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La tormenta perfecta en Capitol Hill

Ambos bandos se han convencido de que el triunfo de su adversario es inconcebible. Ambos bandos están convencidos de que su derrota arrastra el desmoronamiento de Estados Unidos

El asalto al Capitolio tiene una connotación particular. La gravedad de hordas violentando el edificio histórico más importante de Estados Unidos se sobrepone a cualquier otro episodio. No hay comparación. Lo de este seis de enero de 2021 pasa a las páginas como uno de los episodios más oscuros de la historia de esa gran República.

Trump también pasa a las páginas. Pero no quedará retratado como lo hubiéramos querido todos los que lo apoyamos por tanto y pese a tanto. Su exitosa gestión económica, su brillante política exterior y su corajuda cruzada en contra de la izquierda y la pesada y parasitaria burocracia de Washington DC —las victorias, notables, incuestionables— terminan siendo empañadas por un bochornoso espectáculo que empezó en la madrugada del 4 de noviembre y hoy encuentra su culmen en el más monstruoso acoso a las instituciones americanas que mi generación y muchas anteriores hayan visto.

Pero lo de este miércoles no debe descolocar a nadie. Seríamos cándidos si no entendiéramos. Es la consecuencia de la construcción por más de cuatro años de una peligrosísima narrativa. La reivindicación del dilema schmittiano que parte del conflicto como motor de los tiempos. No fue solo Trump el impulsor. También fueron los medios. Fueron las grandes compañías de tecnología. Fueron las élites de las grandes ciudades.

Los medios llevan años aumentado la polarización. Han perfilado a los simpatizantes de Trump como enemigos e ignorantes. Han, además, marginado y censurado al trumpismo. Que si racistas, xenófobos e incultos. Insultaron, conscientemente, a millones de americanos.

Y ese odio ha parido más odio. Uno es la consecuencia del otro. Nuevamente: lo de este seis de enero no sorprende. Era lo que ocurriría ante la deriva en la que se encontraba la campaña de Trump por las últimas semanas. Y es comprensible la tensión: ambos bandos se han convencido de que el triunfo de su adversario es inconcebible. Ambos bandos están convencidos de que su derrota arrastra el desmoronamiento de Estados Unidos. Por eso los demócratas no dan espacio a las justificadas denuncias de fraude del presidente. Por eso el presidente y sus simpatizantes se aferran a unas denuncias de fraude que no prosperarán.

Esta tensión fue escalando. Los demócratas se empeñaron en despreciar a los millones de simpatizantes de Trump que solo exigían que sus dudas sobre el proceso electoral, bastante turbio, se resolvieran. Y los simpatizantes de Trump decidieron que jamás entregarían la presidencia, aunque el fraude no se demostrara y fuera desestimado por otrora aliados fundamentales de la Casa Blanca (como el fiscal general, la mayoría conservadora de la Corte Suprema o el propio vicepresidente Mike Pence).

Finalmente, en la víspera de la reunión del Congreso, vimos los más delirantes gestos de locuras. Fueron el preludio del asalto al Capitolio. Un Lin Wood completamente desquiciado empezó pedir a los electores de Georgia que le quitaran el respaldo a los candidatos republicanos al Senado, luego señaló de traidores a todos en el Partido Republicano; y propuso la ejecución del vicepresidente Mike Pence, a quien llamó pedófilo y comunista.

Fue Trump quien, a pocas horas de este miércoles, llamó al secretario de estado de Georgia, el republicano Brad Raffensperger, para presionarlo con el propósito de que le ayudara a revertir los resultados en el estado.

Y finalmente llegamos a este seis de enero. El presidente convoca a miles de partidarios a una concentración frente a la Casa Blanca. Bajo el durísimo invierno, habla Trump. Le dice a todos: «Jamás concederé». Aplauden. Luego Trump anuncia: «Marcharemos al Capitolio a exigirle a los congresistas que hagan lo correcto». El resto queda retratado en una abrumadora fotografía tomada por Leah Millis para Reuters: el Capitolio en llamas; pancartas gigantes que rezan «TRUMP 2020».

Todo se conjugó para que el mundo presenciara horrorizado el vergonzoso espectáculo. Fueron los medios y su irresponsable cobertura de estos últimos cuatro años. Fue el Partido Demócrata, con radicales que amenazan con armar listas de sus enemigos. Fueron las grandes compañías de tecnología y su inaceptable censura. Fueron las heridas que aún arden de la violencia que impulsaron Antifa y Black Lives Matter en el último verano. Fueron las draconianas políticas que tomaron los gobiernos demócratas en respuesta a la pandemia. Fue la delirante espiral de irracionalidad en la que se vio sumida la campaña de Trump luego de las elecciones de este tres de noviembre.

La tormenta perfecta en Capitol Hill. El presente es trágico, el futuro no es alentador. Pero aún Estados Unidos sigue de pie, y eso toca celebrarlo.

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  1. Hay un tornillo muy importante , muy relevante que se te salió, desde las primeras líneas de artículo, de la maquinaria llamada cerebro, Todos tienen la culpa pero ninguno es Trump. El verdadero Culpable

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