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La gran paradoja de la igualdad

La demagogia quiere igualitarismo económico y desigualdad de derechos pues resulta imposible contar con las dos igualdades.

El premio Nobel en economía Friedrich Hayek en su constante preocupación y  ocupación por la trascendencia de los marcos institucionales ha repetido que la única igualdad compatible con una sociedad libre es la igualdad ante la ley. En esta línea argumental subraya que ese concepto clave está indisolublemente atado a la idea de justicia que según la definición clásica consiste en “dar a cada uno lo suyo” por lo que, a su vez, “lo suyo” remite a la propiedad privada.

Asimismo destaca que la pretendida igualdad de rentas y patrimonios no solo destruye incentivos para producir por partida doble, pues desalienta a los que se ubican por encima de la marca igualatoria y paraliza a los que se encuentran por debajo para esforzase en subir debido al redistribucionismo, sino que inexorablemente apunta a tratar a las personas de modo desigual ante la ley, es decir, los gobernados tendrían derechos desiguales.

En nuestro tiempo irrumpe con toda fuerza la gran paradoja de la igualdad, esto es, al tiempo en que se insiste en el redistribucionismo se ataca la noción jurídica elemental de la igualdad de todos ante la ley. La demagogia quiere igualitarismo económico y desigualdad de derechos pues resulta imposible contar con las dos igualdades. Una u otra.

Pues bien, es necesario tener el claro que la desigualdad de ingresos y patrimonios la establece diariamente la gente en el supermercado y afines con sus compras y abstenciones de comprar. El delta depende entonces de la voluntad de la gente que pone de relieve cotidianamente sus inclinaciones. Esta votación diaria en el mercado es el resultado de los juicios del consumidor respecto a la capacidad o incapacidad de servir a sus necesidades. El comerciante o profesional que da en la tecla con los gustos y preferencias del prójimo obtiene ganancias y el que yerra incurre en quebrantos. Es la forma en que se le da el mejor uso a los siempre escasos factores productivos. Solo quiebran este principio los empresarios prebendarios aliados al poder de turno para explotar a sus semejantes con privilegios y mercados cautivos de distinta naturaleza.

Es en este contexto es que Adam Smith ya precisó en 1776 que el carnicero y el panadero obtienen ganancias solo si se concentran en el interés del consumidor, en la forma de satisfacerlo. Esa es la base de la competencia y los mercados abiertos que no quiere decir cuantos proveedores deben existir sino que la entrada y salida sea completamente libre de regulaciones.

Es necesario percatarse de la sandez de sostener que “frente a cada necesidad nace un derecho” lo cual demuestra no tener la menor idea del significado del derecho que es la facultad de usar y disponer de lo adquirido legítimamente vía el trabajo personal, la herencia, donaciones y equivalentes. A todo derecho corresponde una obligación. Si alguien obtiene cien en el mercado, hay la obligación universal de respetar ese ingreso, pero si esa misma persona demanda que el gobierno directa o indirectamente le entregue doscientos cuando gana cien y el aparato estatal procede en consecuencia quiere decir que otros se habrán visto forzados a entregar parte del fruto de su trabajo con lo cual estamos frente a un pseudoderecho.

Vivimos la era de los pseudoderchos: derecho a hidratos de carbono, derecho a la recreación, derecho al transporte, derecho a la salud adecuada y hasta derecho a la felicidad. Si de lo que se trata es que otros se vean compelidos a entregar sus ingresos para tales fines, estamos frente a la destrucción del derecho lo cual afecta a toda la comunidad pero muy especialmente a los más vulnerables debido a la consecuente disminución en las tasas de capitalización que son la únicas causas de salarios e ingresos en términos reales.

Desde la Carta Magna de 1215 en adelante las constituciones originalmente eran documentos para limitar el poder político, hoy en cambio son en gran medida cheques en blanco para que los aparatos estatales hagan lo que quieran con los derechos de la gente. Muchas son ahora declaraciones de deseos. Para poner un ejemplo extremo, en la Asamblea Constituyente convocada en su momento por Correa en Ecuador se propuso seriamente incluir en la Constitución el “derecho al orgasmo de la mujer”, lo cual afortunadamente no prosperó pero lo menciono al efecto de ilustrar la corriente que hoy embarga a buena parte del mundo basada en ideas atrabiliarias del derecho.

Entonces, por un lado la empobrecedora guillotina horizontal presente en la manía del igualitarismo de resultado y, por otro, el remate del derecho hacen de operación pinza para la liquidación de marcos institucionales civilizados. Como bien ha apuntado Anthony de Jasay, sostener que en la carrera de la vida todos deben partir de la misma situación es una metáfora deportiva autodestructiva puesto que a la llegada de la carrera los participantes se darán cuenta que los esfuerzos fueron completamente estériles puesto que para seguir con el mismo principio se iguala nuevamente en la carrera que le sigue a continuación.

La paradoja de las igualdades que dejamos consignada en esta nota periodística debe ser intelectualmente combatida si se desea el progreso moral y material de la sociedad.

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