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La libertad del dinero

La libertad del dinero, El American

La economía se dedica a aquellas cosas que sirven de manera racional a la satisfacción de nuestros propósitos materiales. El hombre nace con necesidades que le vienen dadas de la naturaleza. No puede desentenderse de ellas sin ver mermada su vitalidad, o peor aún, llevándole a la extinción. Por eso mismo el hombre debe de aplicar todo su empeño con el fin de proveérselas. No hace como los animales que se sirven del instinto para dar por cumplidas sus obligaciones con la supervivencia. 

En el hombre la cosa es algo distinta; es un animal insatisfecho. No le es suficiente —como en los animales— con resolver las situaciones que vuelven repetidamente, sino que estas basculan hacia la capacidad autónoma (racional) para elegir el modo que las hace satisfacer (además de insatisfecho es libre para decidir cómo se insatisface). No solo satisface necesidades, sino que inventa otras nuevas y reinterpreta al calor de estas, distintas fórmulas para satisfacerlas (del sexo pasa al erotismo o de la construcción a la arquitectura). 

Ciertamente, el hombre satisface algunas necesidades vitales sin más arreglo que el de dejar funcionar a su cuerpo con naturalidad, pero hay otras tan vitales como el respirar que le exige un esfuerzo denodado y mucha diligencia (comer, reproducirse, y de ese tipo). Además de estas necesidades vitales, el hombre atiende otras necesidades básicas que si bien no son estrictamente indispensable para asegurar su sobrevivencia, sí que le son vinculantes para alcanzar eso que llamamos una buena vida

A raíz de esto se suscita otro problema. A la infinidad de necesidades de las que el hombre se rodea (reales e imaginarias) se le unen unos medios para satisfacerlas que sí son claramente limitados. No puede resolver el hombre todas sus necesidades a la vez. Por ejemplo, debe de renunciar a la satisfacción del hambre mientras atiende el sueño y así con todo. 

El hombre, a diferencia del animal, se ve obligado a priorizar (el animal no prioriza, lo hace el instinto por él); a disponer racionalmente el tiempo y el esfuerzo con los que asegurar sus necesidades. Nuestra humanidad estará mejor arreglada conforme más eficiente nos hagamos a la hora de ejercer la renuncia.

No podemos resolver una situación adecuadamente si no hemos aprendido a desentendernos (temporal o indefinidamente) de las demás. A lo que perdemos con cada cosa que ganamos los economistas le llaman costo de oportunidad. No podemos hacer nada para remediar esta ley. Por mucha constancia y esfuerzo que pongamos al asunto nunca estaremos en condiciones de desembarazarnos de la influencia de la renuncia. No solo porque vivimos bajo parámetros temporales limitados sino porque nuestro propio esfuerzo tiende a embrutecerse con el paso de esas horas (rendimientos decrecientes). 

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Sin embargo, no todo son malas noticias. El hombre atesora, en cambio, dos instrumentos muy valiosos capaces de sacarle un rendimiento extraordinario a nuestro pobre esfuerzo: la inteligencia y el aprendizaje. Empecemos con el segundo. 

La habilidad lo va haciendo a uno cada vez más versado a la hora de satisfacer sus necesidades; en un primer momento quizás se le escape la influencia que la domesticación de los animales ejerce sobre la producción de alimentos, pero la acción repetitiva de cuidar a una y otra oveja sucesivamente lo coloca en la capacidad para poder amansarlas con posterioridad. Muy probablemente el rebaño no sea suficiente para que nuestro amigo pueda satisfacer el sinnúmero de necesidades que le rondan. Se verá obligado, entonces, a ejercer la inteligencia para consagrarse a la ayuda de los demás con el fin de concentrarse en la producción de aquel bien que le permita intercambiarlo con el favor de los demás (división del trabajo). 

Nace así el comercio; un verdadero acto de humildad ante la obligación de ver satisfechas más necesidades de las que está en condiciones de resolver por sí mismo, tal y como si de un Robinson Crusoe se tratara. De humildad y también de independencia. 

El intercambio requiere, a su vez, de una facultad anterior a la voluntad de los participantes: los bienes susceptibles de intercambio deben de ser apropiables. Esto solo puede ocurrir cuando se dan de manera independiente, es decir, cuando son distinguibles entre un magma de cosas homogéneas; deben de responder, en últimas, a un sistema de propiedad

Entonces, las cosas se abren al intercambio. Sin una propiedad a la que aferrarse y un propietario al que dirigirse, las cosas podrán transmitirse, apropiarse e incluso redistribuirse (desde una entidad central, por ejemplo) pero no podrán intercambiarse (el intercambio exige igualdad en la autonomía). De este modo, el intercambio asume una doble relación; de independencia entre los bienes (que lo ajustan a un intercambio) y entre los participantes (que de buena fe acuerdan un libre consentimiento; derechos de propiedad). 

Ahora bien, que el comercio se nos presente como un hecho inevitable para multiplicar los efectos de una vida digna no lo hace exento de dificultades. La andadura comercial puede empezar intercambiando una unidad de producto por otra cualquiera. Y por un tiempo la cosa podría funcionar. 

Yo te ofrezco una patata de mi huerta por una flor de tu jardín. Sin embargo, conforme más grandes se van haciendo las necesidades, más difíciles se hacen satisfacerlas, lo que exige exprimir al máximo los frutos del intercambio. Ya no se valorará la necesidad de hacerse con la flor del vecino, sino la de entender cuán necesario se le hace nuestra patata. 

Así, podría conseguirse un mayor número de flores siempre que el intercambio suceda alrededor de los bienes que reportan una mayor utilidad relativa (demanda potencial). De la misma manera, los vecinos pueden hacer lo mismo con nuestro amigo al obligarle a mudar sus necesidades por otras que le sean más propicias a su causa. 

Por ejemplo, podría sustituir la flor del vecino por el pez de otro participante si este reconoce un mayor deseo por su patata (relación de intercambio). Mientras mayor se haga el número de personas que abarque la actividad comercial (mercado) más fácil le resultará a nuestro amigo -y a sus vecinos- dispensarse de una mayor variedad de bienes. Moraleja: un mayor número de personas acompaña un mayor número de oportunidades con las que hacer más favorable (rentable) los beneficios de su esfuerzo. 

Aún con todo, no hemos resuelto el problema central. ¿Cómo dirimir la proporción entre el número de mercancías que ofrezco a cambio de las que estoy en condiciones de exigir? ¿Cómo puedo conocer aquellas personas que pasen por ser las más interesadas en mi producto y que de resultas me hagan a mi verme incitado por los suyos? 

Uno podría apostar por el esfuerzo (en número de horas, por ejemplo) que a cada uno le supone el hecho de producir sus mercancías para acordar una relación de equivalencia cualquiera (1 patata/2 flores). Pero esta razón (marxista) es extremadamente mudable y subjetiva, ya que, a veces, depende del entorno el favorecerlas o dificultarlas, así como de la intensidad y la pericia con la que se producen. No todos están dotados de la misma maestría ni se hacen acompañar de las mejores circunstancias para su elaboración. 

El esfuerzo para producir aceitunas será mucho más liviano, allí donde abunde un clima cálido y seco. Entonces, si no es el esfuerzo, o no lo es, al menos, en el grado deseado, ¿qué patrón de medida puede ajustar la relación de intercambio de dos mercancías sin que ninguno de los participantes se vea perjudicado? 

Quizás sería conveniente sondear un bien que sea valorado y por el que estuvieran dispuestos a ceder sus mercancías todos los participantes. Recibido este, debe de procurar las garantías de que podrá ser aceptado de forma universal por cualquiera que esté dispuesto a deshacerse de sus mercancías. De esta manera nuestro protagonista no tendría que compaginar la necesidad por un bien ajeno con la utilidad ajena de un bien propio; es decir, solo tendría que identificar el bien en cuestión que satisfaga su necesidad sin más miramiento que disponer de ese instrumento a cambio. ¡Ya se pueden imaginar de lo que hablamos!, ¿verdad?; ese instrumento es el dinero. Un facilitador, a fin de cuentas, entre necesidades y personas. 

Si damos por atender fijamente al razonamiento, veremos que la importancia del dinero no radica en el dinero en sí (valor intrínseco), no al menos desde que el dinero dejó de ser un trozo de metal, sino en la diversidad de fórmulas que su uso favorece al propósito de satisfacer nuestras necesidades. 

El poder del dinero tiene que ver con el acceso a distintas y genuinas formas de satisfacer necesidades. De este modo, mientras más grande sea el mercado en el que el dinero hace presencia, mayor será su influencia. Ocurre lo mismo con el idioma. Allá donde más personas puedan hacer uso de un idioma particular para comunicarse con los demás, mayor prestigio e influencia acaparará sobre el resto de los idiomas. 

Una vez que ha sido aceptado el dinero como medio de pago, no solo agilizamos las transacciones entre las partes, sino que al hacerlo renombramos el valor de las mercancías a través de un precio único

De esta manera, el canje del bien en cuestión abandona la tediosa tarea de la negociación incesante (como ocurre en los zocos), de la persuasión o por qué no decirlo del chantaje, para hacerse objetiva, independiente e igual para cualquier interesado. 

La mercancía en cuestión asume un precio cuyo valor vendrá consagrado por la utilidad agregada que recae sobre todos los participantes. Viéndose liberada de la apreciación de cada uno, el valor de las mercancías se ajustará a la satisfacción general de los participantes. Que el precio de un bien quede fijado en 20 unidades monetarias supondrá que muchas personas habrían estado dispuestas a pagar mucho más por él  (excedente del consumidor) mientras que otras solo habrían aceptado un precio inferior. El precio resultante pondera sin artificios y en un único valor las estimaciones realizadas por todos los participantes. 

Tampoco los problemas se acaban tan pronto se instauran un precio único. A esto le precede otro asunto vinculado con la disposición monetaria de los participantes. ¿Cómo se hará para repartir el dinero entre aquellos que participan en las transacciones? ¿existe algún mecanismo por el cual los participantes vean satisfechas sus demandas sin que la discordia ponga en riesgo el libre fluir del mercado? 

Algunos han apostado por hacer un reparto redistributivo de forma que toda la masa monetaria se ajuste por igual al número de participantes. Sin embargo, esta idea, muy sugerente en un primer momento, plantea algunos problemas de fondo. 

En primer lugar, y aunque pudiéramos reducir las necesidades a una lista uniforme (la realidad lo desmiente constantemente), no todas esas necesidades requerirían del mismo desembolso para cada participante. El calor que en Colombia se combate eficazmente con un helado en España se requiere aire acondicionado. Tampoco podríamos garantizar que un reparto igualitario no se viera truncado con el desarrollo de las actividades mercantiles. 

Por ejemplo, la facultad para negociar un buen precio entre los protagonistas o la fuerza con la que la mercancía se nos hace deseable (afligido por la sed estaré dispuesto a ceder más dinero a cambio de un vaso de agua) entre otras muchas causas, ya sean necesarias o fortuitas, condicionan la distribución del dinero.

Entonces, ¿cómo ajustaremos la cantidad de dinero de tal manera que esta no suponga un perjuicio para los participantes? Sinceramente; sin ajuste alguno. Ninguna interferencia voluntaria debe oponerse a lo que cada uno se hace merecedor por medio del libre comercio entre las partes. 

Si no oponemos resistencia a este hecho podríamos conseguir que cada mercancía viniese retribuida por la facultad potencial para satisfacer necesidades ajenas. Y digo potencial ya que de este modo la retribución de una mercancía no quedaría restringida a la eficaz satisfacción que le supone a un participante (como ocurre con el trueque) sino a la satisfacción de muchas maneras de necesitarla. Es decir, una mercancía ajustada al movimiento del mercado adquiere un valor social del que carece el trueque. 

Por ejemplo, un tomate bajo el sistema de trueque responde a la necesidad particular del interesado (para hacer una ensalada, por ejemplo) y, sin embargo, multiplica su utilidad por el simple hecho de ofrecerse a una multitud anónima de participantes que pueden ver en el tomate maneras muy distintas de satisfacción (para hacer un zumo, o una fiesta (tomatina valenciana), o quizás para realizar un sacrificio a la madre naturaleza, etcétera). 

El mercado, a través del dinero, ha conseguido elevar, aglutinando a muchos participantes, las externalidades (sociales y positivas) de la mercancía. Siendo el mismo tomate, no es de facto el mismo. En cambio, ahora se encuentra al servicio de una obra mucho más generosa. 

El mercado cumple aquí una función de solidaridad irrepetible que consagra la siguiente ley; a más mercado, mayor será la retribución potencial de las mercancías. Por esta razón aquellas zonas con un mercado más sofisticado soportarán un mayor precio aunque solo sea porque en ese mercado ya no solo se busca satisfacer una necesidad cuanto incrementar, a través de su consumo, las libertades individuales de los participantes. Por medio de la satisfacción de necesidades infinitesimales el mercado cultiva involuntariamente la “libertad” del tomate para ser mucho más que un tomate de ensalada y la libertad de los participantes para ver en el consumo del tomate una satisfacción que vaya más allá de la de servirse una ensalada. 

La cosa es muy clara; es de dinero de lo que va el mercado; es de mercado de lo que va la libertad. 

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