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Hunter Biden, la cultura woke y el chiste de los 2 payasos

Hay un chiste que puede explicar la técnica del cebo y cambio del que se aprovecha la izquierda gracias a la hegemonía de la cultura woke

Hunter Biden se ha visto envuelto en graves y comprometedoras situaciones en los últimos meses. Aunque los medios de comunicación oficialistas y las Big Tech parecen haberse empeñado en protegerlo para no perjudicar al Partido Demócrata, quizás los medios de comunicación opositores también hayan contribuido a que las andanzas de Hunter Biden se hayan diluido al picar en el truco del cebo y cambio aplicado por la izquierda woke.

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Hunter Biden muy unido a su padre Joe. Fuente: EFE

Hay un chiste que puede explicar esta técnica del cebo y cambio del que se aprovecha la izquierda gracias a la hegemonía de la cultura woke. Dice que estaban todos los archivillanos del mundo en una reunión secreta haciendo un brainstorming para idear un plan para cometer un genocidio mundial sin ser descubiertos. Varios de ellos ya habían presentado algunas ideas para asesinar a millones de personas, pero por elaborados que fueran los planes, siempre encontraban un error que los delataría.

Aún no habían dado con una idea que les permitiera salirse con la suya sin consecuencias. Finalmente, un recién llegado al club de archivillanos propuso lo siguiente: “mi plan consiste en reconocer que vamos a matar a 500 millones de personas y a 2 payasos”. Todos los demás asistentes a la reunión secreta se mofaron de su idea, y no hacían más que preguntarle, sorprendidos e indignados: “¡¿y por qué a 2 payasos?!”.

“Pues porque como ustedes, todo el mundo sólo se preocupará por los dos payasos, y nadie reparará en los 500 millones de personas asesinadas”. El jefe supo inmediatamente que el advenedizo había dado con un plan infalible.

Pues bien, este chiste encierra la esencia de lo que ha pasado con las informaciones respecto a Hunter Biden. Por ejemplo, según informa el New York Post, la más reciente ha consistido en que se ha filtrado una conversación de WhatsApp en la que Hunter, presuntamente, habla con su sobrina Caroline sobre qué amigas podría presentarle para fines lúbricos.

Como si de un catálogo de compra online se tratara, Caroline le va dando nombres y edades de sus amigas, todas modelos o famosas. Denise, una alemana de 26; Isabella, de la que le advierte que tiene hijos y un exmarido de la NBA; Yasmina o Nicola, Deva, Lucy y Ella, quienes, según su prima, son “chicas de calidad como yo”.

En medio de esta frívola e incluso perturbadora conversación, Caroline le pregunta a Hunter si la prefiere extranjera o americana, advirtiéndole que en cualquier caso “no te voy a dar a una jo**da asiática”. Hunter Biden le responde que prefiere una “extranjera domesticada” y que “amarillas no”.

La prensa de izquierdas ni siquiera le ha dado cobertura a esta noticia, pero la prensa opositora se ha centrado en los comentarios racistas de Hunter al denominar “amarillas” a las asiáticas. Anteriormente también habían criticado a Hunter Biden por usar “la palabra que empieza por n” con uno de sus abogados.

Es decir, la prensa conservadora ha picado en ofenderse por algo que sólo importa a los izquierdistas cuando lo dicen personas que no son de izquierdas. Si algo deberíamos haber aprendido de los wokes e izquierdistas es que su nivel de indignación por racismo, machismo, homofobia o transfobia es inversamente proporcional al izquierdismo de quien lo dice.

Hunter Biden, protegido por la prensa progresista

Para ellos todas estas afrentas son sólo una excusa para machacar a sus rivales políticos, no creen en ello realmente. El izquierdismo está por encima de cualquiera de estas cosas. Por eso las feministas nunca han hecho un homenaje a Margaret Thatcher o a Sarah Palin, pueden insultar a Caitlyn Jenner si es republicana, o podían burlarse de Milo Yiannopoulos cuando era gay.

Aparte de la hipocresía que revela, el aparente racismo de Hunter Biden debería ser lo de menos. Es un error centrarse en eso y no en unas conversaciones que vendrían a demostrar unas relaciones familiares y profesionales que arrojan muchas dudas sobre su integridad moral y su corruptibilidad. Tratándose del hijo del presidente, y a la vista de que Hunter Biden no parece una persona especialmente íntegra, y que aparentemente es capaz de cualquier cosa con tal de satisfacer sus deseos, preocuparse por sus comentarios racistas es como fijarse en los payasos del chiste.

Es más, que Hunter Biden supuestamente sea un drogadicto descontrolado, y presuntamente un enfermo sexual desenfrenado, puede que sea bastante significativo, pero tampoco es algo determinante. Lo realmente relevante —y que se ha difuminado tras su supuesto racismo y escarceos con las sustancias y el sexo— son sus posibles vínculos con países extranjeros potencialmente enemigos de América.

Si medios de comunicación, Big Techs, , fact-checkers, blue-checkers, científicos y prácticamente todo el mundo parece haberse conjurado para acabar con Trump y proteger a los Biden a cualquier precio, ¿quién puede negar convincentemente que en ese precio no hayan incluido vender a los americanos a sus enemigos? Hasta ahora todo ha sido intentar silenciar sus escándalos, y cuando no han podido, lo han desviado hacia sus excesos más excéntricos, alejándonos de los que sí podrían suponer un riesgo para América, ya que apuntarían a posibles comportamientos ilegales o inmorales por parte de su padre.

Al fin y al cabo, ¿a quién le va a importar la vida de los americanos si sólo andamos fijándonos en las payasadas de los payasos?

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