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La epidemia como excusa autoritaria

La responsabilidad es suya por engañarnos, pero la culpa es nuestra por creerles

Es bueno recordar cómo empezó toda esta historia: en la Republica Popular China. Con sus “patrióticas” redes sociales –manejadas por empresas “privadas” aliadas de el Partido Comunista Chino– algunos médicos advertían la inminente emergencia que la rápida extensión de lo que parecía ser un nuevo virus respiratorio potencialmente mortal implicaba en Wuhan. Fueron rápidamente perseguidos y silenciados por autoridades que negaban la epidemia o su peligrosidad.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) presidida por el candidato de la diplomacia china –un político socialista genocida etíope, que no es medico sino filósofo marxista– se plegaba a las mentiras de Beijing, haciéndose cómplice de la extensión del virus a toda China y al mundo, antes de admitir la realidad de la pandemia.

La gran prensa de izquierda en todo el mundo pasó rápidamente de la negación –servil al PCCh– al alarmismo extremo, pero sin responsabilizar en algo –ni mencionar siquiera– la criminal desinformación del totalitarismo de Beijing y su marioneta en la OMS.

Así llegamos a una pandemia con un virus de baja mortalidad pero rápido contagio, que como nos anticipaba la teoría de la evolución biológica, muta como cualquier otro virus y algunas de sus mutaciones resultan en nuevas cepas viables, exitosas desde el punto de vista de el virus, no de los enfermos.

Como podía adelantar la ciencia médica de cualquier enfermedad, especialmente una nueva para la que no hay tratamiento conocido inicialmente, el virus resultó de mayor peligrosidad –y mortalidad– entre las poblaciones más pobres, sujetas a peores condiciones de salubridad, alimentación y estado general de salud.

Como podía predecir la teoría política, la reacción ante la emergencia pasó velozmente de la negación a la exageración a lo largo y ancho del mundo, mientras la prensa –inicialmente plegada a la desinformación oficial– llevaba el estado de alarma al grado del pánico combinando medias verdades con noticias falsas.

Las redes sociales del corporativismo woke censuraban –al mejor estilo del totalitarismo de Beijing y sus aliados– lo que ellos se atrevían a calificar arbitrariamente de desinformación o noticias falsas, erigiéndose en árbitros absolutos de la ciencia oficial. Como Lysenko en tiempos del poder soviético.

Un día calificaron de noticias falsas las dudas de expertos sobre la posibilidad de que la desinformación de Beijing intentase ocultar un grave accidente de laboratorio biológico, calificándola de “teoría de la conspiración”, para terminar, poco a poco, admitiendo que no solo es posible sino francamente probable.

Otro día anunciaron que Florida sería “la península de la muerte” porque su gobernador se negaba a plegarse a los draconianos e ineficaces confinamientos masivos extremos y prolongados, que destruyeron las economías de la pequeña y mediana empresa –e infinidad de familias– de California y Nueva York. Estas medidas solo empeoraron el contagio y la mortalidad. Finalmente, se mostraron sorprendidos de que personas encerradas en sus casas se contagiasen a través de entregas que eran su única comunicación con el exterior, o de que en residencias de ancianos a las que se forzaba el ingreso de enfermos, los internos sanos se contagiasen y muriesen.

El tiempo pasó y las vacunas llegaron, pero el alarmismo sigue haciéndose pasar por información “científica oficial” en una gran prensa decidida a ridiculizar al senador Rand Paul por insistir en que el Dr. Fauci mintió al congreso sobre lo que finalmente tienen que calificar de posibles “respuestas imprecisas” –para evitar admitir que fueron mentiras descaradas de las que se hicieron cómplices–.

En el mundo desarrollado son cada vez más los vacunados y las economías tambaleantes por el efecto de los cierres.

Aunque nos califiquen falazmente de “teóricos de la conspiración”, debemos señalar que los cierres causaron más muertes y daños graves a la salud de la población por otras patologías. Se orienta desesperadamente a la normalidad que políticos e intelectuales –aferrados a las restricciones de las libertades que la pandemia ha justificado–, se nieguen a ceder el control obtenido.

Pero el problema no son tanto los medios ideológicamente sesgados, propagandistas del marxismo de la teoría crítica, mintiéndonos y aterrizándonos, al servicio del autoritarismo político y burocrático creciente. El problema es que les creemos ¡y nos aterramos!

El peligro es real, la enfermedad es real, la muerte es real, como siempre lo han sido, porque hay riesgos latentes en la naturaleza que no podemos hacer desaparecer. La investigación científica cura enfermedades antes incurables, pero no puede sanarlo todo ni evitar que aparezcan nuevos padecimientos.

Nuestras vidas, al menos en el mundo desarrollado, son mejores, más prolongadas, saludables, prosperas y libres que nunca antes. Pero más de la mitad de la población sigue ansiosa de entregar unas libertades reales de las que depende la prosperidad que disfrutan, a cambio de una falsa ilusión de seguridad autoritaria que no está dando los resultados que promete y usa su propio fracaso para exigir cada vez mas y mas restricciones a la libertad.

Estas medidas podrían llevarnos un punto en el que, mirando alrededor, descubramos sorprendidos que hemos perdido la libertad por completo.

Las únicas seguridades que nos trajo el totalitarismo han sido la pobreza, la enfermedad y la miseria humana de una vida sin futuro ni esperanza. Justamente porque nos lo creemos y nos aterramos, nos multiplican las “epidemias” y hablan del derecho que garantiza la segunda enmienda a los estadounidenses como una “epidemia de violencia armada” o de un “racismo sistémico” que únicamente existe en la mente alucinada de los teóricos neo-marxistas como una “epidemia mortal”.

Como nos hablarán nuevamente del cambio climático en términos catastróficos y clave epidémica. Y seamos francos, la responsabilidad es suya por engañaros pero la culpa es nuestra por creérnoslo.      

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