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libertad, El American

La libertad como destino

Hay que aprender que la libertad transforma nuestras vidas en un argumento moral de superación

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Los todavía defensores del socialismo en cualquiera de sus salsas, ácidas, agrias o amargas argumentan que lo que ha sucedido en Venezuela es un caso de fascismo. Tratan de preservar la pureza del socialismo, el mensaje original, las tablas de la ley otorgadas en la montaña, porque sostienen que siempre es posible regresar a las raíces y sobran los exégetas en cualquier oportunidad futura y plausible de la historia.

En efecto, hay una pureza en el socialismo que es el dogma de su pensamiento único. A los que piensan así no les gustan las mezclas ni las heterodoxias. Todo se resuelve como un libro religioso adaptado a todos los usos. De modo que existiendo la revelación de la palabra, lo demás es desechable y prescindible. Se prefiere decir fascismo y no el socialismo depredador y confiscatorio que ha sido porque así no se compromete a Marx y a los paridores que pensaron con candidez que podíamos igualarnos cuando la naturaleza nos ha hecho diferentes. La única igualdad posible es ante la ley.

Algunos de estos abogados ideológicos llegan a la santificación del profeta de El capital. Dicen que una cosa era Marx y otra los marxistas argumentando que al compositor lo leían sus ejecutantes mal en su partitura. De esa mojiganga surgió el aún peor socialismo del siglo XXI. Ese argumento falaz del vuelvan caras permite disculpar todos los excesos, genocidios y dislates del socialismo porque es posible devolverse al punto de salida que vuelva a accionar los cronómetros. Así, Stalin sale librado hasta que se asome por la acera de enfrente el próximo Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, esta vez con un mensaje de conciliación y unidad.

Cuando Proudhon conoció la obra de Marx le escribió de inmediato que su teoría se convertiría en un nuevo instrumento de dominación. Volvamos al cognomento de fascista: es muy útil e invocado siendo al que peor fama lo precede. A nadie le gusta ser fascista a pesar de que existan tantos y lo peor, es que no lo saben. No obstante, existen quienes asumen con toda normalidad su rechazo a la democracia y abogan por el hombre fuerte, por el conductor que uniforme y ponga orden.

En Venezuela los Vallenilla, padre e hijo, les compusieron el traje filosófico a las dictaduras venezolanas, la de Gómez y la de Marcos Evangelista. Al menos, el padre tenía el talento de la buena pluma y la del historiador entregado a la investigación, aunque contemplara esa misma historia con unos ojos sociológicos muy exclusivos y bastante mandones. Su hijo, en cambio, derrochó el talento escritural en el cotilleo maligno y en los editoriales de El Heraldo (que recomiendo leer para entender cómo se metaforiza el odio con algún estilo que termina siendo sofocante y de unas ínfulas inaguantables). Pero con toda sinceridad y equivocación decían que la democracia no era un negocio para estas regiones equinocciales. Y así lo sustentaban haciéndonos saber cuán inferiores y anárquicos podíamos ser.

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Por cierto, un heredero rocambolesco del perezjimenismo fue algún chavismo originario que hizo bizquear con que la elección de Hugo tendría alguna similitud con la de Marquitos. Recuerdo una entrevista que El Universal le hizo hace muchos años al querido y recordado José Giacopini Zárraga (le tuve muchísimo aprecio, independientemente de que estuviéramos en orillas políticas distintas. Lo que nos debe llevar a que la amistad debe estar reñida con la política).

Al final de la entrevista, don José le dijo a la periodista: “Mire, no quiero que usted se lleve una idea equivocada de mí pensando que soy de derecha. Porque yo no soy de derecha, sino de extrema derecha”. Esa sinceridad se aprecia al igual como la que tenía el doctor Domingo Alberto Rangel que hasta que murió sostuvo que a Venezuela le urgía tener un gobierno de los sóviets y que el chavismo era la representación del neoliberalismo. Pero en estos tiempos relativistas, no se suele tener la sinceridad del caso precisamente por el temor a la condena social de parte y parte. Por ello, los enemigos de la libertad abundan. Uno de ellos es la polarización de nuestro tiempo.

La polarización ha creado un estado de permanente indignación, como me decía mi amigo Armando Coll. Los polarizados ya no intercambian puntos de vista, discuten en un tono agresivo y han perdido toda capacidad para escucharse. Las reglas del buen oyente y conversador son un artículo de primera necesidad en esta época de sordos. En Venezuela lo hemos vivido de una forma intensa durante los años recientes y da la impresión de que el fenómeno perdura con todas las consecuencias de desencuentro que a la larga nos afectan a todos.



Los grupos identitarios han cavado zanjas y brechas: les importa poco lo que no se relacione con sus contraseñas de parroquia, sean de género, raza o cultura. En estas capillas se ejerce la tiranía de la cancelación que es el modo postmoderno de la inquisición para los sospechosos. Pero, por otro lado, están los populistas de la nueva derecha, dogmáticos, cerriles, antiinmigrantes, antiglobalizadores, nacionalistas. Forman una feligresía tan penetrante como la primera, pero son putinistas, antivacunas, supremacistas y, muy pronto, terraplanistas. Son los nuevos defensores del látigo, la mano dura, y el carisma irracional (cuando me preguntan qué tipo de gobernante preferiría para mi país, normalmente contesto “un administrador prudente y cuanto menos carismático, mejor”).

El lenguaje de la polarización agrede porque está alentado por los extremos. De parte y parte, parece reconocer tan solo enemistad y enfrentamiento y no hay diálogo ni entendimiento posible. Entre Black Lives Matter y movimientos como el que patrocina Steve Bannon hay una gran similitud: nadie quiere ya saber que hay un otro, sino imponerse a toda costa. Se ha perdido el respeto a la opinión ajena, condición indispensable para toda democracia. ¿Hay otra vía entre este griterío? ¿Podemos superar la onomatopeya? Sí, con la libertad.

Nunca he sostenido otra posición que la del liberalismo. En los Estados Unidos decirse liberal significa ser un progresista de alguna de las izquierdas. Es hora, por cierto, de que la concepción de lo progresista sea desvinculada de la identificación con la izquierda. Por ello algunos han optado por el término libertario, que a mí nunca me ha gustado porque la etiqueta pesa mucho y me da la impresión de que perteneciera a un club de lectura que solo adquiere los ejemplares de Ayn Rand.

Los primeros defensores de los derechos de los trabajadores en Europa fueron los gobiernos conservadores de Benjamin Disraeli en Inglaterra, Otto von Bismarck en Alemania o Napoleón III en Francia. Ante el desmedido avance del odio marxista, ingrediente irrenunciable de la receta colectivista, estos gobiernos además por creencia auténtica se acogieron al reformismo social y formularon las primeras leyes sociales precursoras del welfare state, hoy tan anquilosado y desestimulante.


Los gobiernos que abrazan el liberalismo suelen otorgar sin duda la mayor felicidad posible a sus administrados, cuyo saldo redunda en una indudable progresividad de la libertad y la mejoría constante. Que sean los ciudadanos los que controlen al gobierno y no al revés, es la aspiración de nosotros, los liberales. Algo tan sencillo pero difícil.

El problema nunca fue o será la propia economía de mercado, sino la ausencia de eso que tanto privilegió Adam Smith en su obra: la ética. Sin ética no hay verdadera competencia. Lo liberal defiende la libertad en todos los campos y no se restringe exclusivamente a lo económico. La historia de la humanidad pasó por ese eje de la defensa de las tres libertades: la religiosa, la económica y la política. Y el proceso jamás ha dejado de agotarse, porque la custodia a la libertad debe ser un hecho diario y cotidiano que tendría que involucrar al mayor número de personas porque un solo palo no hace montañas.

La libertad, hay que decirlo, no es un “vivalapepismo” ilimitado, todo lo contrario, sino un conjunto armónico e indisoluble de derechos y deberes amparado en el imperio de la ley nacida de la voluntad general. Por eso hay tanto miedo a la libertad porque obliga a las personas a ser creativas e innovadoras, y muchos prefieren la comodidad de ser mandados.

Recientemente escuché una extraordinaria entrevista en el programa de Jaime Bayly al liberal argentino José Benegas. Se refirió a la inutilidad del conflicto que está encandilando a los polarizados, entre un apócrifo populismo nacionalista y quienes no entienden el mercado. Estas opiniones las decía a propósito de la guerra de Putin contra Ucrania, pero tiene derivaciones hacia el resto del planeta con sus populistas de derecha o de izquierda que tanto daño le están haciendo a la humanidad.

El único futuro para no fracasar de acuerdo con Benegas, y yo lo suscribo sin cortapisas, es encontrarse con el mercado. El mercado representa como nada la diversidad, de modo que quienes apuestan por conciliábulos cerrados, sin migrantes ni otras incómodas bacterias, o se recluyen en su carnet de identidades y cancelaciones, son los enemigos del mercado y, por lo tanto, de la libertad. El triunfo del mercado representa la consagración de la idea individual de la felicidad, apunta Benegas. Sin mencionar que el mercado y la libertad constituyen el único antídoto contra la pobreza.

Una de las frases más tremendas de la entrevista fue cuando dijo que el mercado (y su libertad, insisto) ha logrado hacer avanzar a la sociedad mucho más que cualquier evangelio, en su búsqueda de productividad y la satisfacción de los deseos de las personas. La discusión que propone la polarización y sus agentes a sueldo del matón o del mandón, no solo es destructiva sino inútil y baladí.

Hay que derrotar al iliberalismo con cada vez más liberalismo. Frente al chantaje del despotismo, ante quienes no comprenden que la globalización es la oportunidad para mejorarnos en la competencia, es inaplazable no descuidar la libertad, la única que asegura la democracia liberal y la certeza de no caer frente a cualquier autoritarismo. Hay que aprender que la libertad transforma nuestras vidas en un argumento moral de superación.

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