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Latinoamérica

Latinoamérica, un subcontinente manco

Las izquierdas, nuevas y jurásicas, rojas y arcoíris, se abren paso mediante la subversión y el sabotaje. Todo para luego capitalizar electoralmente el caos

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Una segunda marea rosa se extiende por Latinoamérica. La original, liderada por Chávez y Lula, puede terminar por palidecer en significación histórica frente a ella. Y es que están sucumbiendo a su influjo sociedades que históricamente habían sido refractarias a los proyectos del socialismo (véase el proceso constituyente de Chile, la elección de Castillo en Perú y la ola de vandalismo en Colombia).

Las izquierdas, nuevas y jurásicas, rojas y arcoíris, se abren paso mediante la subversión y el sabotaje. Todo para luego capitalizar electoralmente el caos. Empleando un modus operandi que puede calificarse como «revolución molecular disipada» (al modo de Guattari filtrado por López Tapia), la cuestión se reduce a la viejísima fórmula de crear un problema para luego vender la solución.

Frente a este cuadro la no-izquierda (hablar de derecha es no sólo impreciso, sino un abuso de generosidad) ha tenido una respuesta muy débil o, en casos como el chileno, directamente ha allanado el camino para los cambios de modelo y los procesos de refundación. Las oenegés, apéndices del globalismo, actúan como refuerzo de los discursos victimistas cuando los ya de por sí débiles y acomplejados gobiernos regionales intentan restablecer el orden interno. El curso de los acontecimientos nos revela lo poco que puede hacerse desde cargos políticos cuando no se tiene el acompañamiento de medios, universidades y otras organizaciones. En suma, cuando se reduce la acción política a las dinámicas partidistas.

Quienes busquen frenar la Marea Rosa deben entender, a la manera de los soberanistas del Viejo Continente y de la corriente America First en Estados Unidos, que la guerra cultural ha reemplazado a la Guerra Fría. En términos del adversario, podría decirse que el gran error de cierto liberalismo subcontinental es haber descuidado por demasiado tiempo la superestructura (forma de pensar, valores, creencias, etc.) concentrándose en la estructura (i.e.: modo de producción).

El pensamiento economicista no es la respuesta para una época desquiciada donde hasta las nociones más elementales sobre las que descansan nuestras sociedades (qué es un hombre y qué es una mujer, por ejemplo) son cuestionadas. Sin épica, sin relato, sin una narrativa movilizadora, la no-izquierda ha creído que bastaba con promesas de buena gestión. Ha abusado de un discurso que combina el miedo («¡Vienen los rojos!» y «Seremos una nueva Venezuela») con una demagogia que promete la entrada en el primer mundo sólo con la adopción de reformas de mercado. No ofrece prácticamente nada en positivo.

Un espacio que represente una verdadera alternativa —y que pueda aglutinar desde liberales hasta conservadores, pasando por nacionalistas— debe partir de lo local para articular una respuesta regional. Parece contraintuivo, porque el globalismo (con su afán por destruir el Estado-nación como instancia de decisión y representación) es lo que solemos asociar a la interconexión de países. Pero de lo que se trata es de buscar una respuesta conjunta a la también conjunta acción de los contrarios (Grupo de Puebla, Foro de São Paulo, etc.). La soberanía hay que procurarla, pero no se puede pensar en actuar por sí solos frente a amenazas tan formidables.

Un espacio que represente una verdadera alternativa debe producir líderes, no sólo CEOs

Un espacio que represente una verdadera alternativa debe resguardar nuestra herencia histórica, en lugar de retirar monumentos y estatuas adelantándose a la iconoclasia de los nuevos bárbaros.

Un espacio que represente una verdadera alternativa debe plantar cara a la nociva ideología woke, que, aunque fuera de ambientes académicos y de activismo es duramente resistida, ya busca imponerse desde las élites políticas. Debe hacerlo, además, porque es totalmente ajena a nuestras sociedades: es un intento de trasladar la tensión social que enfrenta a Estados Unidos a contextos totalmente distintos en términos de valores y composición etno-religiosa. Ya bastantes problemas propios tenemos para estar importando otros.

Por demasiado tiempo la no-izquierda ha pretendido reemplazar la política por la tecnocracia; presa de sus complejos, adopta discursos asépticos y desideologizados. Quizá cuando vuelva a estar dispuesta a bajar al terreno de la guerra cultural, cuando trascienda la dinámica maniquea de ‘lugarcomunismo’ contra comunismo a secas, cuando sea algo más que sonrisas impostadas y globitos amarillos, Latinoamérica pueda dejar de ser manca. Quizá entonces hasta quepa llamarla derecha.

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