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La revolución será woke o no será

«La vida política es combate, lucha incesante; lo que significa que la sociedad política está obligada a delimitarse por sí misma para delimitar el adversario o el enemigo»

— Julien Freund

En política es un asunto capital definir quiénes somos y a qué nos enfrentamos. Cuando se abusa de un término, aplicándolo sin rigor descriptivo, pasa como en el cuento del pastorcito y el lobo: nadie nos toma en serio.

Aunque se nos habla con gran preocupación de un regreso al comunismo, algo que nos remite al horror de la Checa y el Gulag, el fenómeno que se produce en gran parte del mundo occidental tiene más que ver con acelerar la descomposición causada por el posmodernismo y el globalismo que con reeditar los desmanes del siglo pasado.

Según la taxonomía de Gustavo Bueno, las izquierdas, grosso modo, pueden ser definidas e indefinidas. Las primeras comparten como rasgo común el universalismo racionalista y ejercen —no sólo teorizan— un proyecto político respecto del Estado; mientras que las segundas carecen de un proyecto político claro frente a éste, haciendo bandera de causas como los DD. HH. y el feminismo.

Salvando el caso de Cuba —que es una reliquia, una pieza museística, una colección de escombros de una utopía fracasada, la tendencia regional es claramente hacia una izquierda indefinida, woke y líquida (en el sentido baumaniano). Los regímenes de Venezuela y Nicaragua han ido abandonando el barniz del autoritarismo competitivo, pero aun así no tienen ni por asomo la rigidez del castrismo. Son, en buena medida, híbridos. E incluso ya incorporan ciertos elementos “progres”.

Los furibundos anticomunistas de hoy en día escribe con sorna Adriano Erriguel—se asemejan a aquellos soldados japoneses perdidos en la jungla que, sin atender a la rendición de Hirohito, seguían “peleando” mucho después de 1945. Por más rezagada que se encuentre Latinoamérica en la agenda política, sería bueno asumir que la Guerra Fría terminó hace 30 años. El planteamiento de comunismo vs. capitalismo es, en el mejor de los casos, insuficiente para explicar los fenómenos que hoy la amenazan; en el peor, un anacronismo paranoico. No parece probable que se vaya a instituir la dictadura del proletariado. En cambio, lo que sí está ocurriendo es una redefinición de la vida, la familia y la sexualidad. La ingeniería social es si cabe más agresiva y más sofisticada que antaño.

La Nueva Izquierda no tiene, ni de lejos, un sujeto político unificado. Es una colección de minorías, de (pseudo) disidencias, de victimismos. No pelea por los derechos de una clase entera, no busca articular un grupo social más o menos homogéneo. Es más hedonista que revolucionaria. Su modelo antropológico no es el del homo oeconomicus marxista, sino más bien el homo festivus descrito por Muray. Lo suyo es el caos y la disgregación. Es hija de esta era del vacío que, según Lipovetsky, se caracteriza por la retracción de los objetivos universales en favor de los intereses miniaturizados. No “aspira a asaltar los cielos” a la manera leninista, sino a imponer la gobernanza de las instituciones supranacionales bajo el amparo de los “expertos”.

Chile como laboratorio.

Esta Nueva Izquierda que hemos delineado ha hecho de Chile el centro de sus esfuerzos, su blanco predilecto. En la Convención Constitucional parecen converger todos sus “ismos”, todas sus derivaciones ideológicas: indigenismo, ecofeminismo animalismo… El proceso, de claras aspiraciones refundacionales, cuenta con una galería de personajes esperpénticos. Destacan entre ellos una señora de mediana edad que se disfraza de Pikachu y un cantante de canciones satíricas que cita a Chayanne. Hasta el Partido Comunista parece serio e institucional en comparación con la Lista del Pueblo y las organizaciones verdes.

Luego está Boric, el presidente recientemente electo. Un agitador profesional. Tras su etapa como “dirigente estudiantil”, se ha asociado con agrupaciones que reciben fondos del metacapitalista George Soros. Aunque está acompañado de comunistas nominales, parece más popperiano que rojo. Su insistencia en la vacunación obligatoria lo ha convertido en el mejor vocero de Pfizer, y no hay tópico woke por el que no deslice. Piñera, con sus fronteras abiertas y sus concesiones a los violentos, le había allanado el camino. Después de todo, el progresismo es transversal y no explícitamente izquierdista.

El nudo gordiano.

Es muy tentador proclamar, con una épica impostada, que estamos librando una batalla contra el comunismo. Sin embargo, y como explica Hásel Paris Álvarez, eso nos distrae de las nuevas luchas que definen nuestra época: patriotismo vs. globalismo, por ejemplo.

El liber-progre exagera la amenaza que representa la izquierda moderna en el plano económico para ocultar las coincidencias que tiene con ella en el plano valórico y cultural.

Latinoamérica se encuentra atrapada en circulo vicioso, en una dinámica kafkiana, donde un progresismo manirroto le pasa la cuenta de sus excesos a tecnócratas y liberales tímidos. Esos tecnócratas y liberales tímidos implementan medidas de ajuste, pero aceptan sin rechistar el cambio de paradigma social que han heredado. Cuando se crea un clima de descontento, todo vuelve al inicio.

Llamar comunista a cualquier intervención del Estado o pasear por los platós a un perdedor serial como Leopoldo López para advertir que si votas mal estás condenado a convertirte indefectiblemente en una nueva Venezuela claramente no funciona. La no-izquierda necesita un relato movilizador, dar la batalla cultural y dejar de agitar viejos fantasmas.

Silvio Salas, Venezuelan, is a writer and Social Communicator, with an interest in geopolitics, culture war and civil liberties // Silvio Salas, venezolano, es un comunicador social interesado en temas de geopolítica, libertades civiles y la guerra cultural.

Sigue a Silvio Salas en Twitter: @SilvioSalasR

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