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La pandemia es la salud del Estado. Imagen: Unsplash

La pandemia es la salud del Estado

Sí, la pandemia avanza y es grave, pero el miedo no debe cegarnos para cederle al gobierno libertades que después no podremos recuperar

La pandemia avanza, el 3 de agosto superó los 200 millones de casos oficialmente registrados a nivel mundial, de los cuales al menos 4 millones han terminado en muerte. La gravedad de la crisis es indiscutible, pero ello no significa que sea el momento de arrojar todas nuestras libertades en manos de la supuesta bondad protectora de los gobiernos.

Tengamos algo muy claro: lo que ahora cedamos con el pretexto de la pandemia será muy difícil de recuperar al término de la emergencia.

La pandemia y las emergencias como excusas para expandir el Estado

Hace algunas décadas, Murray Rothbard explicaba, a partir del planteamiento de Randolph Bourne, que “la guerra es la salud del Estado” porque permite expandir la acción de las burocracias gubernamentales aprovechando la emergencia para consolidar su poder mucho más allá de lo que sería tolerable en circunstancias normales.

Bueno, pues este mismo fenómeno aplica a la actual pandemia: la inobjetable gravedad el COVID-19, sumada al temor producido en masa desde la prensa industrial, generó un escenario muy favorable a la expansión del control que los gobiernos ejercen sobre sus ciudadanos.

Durante el último año y medio, con el pretexto de evitar los contagios, los gobiernos han impulsado políticas públicas, conductas “socialmente aceptables” e incluso cambios legislativos que les otorgan un control nunca antes visto sobre la forma en que sus ciudadanos producen, viajan, viven y conviven.

Países enteros cerraron sus fronteras incluso a sus propios ciudadanos, millones de empresas fueron obligadas a suspender labores e incluso desaparecieron por no ser consideradas “esenciales” a criterio de algún burócrata iluminado, incluso la vida religiosa quedó en pausa, mientras miles de templos fueron cerrados al culto, algunos desde hace más de un año.

En circunstancias normales, estas reformas habrían provocado una reacción devastadora, y sus impulsores hubieran sido expulsados de la vida política, pero ahora (con el pretexto de la pandemia) son alabados mediáticamente como héroes y protectores de la salud de sus ciudadanos.

Los autoritarios avanzan

Al “éxito” de los confinamientos y el cierre de sectores industriales enteros, los planificadores gubernamentales añaden ahora el de la vacunación forzada a través de “pasaportes” y argucias semejantes que limitan el empleo, el libre tránsito y la forma de vida de los ciudadanos con base en si se han colocado o no alguna de las vacunas contra el Covid-19, que siguen siendo experimentales.

Aclaro que, yo no me opongo a la vacunación. En cuanto al Covid-19, recibí hace algunos meses la vacuna de Cansino y luego, por mi cuenta, acudí a vacunarme con la de Johnson & Johnson. Lo hice porque creo que, bajo mis circunstancias personales, aplicarme vacunas experimentales es un riesgo razonable a comparación de su potencial beneficio para prevenir o contener un eventual contagio.

Sin embargo, una cosa es que las personas decidamos de manera libre e individual, con base en nuestras propias prioridades, el someternos a un procedimiento médico experimental (como lo son, una vez más, todas las vacunas contra el Covid-19) y otra muy distinta es que el gobierno y sus cómplices corporativos obliguen a la población a convertirse en conejillos de indias de un experimento cuyos efectos de mediano y largo plazo siguen siendo un misterio.

Más aun, conviene recordar que los políticos y la sucia política no dejan de serlo simplemente porque se disfracen bajo una bata de médicos. ¿Confiamos ciegamente en nuestros políticos cuando toman decisiones de economía o de política exterior? Si la respuesta es no, entonces la pregunta evidente es, ¿por qué tendríamos que hacerlo en este caso?

La pandemia existe, el riesgo es real, pero también es muy real el riesgo del Estado autoritario. Imagen: Unsplash
La pandemia existe, el riesgo es real, pero también es muy real el riesgo del Estado autoritario. Imagen: Unsplash

No seamos covidiotas

Sí, la pandemia existe y es grave. Suma más de 200 millones de casos y cuatro millones de muertes oficialmente reconocidas a nivel mundial. Eso es cierto, y negarlo es de covidiotas.

Sin embargo, también es de covidiotas el caer en la paranoia, especialmente cuando esa paranoia es aprovechada (de forma cada vez más evidente por políticos muy poco confiables) para limitar qué producimos, a qué hora salimos a la calle, a qué países viajamos y cómo vivimos.

Oye, pero, “es que es una emergencia”. Sí, es cierto; pero también es cierto que siempre hay una emergencia. Siempre habrá un nuevo padecimiento, un ataque terrorista, una guerra civil, una crisis económica. Teniendo ganas de encontrarlo, siempre habrá un pretexto para que los gobiernos conserven los poderes que ahora les otorguemos.

La pandemia se convierte por lo tanto en la salud del Estado, deleitando a los políticos con una influencia y margen de maniobra a la que no renunciarán fácilmente. Por eso, antes de apoyar cualquier nueva restricción tenga muy en cuenta que quizá deberá tolerarla el resto de su vida, pues en política muchas veces lo temporal se vuelve permanente.

Y no es un fenómeno nuevo. Antes no había Covid-19, pero había muchas otras enfermedades, muchas otras guerras y muchos otros pretextos para que la clase política controlara al resto de los ciudadanos, convirtiéndolos en súbditos. Ahora, igual que antes, nos conviene recordar lo que dijo Benjamín Franklin: “Quienes están dispuestos a ceder libertades esenciales a cambio de una pequeña seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad” y perderán ambas.

¿Cederemos nosotros?

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