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El Colegio Electoral es una gran solución para el peligro de los conflictos electorales

Hamilton, el Colegio Electoral y la lección clave

Hamilton y el Colegio Electoral nos recuerdan una importante lección: las instituciones que funcionan son las que matizan las pasiones para hacer lo correcto

Hamilton y el Colegio Electoral quedaron vinculados para siempre en el lienzo de la historia americana. El Colegio Electoral es quizá la más importante de las aportaciones de Alexander Hamilton al diseño de la república, pues constituye un elemento fundamental de la identidad política, del marco institucional y de la vocación nacional de los Estados Unidos de América.

El valor de este vínculo no solo se limita al recuerdo o la legislación, sino que permanece como una lección clave de la política y su relevancia crece conforme los Estados Unidos se aproximan a la elección presidencial más amarga y polarizada de las últimas décadas, donde 1 de cada 4 de los votantes considera “muy probable” que alguno de los candidatos presidenciales hará trampa para ganar, y donde los medios de comunicación coquetean incluso con la posibilidad de que el perdedor no reconozca su derrota.

Y la lección es la siguiente:

La política no es cosa suave o sencilla, es conflicto, es lucha que fácilmente puede derivar en violencia. Su éxito requiere la madurez de los líderes para tomar decisiones correctas y la solidez de las instituciones para respaldar e incentivar esas decisiones, por difíciles que puedan llegar a ser, considerando que en una federación tan diversa como los Estados Unidos de América, cada elección presidencial es un riesgo mortal. Las pasiones y los incentivos para la corrupción son demasiado grandes, la tentación de que los estados más populosos impongan unilateralmente la agenda pública es demasiado seductora.

En un país así, la democracia rápidamente se degradaría, ya sea en secesión o en un centralismo que convierta al sistema federal en letra muerta, como sucede en México.

Sin embargo, contra casi todos los pronósticos, los Estados Unidos ya suman más de 200 años de una historia mayoritariamente exitosa. ¿Por qué? Porque los padres fundadores, incluyendo a Hamilton, tuvieron la visión de incluir en el andamiaje institucional una serie de contrapesos y amortiguadores que contienen las pasiones, preservan la diversidad política de la federación y facilitan la transferencia pacífica del poder.

Hagamos un poco de historia

Con la ventaja que nos dan los siglos, pudiera parecernos que el diseño jurídico de los Estados Unidos es algo obvio y evidente, pero su construcción requirió de agudos debates acerca de cuál debía ser el modelo de república que adoptaría la Federación y cómo debería elegirse al presidente encargado de encabezar la administración federal.

En el número 68 de El Federalista, publicado en 1788, mientras avanzaba el proceso de ratificación de la Constitución redactada un año antes por la Convención de Filadelfia, Alexander Hamilton explicó la posición de los federalistas, y defendió explícitamente el modelo de elección indirecta por medio de un Colegio Electoral, que él mismo había propuesto meses atrás:

Dice Hamilton “…el proceso electivo nos da la certidumbre moral de que el cargo de presidente no recaerá nunca en un hombre que no posea en grado conspicuo las dotes exigidas. La habilidad en la pequeña intriga y en esos bajos trucos que provocan la popularidad, puede ser suficiente para encumbrar a un hombre hasta el primer puesto en un estado determinado; pero se necesitará otra clase de talento y méritos muy distintos para ganarse la estimación y la confianza de toda la Unión o de la importante porción de ésta que sea necesaria para convertirlo en candidato triunfante para el eminente cargo de Presidente de los Estados Unidos”.

Es decir que para obtener la presidencia de los Estados Unidos no basta la popularidad en una región del país, por más habitantes que esta tenga. Para ganar es necesario obtener el respaldo de votantes con distintas perspectivas a lo largo de muchos estados, de manera que un demagogo que sólo responda a las necesidades o caprichos de una parte de la población no podrá imponerse a través de la simple fuerza numérica.

El Colegio Electoral

En la práctica, el Colegio Electoral cumple 2 funciones de gran importancia: mantiene la identidad de los EE. UU. como una federación formada por estados de los cuales se deriva el gobierno federal. Con este sistema, incluso los votantes que viven en una lejana zona rural tienen a la mano una herramienta para preservar hasta cierto punto sus propias prioridades sociales e incluso contener la arrogancia de los políticos de Washington D.C.

Su segunda función consiste en salvaguardarle un mínimo de representatividad a cada uno de los estados de la Unión, estableciendo que todos tengan, cuando menos, 3 de los 538 votos electorales, lo que complementa el Connecticut Compromise (que estableció que todos los estados tendrían el mismo número de senadores), evitando que —por ejemplo— California o Nueva York aplasten al resto de los estados a la hora de tomar decisiones y definir las prioridades del sistema político.

Por lo tanto, el Colegio Electoral es una pieza clave de la estructura que ha vuelto tan exitosa a la república norteamericana. En caso de que eventualmente hubise una reforma que lo elimine, el sistema federal estaría básicamente condenado a la irrelevancia en el transcurso de un par de décadas, pues a un presidente le bastaría con cumplir los caprichos de californios y neoyorkinos para gobernar sin necesidad de escuchar siquiera a los habitantes de los otros estados. El resultado sería o absoluto centralismo, o absoluta secesión.

Decisiones difíciles

Una vez más, la política no es cosa suave o sencilla, es conflicto, es lucha que fácilmente puede derivar en violencia. Su éxito requiere la madurez de los líderes para tomar decisiones correctas y la solidez de las instituciones para respaldar e incentivar esas decisiones, por difíciles que puedan llegar a ser.

En 1801, el propio Hamilton tuvo que tomar una de esas decisiones difíciles. Los Estados Unidos enfrentaban un conflicto postelectoral que amenazaba con destruir a la recién estrenada república, y Hamilton tuvo que negociar a favor de su enemigo, Thomas Jefferson, para impedir que Aaron Burr (a quien consideraba todavía peor) se quedara con la presidencia. Como recientemente lo explicó la ministro de la Suprema Corte Helena Kagan “[Hamilton] operó con los Federalistas para inclinar la elección en favor de Jefferson, a quien detestaba pero consideraba una menor amenaza existencial para la república”.

En aquel momento muchos habrían apostado por la guerra y el colapso. Sin embargo, a pesar de su inmadurez, el sistema de elecciones indirectas por medio del Colegio Electoral y de la Cámara de Representantes, superó un desafío que hubiese fracturado a cualquier otra nación. Pasada la crisis, los Estados Unidos perfeccionaron su sistema electoral y afinaron una estructura institucional que hasta la fecha sigue funcionando para preservar la Unión y la prosperidad del país.

Si, como explicó Alexander Hamilton, “la verdadera prueba de un buen gobierno es la de su aptitud y tendencia a producir una buena administración”, entonces el Colegio Electoral ha pasado la prueba y debe permanecer, para bien de la república. Así de claro.

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