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La estrategia China para corromper a los países e infiltrar su agenda

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La actual nomenclatura china parece confiar en que ganará la segunda guerra fría, pues en occidente los políticos burócratas e intelectuales están en venta y ellos tienen el dinero para comprarlos. Creen que quien en occidente no se vende por una bolsa de dinero se vende por dos, y que si algunos no se venden, los que sí se vendan se encargarán de los que no.

Buen ejemplo del problema fue que Kristalina Georgieva, directora del Fondo Monetario Internacional (FMI) fuera acusada de haber manipulado datos a favor de China cuando ejercía como directora ejecutiva del Banco Mundial. Pese a la complaciente posición que suele mantener la administración Biden ante burocracias supranacionales, la secretaria del Tesoro  Yellen se sintió obligada a distanciarse de Georgieva por la presunta manipulación de datos a favor del Beijing, pero finalmente el directorio del FMI decidió confirmar a Georgieva en su estratégico cargo.

Beijing parece confiar en poder influir por medios obscuros en organizaciones supranacionales que han perdido su propósito y sustituido sus agendas fundacionales, dando amplio margen a sus funcionarios de ocuparse de agendas ocultas. Multilaterales como el FMI, el Banco Mundial o la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) se crearon bajo consensos de razonable legitimidad política para propósitos  que en la mayoría de los casos no tienen ya razón de ser. Son burocracias supranacionales opacas sin escrutinio real. Y como toda burocracia, se aferran a sus presupuestos inventándose nuevas y crecientes funciones para sobrevivir y crecer.

Cuando las burocracias supranacionales decidieron redefinir sus propósitos originales, se autorizaron a sí mismas para imponer nuevas reglas y regulaciones a la comunidad internacional. Para lograrlo se apalancaron en las grandes potencias, alineando sus propias agendas con ciertos intereses de los países más grandes del G20. Principalmente intereses “nacionales” manipulados por grupos de interés concentrado que capturan rentas mediante agendas ideológicas anticompetitivas.

En 1944 representantes de 45 países acudieron a Bretton Woods a establecer un sistema monetario de posguerra. Crearon al FMI y al Banco Mundial. A este último para promover el desarrollo en los países miembros y al Fondo para mantener la estabilidad de las balanzas de pagos en el sistema de tipos de cambio fijos con patrón oro-dólar que establecieron en Bretton Woods. Pero cuando en 1971 la administración Nixon ordenó el cierre “temporal” de la ventana de oro, abandonando los acuerdos de Bretton Woods, inició un colapso del sistema que se completó en 1973.

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Sin régimen de tipos de cambio fijos el FMI perdió su razón de ser y un Banco Mundial sin logros reales que exhibir en cuanto promover el desarrollo, resultaba una organización de dudosa utilidad.  Idealmente ambas debieron cerrarse finalizando la década de los años 70 del siglo pasado. O como mínimo debió cerrarse al FMI mientras al Banco Mundial se le redefinían funciones, estrategias, límites y mecanismos de escrutinio transparentes.

Pero ambas organizaciones sobrevivieron y sin escrutinio alguno redefinieron sus funciones, por y para sí mismas, incrementando sus burocracias. Impulsaron medidas tecnocráticas de resultados generalmente dudosos y a veces claramente desastrosos. Sus actividades se solaparon, sus agendas y funciones van de similares a idénticas. Con responsabilidades mal definidas se han hecho cada vez más opacas y confusas. Sus programas atacan la competencia fiscal y se orientan disimuladamente hacia un contenido ideológico anti mercado, antioccidental y neomarxista.

Hace décadas que esas supranacionales dejaron atrás ideas como el consenso de Washington que intentaba reorientar economías en crisis estructural hacia reformas de libre mercado, incluyendo privatizaciones de corporaciones gubernamentales ineficientes y corruptas. En la crisis económica del sudeste asiático, las medidas del FMI fueron perjudiciales. Su intervención, junto a la Unión Europea, en la crisis de la deuda griega empeoró la situación y evitó el ajuste estructural de fondo.

Mientras las grandes potencias occidentales se inclinen por agendas anticompetitivas ideológicamente radicalizadas, estas opacas burocracias supranacionales apalancarán esos intereses para impulsar sus propias agendas ocultas. Y pueden hacerse fácilmente proclives a los intereses hegemónicos de Beijing por motivos inconfesables.

Guillermo Rodríguez is a professor of Political Economy in the extension area of the Faculty of Economic and Administrative Sciences at Universidad Monteávila, in Caracas. A researcher at the Juan de Mariana Center and author of several books // Guillermo es profesor de Economía Política en el área de extensión de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Monteávila, en Caracas, investigador en el Centro Juan de Mariana y autor de varios libros

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