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La guerra de Putin ha despertado a Occidente de su estupor

La guerra de Putin marca el fin oficial de la Pax Americana y reveló que el mundo del derecho y las normas internacionales solo se sostenía gracias a la hegemonía del poder americano.

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Parece que Occidente ha despertado de su estupor tras la guerra fría. La visión de los tanques rusos entrando en Ucrania sin ninguna justificación, el sonido de las sirenas de ataque aéreo en una capital europea y los videos de misiles rusos destruyendo zonas residenciales han sacudido tanto a los aislacionistas más cínicos como a los activistas antiguerra más amantes de la paz. La guerra de Putin ha echado por tierra el sueño febril de Fukuyama de una victoria global definitiva del liberalismo, como dejó bien claro la portada de la revista Time: la historia no ha terminado, nunca lo ha hecho.

Las tres características del aparente nuevo orden liberal: la interdependencia económica, las instituciones internacionales y la desmilitarización europea resultaron ser obstáculos o inútiles frente al avance de las columnas blindadas. En lugar de promover la democracia, la interdependencia de la economía rusa con Occidente, especialmente en materia de política energética, convirtió a Alemania en un Estado servil a los intereses de Moscú al que había que avergonzar para que enviara armas a los ucranianos.

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La guerra de Putin ha dejado claro que la historia no terminó (EFE)

El tiempo de un Occidente relajado y pasivo ha llegado a su fin

Las Naciones Unidas, la institución que fue el centro de la legitimidad internacional durante los años 90 y principios de los 2000, fue completamente fútil. Antonio Guterres quedó relegado a hacer alegatos inviables en la reunión del Consejo de Seguridad (que la propia Rusia presidió), mientras Putin ordenaba a sus tropas de choque avanzar hacia Kiev.

La falta de preparación militar europea, alimentada por teorías ahora equivocadas sobre el supuesto fin de las guerras y un optimismo ultraliberal en el multilateralismo, dejó a todo el continente mal preparado para que los tanques rusos cruzaran la frontera ucraniana. La gran mayoría de la OTAN europea, con la excepción del Reino Unido, Francia, Polonia y los países bálticos, no ha alcanzado el umbral del 2% de gasto militar. Europa esperaba que Estados Unidos y el Reino Unido pagaran la factura de su propia protección, al tiempo que hacían depender sus economías de Rusia. Ahora se han dado cuenta de que este acuerdo ya no funcionará, ya que Estados Unidos también tiene que prestar atención al ascenso de China en el Este.

Esta crisis también demostró que, aunque las ideologías desempeñan un papel en la geopolítica, es ingenuo decir que son el único factor que determina las alianzas; el viejo realismo siempre tiene un papel que desempeñar. Las democracias desarrolladas, como Alemania e Italia, tuvieron que ser avergonzadas para que cambiaran su reticencia a adoptar duras sanciones económicas o a enviar armas a Ucrania. En cambio, la autoritaria Turquía y la “antiliberal” Polonia prestaron un rápido y eficaz apoyo a la causa ucraniana. ¿Por qué? Porque Polonia y Turquía ven la expansión rusa como una amenaza existencial, mientras que los políticos alemanes e italianos son demasiado dependientes del dinero de los oligarcas que fluye hacia sus bolsillos.

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Aunque muchos consideren razonablemente reprobable el autoritarismo de Erdoğan, o las políticas sociales de Polonia sean demasiado regresivas, sería la mayor locura aislarlos del mundo occidental cuando han demostrado su valor estratégico como aliados en la hora de necesidad de Ucrania. Occidente no puede permitirse el lujo de ignorar a aliados cruciales en esta nueva era de competencia entre grandes potencias.

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La guerra de Ucrania ha desmontado las desacertadas suposiciones estratégicas que Occidente ha tenido desde el final de la Guerra Fría (EFE)

La guerra de Putin es el fin de la “Pax Americana”

Estados Unidos también despertó de su sopor de la posguerra fría. Los demócratas descubrieron que las declaraciones enérgicas, el “poder blando” y las relaciones públicas no eran suficientes para disuadir a los actores que ven el orden internacional liberal como nada más que un escaparate para la hegemonía americana. Los republicanos aislacionistas, muchos de los cuales incluso expresaron su simpatía hacia el irredentismo de Putin, se sienten ahora repelidos por las imágenes procedentes de Ucrania y están cambiando su tono hacia Rusia. ¿Significa esto que el Partido Republicano volverá a sus costumbres neoconservadoras? No, pero ciertamente muestra que el mundo es mucho más peligroso de lo que pensábamos y que Estados Unidos no puede hacer como si no existiera y mirar solo hacia adentro.

La invasión de Putin marca el fin oficial de la Pax Americana. Revela que el mundo del derecho y las normas internacionales únicamente se sostiene gracias a la hegemonía del poder americano. Ha llegado el momento de una política exterior inteligente, musculosa y sabia. Una que desvincule la economía americana de la dependencia de los adversarios extranjeros, que deje de creer que el triunfo de las democracias liberales se producirá de la nada, y que vuelva a centrarse en el fortalecimiento de sus fuerzas armadas para afrontar los nuevos retos que se avecinan.



El orden internacional del liberalismo tonto, el que pensaba que la historia no se aplicaba y que ni siquiera quería luchar por su supervivencia, se ha acabado. Si queremos mantener un mundo a salvo de la hegemonía china y rusa, debemos recordar que no bastarán ni los giros de relaciones públicas ni esconder la cabeza en la arena. Para lograr nuestro objetivo general de un mundo en el que las potencias autoritarias no sean las hegemónicas globales, necesitaremos una diplomacia fuerte que reconstruya y utilice sabiamente nuestra fuerza militar y económica. La única manera de mantener nuestro objetivo estratégico de un orden liberal es mediante un enfoque realista.

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