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La guerra de la OCDE contra la competencia fiscal empobrecerá al tercer mundo

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Las grandes burocracias supranacionales están entre las organizaciones más opacas, poderosas y libres de escrutinio democrático de Occidente. Se han aliado esas burocracias con intereses concentrados que hoy apalancan su captura de rentas en discursos radicales anti-mercado y catastrofistas, impulsando agendas anticompetitivas en las grandes potencias del mundo libre. Por eso son hoy woke las agendas de burocracias supranacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) emplea a 2,500 y el FMI 2,400 funcionarios respectivamente. El Banco Mundial tiene más de 10,000 empleados. No se suponía que la OCDE fuera un gigante burocrático dedicado a imponer su agenda a los Estados miembros. Se fundó, al igual que el FMI y el Banco Mundial, tras la Segunda Guerra Mundial para proporcionar datos estadísticos neutrales y confiables y para promover el desarrollo económico fortaleciendo sistemas democráticos con debilidad institucional. Debía ayudar a los países miembros, no imponerles una agenda.

Pero la OCDE ahora diseña e impulsa políticas y regulaciones anticompetitivas para contubernios de ideología woke, intereses concentrados a la caza de rentas y protecciones contra la competencia y políticos socialistas que impulsan esas agendas radicales en Estados del G20, para luego imponerlas al resto del mundo.

Es la OCDE el mayor impulsor de cárteles reguladores que amplían las cargas administrativas en detrimento de la competencia. Una estrategia cuyas excusas van del dogmatismo ambientalista a la ideología de género y la “lucha contra la desigualdad”. Y una estrategia efectiva para neutralizar la capitalización y competencia de economías emergentes que adopten agendas de libre mercado y desregulación.

La lucha por “armonización fiscal” de la OCDE significa imponer a las naciones más pobres y descapitalizadas impuestos más elevados, acompañados de pesadas cargas y costes regulatorios también “armonizados” –aún cuando las economías más desarrolladas del mundo tendrían dificultad para permitirse estas medidas–. El ataque a la competencia fiscal y regulatoria parece favorecer a los países más ricos, pero no favorece a su gente común sino a intereses concentrados. Tal y como lo señala la teoría económica, impedirá el desarrollo de economías atrasadas empobreciendo al tercer mundo.

Un buen ejemplo de esos contubernios fue la hipócrita campaña internacional sobre incendios en el Amazonas en que se apoyó el presidente de Francia, Emmanuel Macron, para bloquear un acuerdo de comercio largamente negociado entre la UE y el Mercosur. Los incendios no habían sido diferentes a los de otras temporadas de incendios en el Amazonas. Había algunos focos fuera de lo usual, pero ello ocurrió en Bolivia, donde Evo Morales permitió quemas descontroladas a grupos de activistas que ocupaban tierras sobre cuya gestión y problemas no tenían experiencia alguna.

La desinformación y propaganda atacó al presidente derechista y pro-mercado de Brasil, Jair Bolsonaro. La desinformación “ecologista” se extendió mediante grandes medios y amplias redes de activistas de izquierda en todo el mundo. Así se evitó la firma del acuerdo neutralizando la competencia de productores agropecuarios de Sudamérica en el mercado de la UE. La legitimación de aquella desinformación la aportaron opacas burocracias supranacionales.

No menos importante es que en la corrupción de las supranacionales para impulsar agendas anticompetitivas Beijing ve otra oportunidad de usarla para su propia agenda de hegemonía global. La corrupta opacidad de grandes burocracias supranacionales no puede dejar de ser una de las puertas traseras de la influencia de Beijing en occidente. Otra más obvia ha sido la corrupción de políticos, burócratas, intereses concentrados orientados a la captura de rentas, intelectuales y grandes medios corporativos de occidente y el tercer mundo.

Algo que se suele olvidar es que la agenda totalitaria de Beijing compite por influir sobre el mundo libre con otras dos agendas globales, totalitarias y abiertamente socialistas. Pero esas otras agendas totalitarias contra las que compite el régimen comunista son irreales, internamente contradictorias e inherentemente débiles. Por eso quienes impulsan esas otras agendas totalitarias, creyendo servirse a sí mismos, terminarán por servir de alfombra roja al brutal realismo político de China.

Guillermo Rodríguez is a professor of Political Economy in the extension area of the Faculty of Economic and Administrative Sciences at Universidad Monteávila, in Caracas. A researcher at the Juan de Mariana Center and author of several books // Guillermo es profesor de Economía Política en el área de extensión de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Monteávila, en Caracas, investigador en el Centro Juan de Mariana y autor de varios libros

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