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Reino Unido

La ignota lección de la nueva cepa de coronavirus en Reino Unido

La libertad comercial no solo es moral, sino necesaria, conforme al ordenamiento natural espontáneo, para asegurar una correcta distribución de los bienes y servicios

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La semana pasada saltaron las alarmas en el continente europeo, atendiendo a datos estadísticos oficiales. Pese a haber sido uno de los primeros países en comenzar con la campaña de vacunación contra el coronavirus codificado como COVID-19, el Reino Unido ha sido escenario de desarrollo de estas nuevas mutaciones.

No hay aún conclusiones claras sobre esta nueva variante biológica, aunque no pocos científicos se atreven a advertir de que su capacidad de propagación contagiosa sea mucho mayor. Sobre su letalidad aún no hay información clara, aunque las farmacéuticas BioNTech y Pfizer no descartan tener lista una nueva vacuna en seis semanas, si fuera necesario.

Ante esta nueva situación, el pasado fin de semana, no pocos países se apresuraron a suspender los vuelos entre sus puntos geográficos y el Reino Unido (no solo hablamos de la Unión Europea y el Espacio Económico Europeo, sino también en países como Marruecos, Turquía, Rusia e Israel). Así, en consecuencia, fronteras cerradas.

De todos modos, no es el propósito de redacción de este artículo indagar sobre estudios científicos relacionados con la cuestión. Más bien, hablaremos de una de las palpables y enésimas consecuencias económicas del estrangulamiento político y económico al que nos hemos acostumbrado, vulnerando, entre otras cosas, la libertad de circulación.

La demanda interna, por sí sola, no funciona

Reino Unido no es uno de los países del continente europeo con menores índices de desarrollo económico. Hablamos de un integrante del top 20 de los países con mayor poder adquisitivo per capita de Europa, en el que la proporción agrícola del Producto Interior Bruto (PIB) se ha mantenido estable en la última década.

The Heritage Foundation considera que hablamos de la séptima economía más libre del globo (por cierto, en proceso de abandonar esa misma Unión Europea cuyo proteccionismo es difícil de negar), con cotas de libertad financiera, facilidades para emprender y libertad comercial superiores, en promedio, a los ochenta puntos.

Su presión fiscal (al menos, a la hora de tratar al trabajador) tampoco es de las más elevadas conforme al ranking de la OCDE. No obstante, lo que es fácil de inferir es que no se trata de un territorio con escasez absoluta de materias primas y absoluta complicación para cualquier trámite emprendedor, al más puro estilo de “oasis comunistas” como Cuba y Norcorea.

No obstante, pese a esa fortaleza económica, el cierre de fronteras aplicado recientemente está causando serias distorsiones en la distribución de los bienes y servicios en la sociedad británica. Y sí, ante el pánico psicológico que causa un secuestro político, las estanterías de los supermercados británicos han empezado a vaciarse.

Pudiendo reponerse fácilmente esos bienes (asumiendo la importancia del buen funcionamiento del eslabón de distribución de la cadena comercial alimentaria), uno podría estar tranquilo (aunque ciertas fotografías que pueden circular por redes sociales lleven a causar un impacto concreto).

Pero no parece que vaya a ser así en este caso. Los gestores de los establecimientos de alimentación en cuestión advierten de la escasez de fruta y verdura, mientras que el sector hortofrutícola europeo está, en general, bastante preocupado, temiendo un agravado escenario de este tipo a partir del día de comienzo del próximo año 2021.

Cabe recordar, hablando de estos respectos, que el sur de Europa es objetivo de una alta demanda en materia agrícola, bueno, alimenticia en general. Productos como los cítricos levantinos, las fresas onubenses y algarveñas, las uvas almendralejenses, los espumosos no solo catalanes, los aceites pacenses y jiennenses, y los cárnicos de dehesa, tienen alta proyección.

Así que en la práctica, la invocación a la “demanda interna” no resulta ser tan eficaz como se nos vende. Con esto no quiero referirme tanto, en esta ocasión, a las habituales políticas keynesianas de los modelos occidentales de Bienestar del Estado (subvenciones y mal llamados “planes de estímulo” que solo generan deuda y desempleo).

En los últimos meses, muchos ayuntamientos, sin perjuicio de que al mismo tiempo hayan apostado por medidas de confinamiento severo muy nocivas para la economía (incluso para la llamada economía familiar), sin siquiera reivindicar una drástica rebaja indefinida de la presión fiscal y burocrática, ha insistido en el “consumo local”.

Obviamente, siendo conscientes de la multitud de factores que influyen en la toma de decisiones del consumidor, dentro de lo que se conoce como “marco de democracia económica misesiana”, es lógico que, aparte de valorar la calidad del producto o servicio, se tenga en cuenta el factor afectivo-fraternal hacia un prójimo con cierta relación.

Esto es muy habitual en la vida cotidiana. Es habitual, por ejemplo, que si nuestro mejor amigo tiene un restaurante italiano y tenemos preferencia por esta dieta, tendamos a frecuentar su establecimiento. De hecho, en sí, ventajoso es pues estaríamos generando unos ingresos que siempre serán de agradecer (valorando en este caso, adicionalmente, el trato cercano).

No obstante, el problema o la inconsistencia están cuando del consejo moral de sentido común se quiere hacer un “dogma” que escapa a la propia dinámica natural, espontáneamente ordenada, del mecanismo que conocemos como mercado, pudiendo, por cierto, considerarlo, si así lo consideramos, como una especie de obsesión.

Básicamente, un área geográfica concreta no siempre va a tener una variopinta oferta infinitesimal (no necesariamente hay que referirse a los ámbitos más rurales) mientras que los mismos pequeños propietarios nunca van a incomodarse si algún foráneo se toma la “molestia” de desplazarse para demandar algo a valorar por calidad, servicio y eficacia.

De hecho, cabe indicar que el comercio electrónico, obedeciendo a esa misma esencia de dispersión y descentralización de la red de redes (rompedora de barreras geográficas y físicas, sin perjuicio de las dimensiones de empresa per se), haría imposible cualquier reivindicación moral o política de proteccionismo o de refuerzo de la llamada “demanda interna”.

El estrangulamiento comercial no lleva a ningún puerto

En base a lo abordado anteriormente, cabe indicar que la libertad comercial no solo es moral, sino necesaria, conforme al ordenamiento natural espontáneo, para asegurar una correcta distribución de los bienes y servicios, evitando tanto problemas de suministro en países desarrollados como perpetuidad de la pobreza y miseria en zonas globales más devastadas.

Esto implica, por tanto, poner también en valor la división a escala global del trabajo, que nada tiene que ver con ideologías que pretenden consolidar el Estado Único Global de corte socialista, lo cual también ayuda a obviar que no es necesario permanecer bajo el yugo sovietizante bruselense (de hecho, el Brexit puede ir acompañado de un ingreso en la EFTA).


Ángel Manuel García Carmona es Ingeniero de Software. Residente en Madrid (España).

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