien; en pocas palabras, es el de la sensatez, porque más allá del cambio climático. Lo que sí es cierto es que desperdiciando menos y limpiando mejor viviremos en un entorno más sano y más feliz.

Con eso basta y sobra para impulsarnos a consumir mejor. Lo del “precipicio” y lo del apocalipsis sobra.

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