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La investigación sobre el origen del virus de Wuhan pone en evidencia la vulnerabilidad de USA ante China

El Ejecutivo de Biden deberá exigir responsabilidad al régimen comunista chino y castigar a Beijing por sus incumplimientos repetidos con los principios globales de transparencia y bioseguridad

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Después de que el Partido Demócrata tildara a Donald Trump de racista y xenófobo por considerar que el origen del virus provenía de un laboratorio de China, el presidente Biden ha ordenado ahora a los servicios de inteligencia redoblar los esfuerzos para investigar la posibilidad de que el COVID-19 saliera del Instituto de Virología de Wuhan.

De nada ha valido que el Deep State haya querido tapar este asunto como si tratase de un secreto de Estado. La Casa Blanca ha dado 90 días a la comunidad de inteligencia para recabar y procesar información que conduzca a una “conclusión definitiva” sobre el origen del coronavirus. 

¿Pantomima de rendición de cuentas para manipular a la opinión pública?

La alergia de Biden a informar se ha convertido en un enjambre de sospechas. La pasada semana el diario The Wall Street Journal revelaba que en la temprana fecha de noviembre de 2019 tres investigadores del Instituto de Wuhan enfermaron con síntomas similares a los del COVID-19, según un informe elaborado entonces por el laboratorio estatal “Lawrence Livermore”’, en California.

Este estudio científico se convirtió en una referencia científica importante para la administración de Trump en su esfuerzo para examinar seriamente la hipótesis de que el virus se había originado en el Instituto de Virología de Wuhan. Pero —como era de esperar— el informe fue desautorizado por el Partido Comunista chino que de manera engañosa informó más tarde a la Organización Mundial de la Salud (OMS) que el primer paciente con síntomas similares a los del COVID-19 se había registrado en Wuhan el 8 de diciembre de 2019.

Además de mantener el informe de Trump completamente en la penumbra, los líderes demócratas—con la complicidad de las Big Tech y del gran conglomerado mediático de tendencia izquierdista— dieron crédito a la versión oficial china antes que la opinión del presidente de Estados Unidos.

Desde entonces, todos los empeños por explicar el origen de la pandemia se han frustrado entre los que desacreditan las teorías de Trump sobre la seria amenaza de un virus diseñado y peligroso, y los que apoyan incondicionalmente a China, a la OMS y a las tesis del Dr. Fauci, patrocinadores de una cada vez más cuestionada hipótesis científica que solo admite considerar el origen natural del coronavirus.

El colmo de la ironía fue que el Dr. Anthony Fauci —principal consejero del Gobierno en la lucha contra la pandemia— desafío la tesis de Trump tachando sus argumentos como parte de una “teoría de la conspiración de desquiciados”, mientras recibía en secreto numerosas advertencias de acreditados científicos sobre la posibilidad de que el virus fuera creado en un laboratorio.

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“Es fundamental que el Gobierno esclarezca el origen y los procedimientos relacionados con la naturaleza de este virus que ha provocado casi 170 millones de contagios en todo el mundo y más de 3.5 millones de muertos, según informaciones oficiales”. (EFE)

Conspiración oficial

El último episodio de esta crisis política ha sido la publicación de más de 3 mil correos electrónicos del propio Fauci —a la que tuvo acceso BuzzFeed News a través de la Ley de Libertad de Información— que vuelven a situar en el centro del debate público una de las más oscuras circunstancias políticas de la reciente etapa democrática americana.

Se trata de una abundante correspondencia sostenida durante la confusa etapa inicial de la pandemia, entre el director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID), funcionarios gubernamentales, medios de comunicación y acreditados científicos, en las que se infiere que Fauci no reveló todo lo que sabía sobre la posibilidad de que un laboratorio chino, financiado en buena parte por su propio instituto, pudiera ser la factoría donde se creara la pandemia.

Por eso, esta nueva orden emitida por el Gobierno de Biden a la comunidad de inteligencia de Estados Unidos tiene todas las trazas de incidir en ámbitos sensibles de la seguridad nacional, cuya defensa tiene encomendada tanto la Agencia Central de Inteligencia como la Oficina Federal de Investigación, pasando también por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos y el Departamento de Seguridad Nacional, por solo citar algunos de los organismos más importantes.

Si algo están escenificando los líderes demócratas —liderados por Biden y Nancy Pelosi, presidente de la Cámara de Representantes— es su poca catadura moral para expresar una cosa y la contraria en función de sus intereses políticos y sin avergonzarse por ello en lo más mínimo, lo que dice mucho del nivel de cinismo inaceptable practicado por las más altas figuras del Estado.

Esclarecer la verdad

Es fundamental que el Gobierno esclarezca el origen y los procedimientos relacionados con la naturaleza de este virus que ha provocado casi 170 millones de contagios en todo el mundo y más de 3.5 millones de muertos, según informaciones oficiales.

De momento, la única explicación pública ha sido dada por la secretaria de Prensa de la Casa Blanca, Jen Psaki. Pero no esclarece las incógnitas principales.

Psaki se ha limitado a asegurar que el Gobierno apoya una investigación independiente y transparente pero que sus conclusiones dependerán de la cooperación y los datos proporcionados por el Gobierno chino.

Esto y no decir nada, es lo mismo. Y lo que es peor, es continuar alimentando la nube tóxica que la prensa llamada “progresista” y el Partido Demócrata han creado.

Psaki también ha dicho que los expertos de la administración de Biden no cuentan con suficientes datos e información para llegar a una conclusión determinante en este momento.

Es posible que así sea, pero esa explicación no tranquiliza del todo a la opinión pública sobre las posibles consecuencias que tendría para la seguridad mundial que un régimen autocrático y perverso estuviese detrás de una operación encubierta de bioterrorismo, como lo es sin duda el hecho de que el patógeno pudiera haber sido creado en un laboratorio chino.

Esta administración, acostumbrada a ningunear las preguntas de los periodistas, tendrá que aclarar mil interrogantes sobre su función de servir de simple avalista de intereses económicos y mediáticos que han obstruido el proceso de la búsqueda de la verdad en el seno de las instituciones representativas.

Unos y otros deben una explicación a la sociedad y especialmente a las víctimas.

El hecho de que entre 2014 y 2019, el NIAID —administrado por Fauci— haya ofrecido centenares de miles de dólares al laboratorio de Wuhan para el estudio del coronavirus en murciélagos, nos sitúa ante un escándalo mayúsculo que exige muchas explicaciones y respuestas, porque es la seguridad de Estados Unidos la que termina también dañada.

Corresponde a la justicia comprobar la autenticidad de estas alegaciones. 

Ante este escenario cada vez más preocupante y oscuro, Biden se mantiene en su negativa a pronunciarse sobre los hechos que involucran a prominentes instituciones de su gobierno y evita, en contra de lo que establecen las normas constitucionales, abrir un expediente de investigación al Dr. Fauci.

Pareciera, entonces, que el Ejecutivo de Biden prefiere renunciar a investigar el origen de la pandemia a cambio de hacer demagogia con la pandemia.

Nadie puede creerse que estemos ante un caso de negligencia administrativa o de personalismo científico. Que el Gobierno de Obama reembolsara con cantidades de dinero tan astronómica a un instituto administrado por el Partido Comunista chino, genera más que una sospecha sobre una posible operación de alto nivel que debe esconder por pura lógica muchos intereses en juego, como el hecho evidente de que la Casa Blanca haya podido financiar indirectamente experimentos sobre coronavirus que puedan haber llevado a la creación y uso deliberado del virus COVID-19.

Exigir responsabilidades a China

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“El Ejecutivo de Biden deberá exigir responsabilidad al régimen comunista chino y castigar a Beijing por sus incumplimientos repetidos con los principios globales de transparencia y bioseguridad. De no hacerlo se pondría en peligro la estabilidad y la soberanía de los Estados Unidos y del resto del mundo libre, en tiempos en los que es más necesaria que nunca”. (EFE)

Más allá de las controversias de índole partidista, haría bien el Partido Republicano en plantearse y exigir del Gobierno una respuesta clara a una pregunta que millones de americanos se vienen haciendo desde que comenzó la pandemia ¿Quiere la administración de Biden corregir las relaciones políticas y diplomáticas con China actualmente al servicio de los grandes poderes fácticos que sostienen su poltrona en la Casa Blanca, o prefiere seguir practicando una ambigua práctica de artificios parlamentarios mientras que su equipo juega dos partidas distintas con dos barajas diferentes?

De comprobarse la veracidad de lo publicado, el Partido Demócrata, como única fuerza política de la oposición y ahora en el Gobierno, está obligado a asumir responsabilidades específicas por la conducta mantenida durante estos años, en los que ha venido avalando con diversas iniciativas parlamentarias el entorpecimiento para poder instruir una investigación a fondo sobre una probable guerra bacteriológica que ha hundido al país en una grave crisis de Estado.

Biden ha cometido un error muy serio desde el principio de su Presidencia comprometiendo las relaciones con sus socios europeos cuando la Casa Blanca permitió al Partido Comunista de China destruir las pruebas de su complicidad con el origen del virus, desautorizando así el excelente trabajo de investigación que Estados Unidos había hecho al respecto. 

Pero lo más grave de todo es la pasividad mostrada por el Gobierno hasta el momento. Mientras la Casa Blanca permanezca en silencio, el Partido Comunista seguirá difundiendo información errónea, violando el Reglamento Sanitario Internacional y recurriendo a la mentira, como parte de su estrategia encubierta para generarle un grave problema sanitario a Occidente.

Sorprende además la actitud pasiva y cómplice de los legisladores demócratas que, en lugar de ponerse de forma incondicional del lado de los intereses americanos, han preferido someterse a la misma dictadura militar colectivista que protagonizó en el pasado la Revolución Cultural, la masacre de Tiananmen y los crímenes de lesa humanidad contra los uigures, kazajos y el pueblo tibetano. 

Por otra parte, da la impresión de que no existe ningún plan de sanciones al respecto. Sólo improvisación y secretismo, lo que afianza la percepción asiática de que Estados Unidos prioriza sus relaciones con China en esta zona del mundo —política exterior iniciada por Clinton— en detrimento de sus más firmes y leales socios como es el caso de Japón, por mucho que Biden diga lo contrario.

Por eso parece una broma macabra que el Partido Comunista chino, a través del Ministerio de Relaciones Exteriores, haya vuelto a cargar recientemente en una declaración institucional contra Estados Unidos, culpando a un laboratorio de investigación biomédica del Ejército de Estados Unidos en Maryland de crear la cepa de coronavirus.

El Ejecutivo de Biden deberá exigir responsabilidad al régimen comunista chino y castigar a Beijing por sus incumplimientos repetidos con los principios globales de transparencia y bioseguridad. De no hacerlo se pondría en peligro la estabilidad y la soberanía de los Estados Unidos y del resto del mundo libre, en tiempos en los que es más necesaria que nunca.

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