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Billy Elliot, El American

Las Movies: la danza de Billy Elliot contra el marxismo y los estereotipos

Ignacio analiza la inusual postura antimarxista de Billy Elliot, una «metáfora perfecta» sobre el resentimiento que sustenta al marxismo

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En la novena entrega de Las Movies, el espacio que El American dedica a analizar el impacto cultural de las producciones audiovisuales, Ignacio García Medina nos habla sobre la famosa película británica Billy Elliot (2000) y su inusual forma de ir contra la ideología izquierdista.

A simple vista, Billy Elliot podría pasar fácilmente por una de esas películas de contenido social, típicas de la progresía woke: una familia de trabajadores mineros, sindicalistas, en la época de Margaret Thatcher, cuyo hijo tiene inclinaciones artísticas y decide tomar su propio camino.

«Tiene todos los ingredientes para ser una película progre», comenta Ignacio. «Pero no. En mi opinión, es todo lo contrario», pues aprovechando el mismo contexto que usualmente usan las películas de temática woke, Billy Elliot refuta todos los estereotipos y las ideas marxistas que suelen destilar este tipo de películas.

Una victoria en terreno ajeno

El plot de Billy Elliot se desarrolla en un pueblo ficticio de Inglaterra, a mediados de los ’80, en medio de una de las tantas huelgas mineras que mucho sacudieron al Gobierno de Thatcher. Su protagonista —interpretado por Jamie Bell— es un niño de 11 años que vive en la pobreza, con un padre viudo, una abuela con demencia y un hermano adolescente problemático.

«Lejos de blanquear o edulcorar la lucha obrera, como suele pasar en este tipo de películas, te la pinta como bastante violenta y agresiva», nos cuenta Ignacio. Las manifestaciones sindicales se muestran como disturbios donde la policía no cumple ese rol de matón represor que usualmente ocupa en películas de tinte progresista, sino que protege a los trabajadores y responde a la violencia de los manifestantes.

El padre de Billy —interpretado por Gary Lewis— por supuesto, quiere que su hijo siga el ejemplo de su familia y practique boxeo, un deporte «de hombres», mientras alcanza la edad para trabajar en la mina. Sin embargo, Billy prefiere desafiarlo y se interesa por las clases de danza que se imparten en el mismo gimnasio.

Así, ya Billy representa un desafío a su familia —que junto a su ideología izquierdista y su violencia sindical comienza a jugar un papel antagónico— y empieza a tomar clases de danza, vistas como “cosas de niñas” por su padre.

Entre estereotipos y reivindicaciones

Sin embargo, el papel del padre de Billy también es expuesto con sumo cuidado. Ignacio nos explica que el guion deja claro que la pérdida de su esposa fue un momento de mucho dolor y definió en buena medida su actitud amargada y agresiva, lo cual ayuda a mostrar al personaje como víctima de sus propias circunstancias.

Otra de las victorias que, según el host de Las Movies, se ve reflejada en la película es que, pese a estar interesado en la danza y tener una expresión corporal sumamente sutil y delicada, el guion se encarga de dejar claro que Billy no es gay. En ese sentido, rompe con otra categoría bastante común de la temática LGBTI en la industria audiovisual, aunque sí se defiende la diversidad sexual con muchísimo tacto por medio del mejor amigo de Billy, que sí es homosexual.

Entonces, no se puede decir que Billy Elliot sea una película homófoba o machista, pero tampoco es una oda a la sexodiversidad ni un panfleto progre destinado a profundizar la lucha de clases. Es todo lo contrario: una obra audiovisual equilibrada.

De hecho, el personaje del padre de Billy también vive una metamorfosis al ver a su hijo bailar (con su amigo gay, por cierto) y, en lugar de reaccionar violentamente, la escena lo hace reflexionar. Es entonces cuando la película termina de romper con todos los estereotipos sobre los que tomó forma desde el principio.

El final feliz se centra, justamente, en la reivindicación del padre: acepta la decisión de su hijo de dedicarse a la danza, se acerca a la instructora para evaluar la forma de apoyarlo económicamente, vende las joyas de oro de su difunta esposa e incluso abandona la huelga y vuelve a trabajar en la mina.

Para Ignacio, la película es una «metáfora perfecta de cómo esas ideas marxistas te van emponzoñando la cabeza», potenciando el rencor, la envidia, y «sacan a flote» lo peor de la humanidad. «Si les das la espalda, como lo hizo el padre de Billy, las cosas comienzan a mejorar: tienes la opción de luchar por tus sueños, cumplirlos y progresar en la vida».

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