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La era Trump apenas empieza

El presidente tuvo el coraje y la audacia de hacerle frente a los monstruos que habían sido alimentados por sus predecesores

He sido simpatizante de Trump. Lo he apoyado, he escrito por él, lo he defendido. Pero no siempre fue así. Yo era uno de los que en el 2015 y 2016 pensaba que Trump era un peligro para las instituciones americanas. Para la elección de hace cuatro años apoyé a otros precandidatos republicanos. Veía con más simpatía a Ted Cruz o a Marco Rubio. Eran las formas. La naturaleza tosca, excesivamente banal y agresiva de Trump, que irrumpía con décadas de formalidad, parecía inapropiada para el cargo.

Pero era un fenómeno. Nadie lo valoraba. Siempre lo subestimamos. Por eso, cuando en noviembre de 2016 se alzó con la mayoría de votos electorales, tantos quedamos asombrados. Trump es un verdadero animal político. Siendo totalmente ajeno a las tradiciones innatas a la cosa pública americana, llegó al Salón Oval. Y llegó enérgico, con voluntad de hierro, dispuesto a revolucionar, no solo Washington DC, sino el mundo.

Lo logró. Trump cambió a Estados Unidos. También cambió al mundo. Ahora, cuatro años después de que ascendiera al poder, su presidencia está a punto de terminar. No fue un presidente de dos mandatos. Probablemente jamás vuelva a gobernar. Su presidencia termina con la transición más caótica en décadas. No sorprende. Así debía de ser un Gobierno que fue completamente ajeno a las formas habituales. Pero la tensión de estos últimos días nos ha impuesto a muchos la difícil necesidad de apartarnos de lo que, pienso, son excesos.

El gobierno de Trump termina. Probablemente muy empañado por una espiral de irracionalidad en la que estuvo inmerso por más de dos meses. Concluye su administración, pero no su tiempo. La era Trump apenas empieza. El reto es descifrar qué tan caótica será.

Paz sin docilidad

Quizá lo que cautivó a tantos fue la voluntad del presidente Trump de liderar una cruzada contra enemigos que por años debían de ser enfrentados. Trump tuvo el coraje y la audacia de hacerle frente a los monstruos que habían sido alimentados por sus predecesores. China, Irán, Cuba y Venezuela vieron en la administración de Obama a un gobierno aliado y afín a sus intereses. Se crecieron, se fortalecieron, ante la mirada pasmada de los americanos y occidentales que entendían las consecuencias de un Estados Unidos disminuido ante sus adversarios.

Los acuerdos de Irán permitieron a los ayatolás fortalecer su influencia en Medio Oriente. La anarquía árabe, como efecto colateral del apaciguamiento, devino en la peor época de conflicto en décadas. Nació ISIS y se convirtió en un terror global, que azotó a tanto país occidental con el derramamiento indiscriminado de sangre inocente. Hezbollah tuvo luz verde, no solo en Medio Oriente, sino en América. La armonía lucía remota. Era paradójico, porque el presidente Obama basó su política exterior en concretar inservibles acuerdos de paz.

Cuba, muchas veces infravalorada, se vio fortalecida. El deshielo, perfilado como un episodio histórico, solo sirvió para oxigenar a la nomenclatura castrista. Y fortalecer a Cuba es fortalecer a todas las fuerzas socialistas del continente.

Suramérica la pasó mal bajo el Gobierno de Barack Obama. Fueron los años dorados del denominado “Socialismo del Siglo XXI”. Todo ante la mirada complaciente de la Casa Blanca demócrata. Obama amparó la firma de los terribles acuerdos de paz entre el movimiento guerrillero FARC y el gobierno colombiano. Obama fue uno de los principales impulsores de los diálogos entre la oposición venezolana y el régimen chavista. Conversaciones que favorecieron tremendamente a Miraflores y su persecución contra los venezolanos.

Todo lo anterior cambió con la llegada de Trump a la Casa Blanca. La política exterior del republicano fue diametralmente opuesta a la de su antecesor. La estaban pasando realmente mal los enemigos de Estados Unidos.

ISIS, ese indomable grupo terrorista que parecía indestructible, fue neutralizado. Sus líderes fueron asesinados en los que fueron los mayores éxitos militares del Gobierno de Donald Trump. La influencia de Irán se vio súbitamente disminuida en la región. Incluso, el mayor líder militar del régimen iraní, el terrorista Qasem Soleimani, fue asesinado en un impecable ataque de drones.

China se topó con una administración que le hizo entender que los crímenes, por más que estén a miles de kilómetros de la Avenida Pensilvania, no salen impunes. El libre comercio solo es posible en plena armonía y cuando existe reciprocidad. Con China es imposible. Por primera vez en años una administración americana se le alzó al gigante asiático. Contra Pekín y las organizaciones, como las Naciones Unidas o la Organización Mundial de la Salud, que le son útiles. Y entonces descubrimos cuál es la gran amenaza que enfrenta el mundo moderno.

Y Latinoamérica. Jamás existió un mejor aliado. Trump pisó la Casa Blanca y los líderes del Socialismo del Siglo XXI no volvieron a dormir tranquilos. El Gobierno republicano revirtió el deshielo con Cuba e impuso durísimas sanciones en contra de los jefes del régimen chavista.

Debo resaltar esto último. Como venezolano estaré agradecido siempre porque en Trump encontramos a un aliado inmutable en contra de la tiranía de Nicolás Maduro. Su voluntad férrea de oponerse al socialismo chavista se tradujo en la coordinación de una coalición de países que le dio la espalda a Miraflores y le tendió la mano a la oposición venezolana.

Hubo grandes logros que permiten a la administración de Trump pasar a la historia. Su política exterior fue simplemente brillante. No solo lo mencionado anteriormente. Trump también fue un gran aliado de Israel, el muro de contención contra la barbarie en Medio Oriente. El presidente americano tuvo el coraje de, a diferencia de las administraciones anteriores, cumplir su palabra: la capital de Israel es Jerusalén.

Logró la paz entre la nación judía y gran parte del mundo árabe gracias a una astuta campaña por Medio Oriente. También, bajo su coordinación, Serbia y Kosovo normalizaron sus relaciones.

Finalmente, Trump también fue autor de la mayor cumbre histórica de este siglo: en abril de 2018, el líder supremo de Corea del Norte, Kim Jong-Un, y el presidente surcoreano, Moon Jae-In, se estrecharon las manos en el lado surcoreano del Área de seguridad conjunta. Fue la primera vez, desde 1953, que el máximo líder norcoreano pisaba territorio de Corea del Sur. Por haber gestionado la cumbre, Moon Jae-In sugirió que el presidente Trump merecía el premio Nobel de la paz.

Y están los enemigos internos. Trump desbarató una gigantesca estructura burocrática que rodeaba Washington DC. Le declaró la guerra al establishment. Así, labró sus enemigos más poderosos, a pocos metros de su escritorio.

Washington (United States), 04/01/2019.- (FILE) – US President Donald J. Trump (L) holds a news conference beside US Vice President Mike Pence (R) in the Rose Garden of the White House in Washington, DC, USA, 04 January 2019 (reissued 11 January 2021).
El boom

La cruzada internacional de Trump convirtió a Estados Unidos en un importante actor internacional, hostil ante los violadores de derechos humanos. Y en términos domésticos también fue un éxito. El gobierno republicano es el responsable de grandes avances económicos, reconocidos por simpatizantes y adversarios (una encuesta del 3 de noviembre del 2020 arrojó que 41% de los americanos cree que la situación financiera de su familia mejoró en los últimos 4 años. Un 20% dice que empeoró. La encuesta es de CNN). Los logros son innegables. En materia de justicia, educación y empleo, Estados Unidos creció.

La tasa de paro, sobre todo de las poblaciones negras, se redujo considerablemente. Del 6.6%, heredado del gobierno de Obama, a 3.5%, el nivel más bajo en 50 años. Asimismo, mantuvo, entre 2017 y 2019, un crecimiento del Producto Interno Bruto superior al 2%. Y el desempleo, durante su gobierno, estuvo en mínimos históricos.

Fue un crecimiento económico sin precedentes —impulsado por la mayor reducción de impuestos en décadas, grandes desregulaciones, la flexibilización del mercado laboral y el resurgimiento de industrias obsoletas—. Bajo su presidencia, Estados Unidos pasó a ser una economía mucho más libre, como lo deja claro el Índice de Libertad Económica de la Heritage Foundation (en comparación con el último año de Obama, hubo una subida de 1.3 puntos para 2019 y Estados Unidos se mantiene como una economía sana).

La edificación de un movimiento

Una excelente presidencia fue acompañada de un intenso discurso incendiario. La ausencia de formas y la incorrección que marcaron su campaña del 2016 fueron el leitmotiv de su gobierno. Trump, en síntesis, fue un populista. Las tácticas, innatas a la izquierda, fueron blandidas por el presidente. Esto se tradujo en la construcción de un masivo movimiento, cuya bandera es Make America Great Again!

El trumpismo poco a poco se fue esculpiendo y fue diseñando la política americana. Congresistas y senadores republicanos que se opusieron a Trump en un principio (verbigracia Lindsey Graham) terminaron endosando su movimiento porque era el presente y se convertía en el futuro. Fue una revolución y esto quedó claro en los resultados de las últimas elecciones.

En décadas no se veía que tanta minoría, sobre todo negros e hispanos, votara al Partido Republicano. Jamás tanta élite blanca de las grandes ciudades le había dado la espalda al Partido Republicano. Las cifras son el testimonio en tiempo real de que el Grand Old Party, defensor de la iniciativa privada, la empresa y el capitalismo, se convirtió en la plataforma de los más desfavorecidos. De los trabajadores de cuello azul que solo aspiran a producir libremente; de los negros, hastiados de ser tratados como minusválidos; y de los hispanos, traumados por las consecuencias de las mañas socialistas.

Las políticas de identidad del Partido Demócrata, racistas al fin, fueron el mejor regalo al Partido Republicano, que hoy le habla a una población disgustada. El wokeism, la nueva religión de los demócratas, ha ahuyentado a los electores sensatos y Trump fue su guarida.

El valor del presidente es que comprendió que su partido debe trascender a la defensa de los valores tradicionales que por años han sido columna vertebral de la sociedad americana. El libre mercado es clave en el desarrollo de una sociedad próspera. Pero, más allá de eso, hoy la lucha es cultural. Y el cuadrilátero son los medios de comunicación. Por eso Trump fue, sobre todo, un fenómeno. Imparable, insoportable, pero revolucionario al fin. Un fenómeno que por muchos años vi con buenos ojos. Hasta hoy. Ahora lo hago con cautela.

El asalto a las instituciones

Pensé por mucho tiempo que los movimientos populistas de derecha eran necesarios como contrapeso a los movimientos populistas de izquierda. Hoy lo considero así, pero menos que antes. Porque la retórica incendiaria, políticamente incorrecta y agresiva debe de tener un límite: las instituciones. Me equivoqué al pensar lo contrario por tanto tiempo: que todo era tolerable en Estados Unidos porque existían los mecanismos para evitar que el Gobierno de turno degenerara en una autocracia. El asalto al Capitolio fue un golpe de realidad.

Estados Unidos no es un país ajeno a los demonios a los que estamos tan acostumbrados en Latinoamérica. Es una república robusta, pero con sus flaquezas (inevitables, por supuesto). Alentar por tanto un movimiento político al margen de la tradición republicana; cincelarlo, vigorizarlo, convertirlo en algo cada vez más hostil e intransigente; inevitablemente devendría en el conflicto.

Turbas histéricas, armadas con banderas que rezan TRUMP 2020, asaltaron el templo de la democracia de Estados Unidos. Me quedo corto al decir que es el edificio más importante del hemisferio Occidental. El corazón del sistema que hace años elogió Tocqueville en su gran obra. La sede del Poder Legislativo. Asediado, violentado por una horda de trastornados, salidos de Coachella o Burning Man.

Al asalto le precedió un mitin de Trump frente a la Casa Blanca. En la concentración el presidente les dijo a los miles de seguidores: «Jamás concederemos la elección». Luego, les dio una instrucción: «Marchen al Capitolio y exíjanle a los congresistas que cumplan su deber».

Washington (United States), 11/01/2021.- Members of the New York National Guard form up on the East Front of the US Capitol in Washington, DC, USA, 11 January 2021.
Sócrates alecciona a Trump

A veces nos parecen injustas las decisiones que los hombres, apegados a las leyes, toman. Hay dictaduras. Hay monarquías. Hay sultanatos. Hay tiranías y hay repúblicas. Estados Unidos, todavía, es lo último. Una república robusta, arquetípica, que los occidentales hemos contemplado por años con admiración.

Tocqueville viajó de la cuna de la ilustración para maravillarse con el sistema americano. Entonces, convenía reconocerlo: no había país como Estados Unidos. Superior, los padres fundadores encontraron la fórmula para la edificación de un régimen que se blindara de sus propios demonios. Genios al fin, distinguieron una república a partir de leyes que durarían siglos con vigencia y sin casi alteración. El resguardo feroz de la libertad de prensa, la protección del libre porte de armas o los colegios electorales. Fueron el diseño riguroso de una receta que garantizaría por mucho una perfecta continuidad democrática, con transiciones pacíficas.

Cuando defendemos un sistema y lo que representa para nuestro estilo de vida, defendemos sus instituciones. Hacer grande a Estados Unido o resguardar los valores de Occidente se traduce en la defensa a ultranza, pese a sus vicios o desviaciones, de sus instituciones. El sistema americano aún es el de una República. Y para mejorar, o superar sus fragilidades, nos ofrece mecanismos. Hacer grande a Estados Unidos pasa por cuidar, primero, esas instituciones.

A veces nos parecen injustas las decisiones que los hombres toman a partir de las leyes que nosotros mismos diseñamos y defendemos. En su conversación con Critón, relatada por Platón, Sócrates nos ilustra al respecto. La condena en su contra, por revoltoso, fue injusta. Sócrates lo sabe. Él, probablemente mucho más ilustrado que quienes lo condenaron, decide someterse a la injusticia. Critón, su gran amigo, le reclama: es un acto de docilidad y sumisión. Sócrates, recomienda Critón, debe sobornar a sus carceleros y escapar.

Pero Sócrates dedicó toda su vida a la ciudad. Jamás salió, jamás viajó. Ilustró a los jóvenes de su ciudad y predicó lo que para él era el eje de la vida buena: el acatamiento a las leyes y su defensa. Sócrates fue, al fin, un centinela de la grandeza de Atenas y sus instituciones. Por eso, en el último momento, a poco de su ejecución, decidió someterse a esas mismas leyes e instituciones a las que les dedicó su vida. «¿No quedamos en que habían de cumplirse las sentencias de la ciudad?», se pregunta Sócrates. Eso pidió siempre. «¿Cabe amar a una ciudad al margen de sus leyes?».

«Porque, si mueres ahora, morirás víctima de una injusticia, no de las leyes, sino de los hombres. Si huyes cometerás otra injusticia tan vergonzosa, devolviendo una infamia por otra, violando tu compromiso con nosotras y perjudicando a quienes debes mayor respeto —a ti mismo, a tus amigos, a tu patria y a nosotras, las leyes», se imagina Sócrates que le dirían las leyes.

Una fuerza indomable

La invasión a la sede del Poder Legislativo de Estados Unidos fue solo el paroxismo de una tensión construida a partir de varios episodios. Actores como Lin Wood se encargaron de profundizar el choque, hasta el punto de proponer una guerra abierta, al estilo medieval, con decapitaciones y todo. La llamada del presidente al secretario de Estado de Georgia, presionándolo para que le consiga votos sí o sí y los cánticos de traidor a todo aquel que no se suscribió a los desatinos de la campaña fueron la continuación de una denuncia que se alzó el 4 de noviembre del año pasado: Biden se robó las elecciones.

No dudamos de que el proceso electoral fue opaco, cargado de irregularidades y manipulaciones. Al final, Estados Unidos puso a prueba un sensible experimento social, al ensayar masivamente el recurso del voto por correo a propósito de la pandemia que aqueja al mundo. El presidente, dado el ruido, estaba en su derecho de impugnar las elecciones y acudir a todas las instancias que considerase. Lo hizo.

Autoridades estatales examinaron las irregularidades. Hubo recuento en Georgia y fueron revisadas las denuncias de varios estados. El equipo legal de Trump, encabezado por el afamado Rudy Giuliani, quien cobró miles de dólares al día por mantener viva la pugna, hizo lo que pudo. Muchos acompañamos y cubrimos la denuncia, a la espera de que llegara la prueba definitiva que invalidara los resultados que le daban a Joe Biden el triunfo. Nunca llegó. Nunca hubo una smoking gun. Más allá de algunas irregularidades (nada inéditas e innatas a un proceso tan descentralizado como las elecciones en Estados Unidos) y la problemática relación de la empresa Dominion con la delincuencial Smartmatic, no hubo nada. La prueba definitiva no llegó a tiempo y hasta la Corte Suprema, compuesta por una mayoría conservadora de la cual tres jueces le deben su nominación al presidente Trump, desestimó las denuncias. También lo hizo el Departamento de Justicia, cuyo jefe, William Barr, era un gran aliado del presidente.

Entonces, en vez de aceptar el curso natural de las instancias, la campaña de Trump decidió que el problema son las instituciones. El presidente Trump decidió que todo es una conspiración en contra de él y que todo aquel que se apartara de su absurda cruzada era un desertor. Lo fueron los jueces de la Corte Suprema, a quienes él mismo designó y llamó cobardes. Lo fue el fiscal general William Barr, su pieza por muchos años. Y lo fue, finalmente, Mike Pence, su leal compañero desde el 2016. Traidores todos. Apóstatas.

Escribe muy bien Kimberley Strassel en The Wall Street Journal: «El presidente tenía todo el derecho —incluso la obligación— de impugnar las elecciones en corte. Pero cuando esas impugnaciones fracasaron (y cada una fracasó, completamente), tuvo la oportunidad de abrazar su legado, cimentar sus logros y continuar desempeñando un papel importante en la política del Partido Republicano». En cambio, escribe Strassel, decidió dilapidar su legado.

Washington (United States), 06/01/2021.- (FILE) – US President Donald J. Trump is seen delivering remarks via Twitter about the violence at the US Capitol on a television screen in the Brady press briefing room at the White House in Washington, DC, USA, 06 January 2021 (reissued 08 January 2021). 
El futuro de Estados Unidos

El 7 de enero, Trump publicó un video en su cuenta de Twitter. Fue su primera declaración pública luego de que el Congreso certificara la victoria de Joe Biden. Fue su segunda declaración pública luego del asalto al Capitolio. En el video, histórico, Trump usó un tono reconciliador, mucho más aplacado, para reconocer, por primera vez, el triunfo de Joe Biden y el fin de su presidencia.

«Ser su presidente ha sido el honor de mi vida», dijo Trump, quien aseguró que su gobierno garantizará una transferencia pacífica del poder.

El mensaje finalmente llega y le pone punto final a una novela de más de dos meses. Pero llega tarde. Lo suficiente para agrietar profundamente al Partido Republicano y cambiarnos a millones la percepción sobre su presidencia, que veíamos únicamente como exitosa, imprescindible y deseable. Ahora, también problemática.

Luego del 4 de noviembre todos confirmamos que Trump era un fenómeno inédito que había cambiado para siempre al Partido Republicano y la política americana. Aunque perdió, se convirtió en el presidente en funciones más votado de la historia de Estados Unidos. Y, a diferencia de Joe Biden, todos sus votos fueron por él, por lo que significa, por su proyecto. Eso convertía al trumpismo en un movimiento del que dependía el Partido Republicano. A un movimiento con vida propia, lo suficientemente grande para elegir al candidato ganador en las elecciones del 2024 y las próximas. Eso ha cambiado de cierta forma.

Los republicanos en Georgia obtuvieron más votos en noviembre que el 5 de enero de este año. Electores se apartaron de sus candidatos mientras el trumpismo se iba a la deriva. Algunos, sobre todo independientes, orientaron su voto hacia el contrincante; otros escucharon a Lin Wood y a otros personajes del trumpismo y castigaron a los candidatos al Senado por no hacer suficiente eco de la denuncia de Trump. La consecuencia es letal: un Congreso en pleno en manos de los demócratas. Acompaña eso con Biden en la Casa Blanca y tienes la fórmula del caos socialista.

La debacle en Georgia, más los resultados que ofrecen algunas recientes encuestas, dan cuenta de que Trump no raptó al Partido Republicano, sino que lo dividió. Según un sondeo de YouGov, 45% de los republicanos apoya el delincuencial asalto al Capitolio. Según un sondeo de Reuters, 52% de republicanos cree que Trump ganó las elecciones y Joe Biden hizo fraude.

El Partido Republicano está dividido. Dice Karl Rove: «Entre los fanáticos de MAGA y los republicanos que creen que estas maniobras son una afrenta a la Constitución». El peligro de una casa divida, como dijo Lincoln, es gigante, porque no puede sostenerse así contra sí misma. Y así, este Partido Demócrata, el peor de todos los tiempos, tomado por radicales de izquierda que aspiran a imponer una agenda fundamentalista, encuentra la tormenta perfecta para desenvolverse sin consecuencias, a la ligera.

El legado de Donald Trump pudo haber sido una economía pujante y una brillante política exterior. Un Partido Republicano revolucionado, con la capacidad de cobijar a obreros y empresarios; hispanos y negros; a amantes de la libertad, en síntesis. Hoy el legado de Trump puede terminar siendo, en cambio, un partido dividido y un país a merced de los radicales.

En su discurso del 7 de enero, Trump dijo: «Sé que están decepcionados, pero esta aventura apenas empieza». Su aviso es claro: seguirá en la política. Y tiene a millones de seguidores dispuestos a seguir su palabra como homilía de culto. Acatarán sus sermones y le seguirán en lo que instruya. Quizá sea bueno, debemos apostar. Trump debería de convertirse en la necesaria balanza que necesita una república sana.

Que el trumpismo sea el movimiento que defienda la libertad individual y de mercado. Que sea el movimiento que se encargue de que Estados Unidos no vuelva a bajarse los pantalones ante dictaduras árabes, asiáticas o caribeñas. Que sea el movimiento que neutralice la revolución woke y puritana, que en su cruzada ha decapitado a tantos. Que sea eso y no los disparates que hemos visto en las últimas semanas.

La presidencia de Donald Trump ha llegado a su fin. Con polémicas y un conflicto sin precedentes. Una triste conclusión para una gestión exitosa. Pero el empresario no está terminado. La era Trump apenas empieza. Es el presente y será el futuro. Para bien o para mal.


5 comments
  1. Excelente artículo, comparto casi todos sus aspectos. No obstante, creo que Biden, a pesar del control total de las instituciones en EEUU no la va a tener fácil, con todo, incluso , un Partido Republicano debilitado porque, haciendo un símil y por supuesto guardando las distancias, puede ocurrir lo que sucedió en Venezuela antes de las elecciones del 99. Se destaparon demasiadas ollas y de algunos fracasos se obtienen los réditos políticos de más largo plazo.

  2. en mi opinión todo lo hecho por Trump se ajustó a lo que la masa -aún desbocada y sin razón pedía-Trump no fue el Sócrates que comenta Orlando en idílica comunión sobre-humana de los principios y valores. Trump comete el error político porque no supo ver de lo que son capaces las masas irredentas, los pocos hombres irracionales, dos o tres. Ahí estuvo su tremenda inexperiencia política e imperdonable error que la historia está por juzgar y ya comenzó a sopesar.

  3. Excelente artículo de opinión …Los cambios son indetenibles y su mandato pasará a la historia como alguien que revolucionó la Casa Blanca.

  4. Siendo venezolana, no entiendo como puede criticarse la defensa del voto. Hubo demasiadas pruebas que no quisieron recibir y procesar. Sabemos hasta el cansancio, que mediante el voto automatizado se comete cualquier tipo de trampas y esa modalidad del voto por correo, fue el otro mecanismo de fraude. Si cuentas la totalidad de los votos registrados, verás que es mayor al número de votantes inscritos. Algún dia se sabrá la verdad de esta historia.
    Por otra parte, es un derecho ciudadano manifestar y reclamar el respeto a elegir. Es muy sospechoso lo sencillo que fue penetrar el Capitolio, es lo mas increíble de esta historia.
    Los izquierdistas siempre sabotean las concentraciones y necesitan victimas, lo planificaron y les dio resultado, en eso son unos maestros.

  5. Lamentable que la visión de nuestra diáspora continúan siendo un conflicto con la realidad y con los hechos, al mejor estilo de la narrativa chaveca. Si bien es cierto que la administración del Trumpero mantuvo (mantiene) una retórica adversa a gobiernos totalitarios como el Castrista en Cuba y al Madurista en Venezuela, la realidad es que en la práctica no ha pasado de eso, pura retórica y promesas. Dos hechos que no tienen cuestionamientos saltan a la vista: la política exterior de los EEUU durante la administración Trumpera hacia Venezuela no ha sido más que la continuación de las políticas del gobierno de Obama. Una búsqueda rápida de fuentes confiables en la red dará cuenta que las sanciones a políticos Chavecos y Maduristas comenzaron en el gobierno de éste. Más aún, logros regionales como la recuperación de la OEA, y la actuación del Grupo de Lima se perdieron por la política de aislamiento de los EEUU en los últimos 4 años, comprometiendo así la posibilidad de una solución regional al problema venezolano.

    En cuanto a Cuba, el mantra del culto Trumpero continúa citando una apertura que se anunció como reversible, y no toma en cuenta que se vuelve a una política exterior que no le ha brindado una oportunidad democrática a generaciones de cubanos, no ha removido del poder a la dictadura castrista durante más de 50 años. En otras palabras, se volvió a políticas que se saben son un fracaso.

    Existen varias razones por las cuales las dictaduras latinoamericanas actuales se han consolidado en las últimas décadas, como por ejemplo el sentir y parecer de los mismos afectados a que la solución del problema sea ejecutada por terceros. Una actitud temeraria por demás esperar y demandar de los demás lo que no estamos dispuestos a ejecutar nosotros mismos. Pero lo que es aún peor es que al hacerlo se usen exactamente los mismos criterios que tanto se le critica a Chavecos y Castristas: la falta de apego a los hechos, la distorsión de la verdad, y lo que es peor; la exaltación y el culto a individuos cuya conducta y acción no deja dudas a ser similar, si no igual, a la de dictadores de la talla de Hugo Chávez ó Fidel Castro

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