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La primera semana de Biden: un Gobierno radical, para radicales

Su campaña lo perfiló como un moderado. Como la alternativa a radicales de ambos bandos. Mintieron. No ha gobernado como un moderado, sino como un radical, de la misma clase de lo peor de su partido

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No fuimos histéricos o exagerados los que precisamos en Joe Biden a un Caballo de Troya de la izquierda radical americana. Apenas va una semana, y ya lo estamos viendo: el presidente demócrata viene con una agenda clara y alarmante: ideologizada, complaciente con los radicales, los de izquierda. Un Gobierno radical, para radicales.

Por supuesto que se presentó como un demócrata. A propósito de su experiencia, Joe Biden era la salvación entre ambos extremos. El centro. El extremo e insoportable centro, que tan urgente era, presuntamente, en Estados Unidos. Un moderado, aunque fue el vicepresidente del hasta ahora presidente menos moderado de las últimas décadas —pero de eso, te dicen los grandes medios, no conviene hablar, porque nadie tan carismático como Obama.

Sus primeros pasos son el preludio de una administración complaciente con los agitadores de su partido. Es inquietante, Joe Biden le mintió a Estados Unidos. No gobierna para todos. No es el presidente de todos. Gobierna, a espalda de los trabajadores, de las minorías y de los republicanos, para la élite woke, arrogante y socialista.

Apenas se sentó en la Oficina Oval y firmó órdenes ejecutivas como no lo había hecho otro presidente en la historia de Estados Unidos. Supuestamente su voluntad es la de desbaratar todo lo bueno, lo malo, lo bonito y lo feo que hizo el expresidente Trump —al final, así llegó Biden a la Casa Blanca: siendo, simplemente, el anti-Trump—. Pero hizo más. Fue mucho más allá y aprovechó la euforia de los medios extasiados con una vicepresidente negra y mujer, para destruir miles de empleos, acabar con el deporte femenino, ir en contra de los estudiantes y diseñar toda una estructura a partir de la idiotez de políticas identitarias.

Amén de su causa etérea por el cambio climático, Joe Biden acabó, de un plumazo, con diez mil empleos. Al bloquear la construcción del oleoducto Keystone XL, el presidente cachetea al Gobierno canadiense, al de Alberta, a la empresa TC Energy y su millonario esfuerzo invertido desde 2010, que ya iba en su fase final. Justin Trudeau ha de extrañar a su archienemigo, quien le dio luz verde a la construcción del mega proyecto que aliviaba la importación de crudo canadiense a Estados Unidos. Se pierde un aproximado de 10 mil empleos, entre Canadá y sus vecinos.

Y no resolverá nada. El planeta no sonríe por esta decisión. El crudo seguirá fluyendo entre Canadá y Estados Unidos. Con alternativas mucho más complejas, improductivas y, por supuesto, nocivas para el medio ambiente. Al final, solo el capitalismo ofrece soluciones para abordar el cambio climático. Joe Biden le revira, coartando el emprendimiento, el desarrollo y la competencia.

Es un despropósito la orden ejecutiva de Joe Biden para «prevenir y combatir la discriminación con base en la identidad de género o la orientación sexual». Ha logrado acabar con el deporte de las niñas. Eso dijo la entrenadora olímpica Linda Blade a Abigail Shrier, del Wall Street Journal, cuando la periodista le preguntó por la decisión que obliga a todos los colegios que reciben fondos federales —prácticamente cada escuela pública del país— a permitir que «niños biológicos que se identifican como niñas» puedan participar en equipos deportivos femeninos.

«Las habilidades de liderazgo, todos los beneficios que obtiene la sociedad al permitir que las niñas tengan su categoría protegida para que la competencia sea justa, todos los avances de los derechos de las mujeres… Eso se verá disminuido», dijo Blade al Wall Street Journal. «Está acabado el deporte de niñas y mujeres».

El récord de la primera semana del presidente Joe Biden es angustiante. Como una aplanadora, ha destruido elementos centrales de la sociedad americana. Aquí va otro: luego de prometer una y otra vez que no prohibirá el fracking —«No lo prohibiré. Déjenme decirlo de nuevo: no lo haré, no importa cuántas veces Trump mienta al respecto», dijo el presidente en agosto del año pasado, en campaña—, el Departamento de Interior de Biden bloqueó nuevas perforaciones en terrenos públicos. «El mensaje de la administración Biden a los trabajadores americanos: si trabajas en la industria energética, encuentra otro trabajo», dijo el senador Ted Cruz al respecto. Y ahí van, de un plumazo, otros miles de empleos.

¿Cuál es la respuesta del Gobierno demócrata? Irresponsable y cruel. «Hay trabajos que pudieran ser sacrificados», dijo en su audiencia la nominada por Biden para la secretaría de Energía, Jennifer Granholm.

No bastó con acabar con el deporte de niñas. Joe Biden le da la espalda a todos los estudiantes y se pone del lado de los sindicatos, que quieren dejar a los niños sin clases o, de lo contrario, irán a huelga. La Casa Blanca los complace, por supuesto, y deja a miles de niños de escuelas públicas de Chicago o Nueva Jersey sin la posibilidad de ir al colegio. «Las escuelas estaban a punto de abrir. Entonces los sindicatos se interpusieron», se lee en el New York Times.

Apenas van siete días de que se juramentó Joe Biden y la realidad es alarmante. Entre las órdenes ejecutivas o decisiones que firmó también están el bloqueo de la construcción del muro fronterizo, el levantamiento de la prohibición de viajes a Estados Unidos de nacionales provenientes de países hostiles con Occidente, el regreso al Acuerdo Climático de París, totalmente injusto para Estados Unidos; el regreso a la Organización Mundial de la Salud, tomada por China y completamente responsable por la pandemia; y el impedimento de desalojos a inquilinos deudores.

La realidad es alarmante y el futuro también es desalentador. Joe Biden ha propuesto el aumento del salario mínimo nacional a $15 la hora. Un reporte del Washington Examiner, recogido por Sean Hannity, asoma que, de concretarse la propuesta, Biden «asesinaría 3.7 millones de empleos».

Su campaña lo perfiló como un moderado. Como la alternativa a radicales de ambos bandos. Él mismo resguardó esta imagen, a partir de su trayectoria. Mintieron. El récord de su primera semana profundiza la división y las tensiones entre bandos políticos. No ha gobernado como un moderado, sino como un radical, de la misma clase de lo peor de su partido. Es el Gobierno de Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar, Bernie Sanders y de todos los que aspiran a marchar sobre un Estados Unidos sometido a una agenda socialista. Es un Gobierno radical, para radicales.

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