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Los héroes más olvidados fueron esos pocos a los que ningún totalitarismo pudo quebrar

No es raro que en los totalitarismos algunos opositores fueran “diagnosticados” como “enfermos mentales”

No es raro que en los totalitarismos algunos opositores o disidentes políticos fueran “diagnosticados” como enfermos mentales y “tratados” como tales. Existía ya a principios del siglo pasado un dogma proclamado y difundido como ciencia de la enfermedad mental, que lo había propuesto como nos recuerda el historiador Paul Johnson que:

“De hecho, Freud mostró signos del carácter de un ideólogo mesiánico en el siglo XX en su peor expresión, tales como la tendencia persistente a considerar a quienes discrepaban con él seres a su vez inestables y necesitados de tratamiento. Es así como el rechazo de la jerarquía científica de Freud por Ellis fue desechado como “una forma sumamente sublimada de resistencia”, “Me inclino”, escribió a Jung, poco antes de la ruptura entre ambos, “a tratar a los colegas que ofrecen resistencia exactamente como tratamos a los pacientes en la misma situación”. Dos décadas más tarde, el concepto que implica considerar que el disidente padece una forma de enfermedad mental, que exige la hospitalización compulsiva, habría de florecer en la Unión Soviética en una nueva forma de represión política.”

Que lo repitiera de ahí en adelante el común de los totalitarismos no es, como indica la falsa creencia tranquilizante que fácilmente concluimos de tales hechos, un caso de hipocresía con que disfrazar la represión totalitaria, sino el resultado lógico del que, para el salvaje racionalizado en tornillo voluntario de la máquina criminal empeñada en someter a la moral tribal una sociedad de gran escala, el no compartir su sumisión a dicha máquina es un síntoma inequívoco de locura, con lo que tampoco debiera extrañarnos que la forma de entender la “rehabilitación” en dichos sistemas carcelarios suele tener un enfoque aterradoramente similar a ciertos tratamientos psiquiátricos.

Y hay quien no puede ser quebrado por esos brutales sistemas, porque en su interior hay una pasión que le hace apreciar más su libertad interior que su propia vida. Y la pasión a la que nos referiremos es única en el sentido que “sucumbir a ella” no implica perder esa libertad sicológica de la que hablamos, sino aferrarse a ella cuando la libertad en el orden social ha desaparecido por completo y los gobernantes llegan al desprecio absoluto por la vida; así, en un ejemplo corriente de aquél afirmó Mao en el congreso del PCCh del 17 de mayo de 1958:

“No hay que hacer tanto alboroto por una guerra mundial. Lo peor que puede pasar […] Que la mitad de la población desaparezca […] ya ha ocurrido varias veces en la historia de China. […] Lo mejor sería que quedara la mitad de la población, lo siguiente mejor que quedara un tercio” .

Y el desprecio por la vida de sus gobernados en modo alguno se limitaba al escenario de la hipotética guerra nuclear, sino que se extendía a sacrificar voluntariosamente cualquier cantidad de vidas por sus frecuentemente irrealizables objetivos de producción en tiempo de paz; así, en lo que llamaría “El Gran Salto Adelante”, el mismo Mao explicó el 21 de noviembre de 1958 que: “Trabajando de esta manera […] es probable que media China tenga que morir; si no la mitad una tercera o una décima parte” .

Mentalidad totalitaria que en cuya adoración cualquiera se llega creer en el deber, ya no solo de denunciar ante la mínima sospecha a cualquier otro por cercano que le sea, o de confesar lo que no ha hecho cuando su simple arresto llega a erigirse en prueba irrefutable de su culpabilidad ante él mismo,  sino de trastocarse de simple estudiante en sádico torturador, en un éxtasis de adoración al caudillo. 

Y sin embargo, Han Dongfang intentó fundar la primera federación de trabajadores independientes de la República Popular de China, en medio de las protestas estudiantiles de la plaza Tiananmen en 1989, los obreros que se le unieron a sufrieron la hostilidad de los intelectuales que simpatizaban con la protesta estudiantil, el abierto rechazo de los propios estudiantes y la peor represión por el aparato de seguridad; únicamente obreros fueron ejecutados luego de su arresto de un tiro en la nuca sin mayor trámite.

Han se entregó en una comisaría de policía de Beinjing con la disposición de aclarar su postura pero negándose a confesar los crímenes que se le imputaban, incomunicado durante meses, obligado a ingerir alimento mediante sonda gástrica al intentar una huelga de hambre, encarcelado con auténticos criminales, encerrado por meses en una minúscula y húmeda celda llena de alimañas y enfermos de tuberculosis, a fin de contagiarle como ciertamente ocurrió; antes de que se le otorgara la libertad condicional para evitar que otro disidente cuyo caso se conocía fuera de las fronteras muriese en prisión sin ser “reeducado”, logra garabatear “me niego a cooperar” por toda respuesta a las autoridades que intentarían alguna forma de confesión para acompañar la orden de libertad bajo palabra previamente acordada desde las alturas por motivos de imagen ante el exterior. Apenas recuperado, se dirige al Congreso nacional del pueblo y presenta una petición de derechos para los trabajadores, sabiendo perfectamente que es precisamente la rebeldía de obreros como él lo que más despiadadamente está listo a extirpar el Estado al que se lo solicita

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