fbpx
Saltar al contenido

77 años después del Holocausto algunas heridas siguen intactas

Read in English

[Read in English]

El libro Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt, explica muy bien por qué ocurrió el Holocausto. La crónica de Arendt, en principio para The New Yorker, disecciona a uno de los mayores criminales del Tercer Reich y lo reduce a un simple burócrata. Algunos resentidos, que seguro no leyeron bien el libro, dijeron que Arendt estaba defendiendo a Otto Eichmann.

¿Qué encontró Arendt luego de analizar profundamente el juicio contra Eichmann en Jerusalén? Que el alemán no era propiamente un tipo malo o despiadado. De hecho, Otto Eichmann, quien fue el encargado de enviar cientos de miles de judíos a las cámaras de gas, no era ni siquiera antisemita. No tenía nada en contra del judaísmo. Tampoco tenía problemas mentales. Era una persona normal, con familia, a la que amaba. Buen vecino, buen trabajador. Eso, por supuesto, no deslegitima la condena: fue un criminal de guerra y merecía la pena de muerte, por tanto daño que causó.

La conclusión de Hannah Arendt no es a favor de Eichmann sino en contra de la humanidad. Es un golpe durísimo a la idealización de la condición humana. Su propuesta a partir de los escritos, la denominada banalidad del mal, parte de la premisa de que todo individuo es capaz de lo más perverso si las condiciones lo imponen. Por un cargo, por éxito profesional, por agradar al patrón, por ascender, un individuo auténticamente normal es capaz de mandar a miles de hombres, mujeres y niños a campos de tortura y aniquilación.

Esto nos lleva a otra discusión fundamental, que va de la mano de la banalidad del mal: el collaborationniste o colaboracionismo, sumado a la teoría política luego de la complicidad de burócratas franceses con los nazis. No es que eran antisemitas o auténticos criminales. Ellos también querían mantener intactos sus privilegios, cargos o influencia. Por ello, colaboraron, no importaba que los estrechones fueron con manos empapadas de sangre. El colaboracionismo en su máxima expresión fue el del régimen de Vichy en Francia, pero también se manifiesta en diferentes niveles y a toda hora. No por ser menos grave deja de ser, al final, un gesto idéntico de complicidad.

El pueblo judío ha tenido que sobrellevar ambos conceptos, que van de la mano. La banalidad del mal, junto a los colaboracionistas, han acosado la legitimidad de la causa judía, con el propósito de neutralizarla. Y muy poco ha cambiado desde Auschwitz o Arbeitsdorf.

Durante el asedio que presenciamos a mediados del año pasado del grupo terrorista palestino Hamás contra el Estado de Israel, los judíos a lo largo del mundo sufrieron agresiones y ataques verbales. En muchas de las capitales del mundo ocurrió. Incluso en una metrópoli como Nueva York, tan supuestamente tolerante, progresista y diversa, la ciudad con la mayor población judía fuera de Israel, militantes fundamentalistas y cómplices americanos golpearon e insultaron a transeúntes por portar el kipá.

Y así, miles de expresiones. Una ex actriz porno que llamaba genocida al Estado de Israel o un cantante americano que marchaba junto a los palestinos que quemaban banderas con el Escudo de David. Pogromos antisemitas en capitales occidentales.

Pero la complicidad no pasa únicamente por lo evidente. También está presente en los gestos más sutiles. Por ejemplo, esta semana la junta directiva de un colegio de Tennessee votó a favor de remover del plan de estudio de octavo grado la novela gráfica de Art Spiegelman, la ganadora del Pulitzer, Maus. En su obra, Spiegelman relata —apelando a una metáfora en la que los nazis son gatos y los judíos, ratones— cómo sus padres fueron perseguidos en la Polonia ocupada y enviados luego al campo de concentración de Auschwitz. En síntesis, la laureada obra es un testimonio impecable y digerido para niños del punto más bajo al que ha llegado la humanidad. Un testimonio imprescindible, recalco, porque no podemos olvidar de lo que somos capaces.

Los diez miembros de la junta del colegio argumentaron que el libro era “vulgar” e “inapropiado” para niños por el tono violento. Les preocupaba el tema y el lenguaje. Todos acordaron que los niños no debían estar expuestos al testimonio relatado por Art Spiegelman.

Al respecto, el historietista dijo que estaba desconcertado por la decisión de eliminar la novela gráfica del plan de estudios y que él ha conocido a cientos de jóvenes que han aprendido adecuadamente del peor episodio de la historia de la humanidad gracias a su libro. Spiegelman agregó en una entrevista con CNBC que la decisión de la escuela de Tennessee era “orwelliana”.

A setenta y siete años del Holocausto, el peor error que podemos cometer es borrar los testimonios, como si eso fuera a desaparecer los crímenes y sanar a las víctimas. Esa equivocación nos empujaría nuevamente a permitir el desarrollo de proyectos genocidas o eugenésicos sostenidos en los hombros de burócratas sin malas intenciones, pero cobardes. Ya lo estamos viendo, de hecho, en países como China, donde a una minoría, esta vez islámica, la erradican poco a poco.

Algunas heridas siguen intactas. Algunos, sin querer, emulan el espíritu de Eichmann o del general Pétain, jefe del régimen de Vichy. No se dan cuenta, pero también son parte de la maquinaria.

Orlando Avendaño is the co-editor-in-chief of El American. He is a Venezuelan journalist and has studies in the History of Venezuela. He is the author of the book Days of submission // Orlando Avendaño es el co-editor en Jefe de El American. Es periodista venezolano y cuenta con estudios en Historia de Venezuela. Es autor del libro Días de sumisión.

Deja una respuesta

Total
1
Share