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EFE/Isaac Esquivel

Revelan los lujos del hijo de AMLO: quedó expuesta la hipocresía de la izquierda

Legales o no, los lujos del hijo de AMLO revelan de cuerpo completo la hipocresía de la izquierda, que vende austeridad, pero goza del capitalismo

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La izquierda prospera alimentando el resentimento, condenando la prosperidad, señalando con el dedo flamigero la condena de los ricos y la “venganza” de los pobres. la misma narrativa, con pequeños matices, la repiten los loros socialistas en toda Latinoamérica, desde Argentina hasta México. Con ese mensaje ganan, y ganando viven a lo grande. Así nos lo recordó la investigación que publicaron el 27 de enero el portal LatinUs y la ONG Mexicanos Contra la Corrupción, revelando el lujoso estilo de vida de José Ramón López Beltrán, hijo mayor del presidente de México.

Andrés Manuel López Obrador (AMLO) llegó a la Presidencia mexicana montado en las banderas de la izquierda y de la humildad, y su supuesta obsesión por las bondades de la moderación y la pobreza ha llegado al punto de convertir a la “austeridad” en el sello de su mensaje y el pretexto para justificar las incesantes torpezas de su administración, mientras condena a los ricos y a la clase media como “aspiracionistas”, “conservadores” o “fifís”.

Poseído por el celo de la justicia en tonos socialistas, AMLO incluso ha legado a proclamar, cual predicador en el desierto, que los mexicanos no deben “consumir de manera enfermiza”. Después de todo, explica el presidente: “si ya tenemos zapatos ¿para qué más?”. Más aun, le promete a los ciudadanos que “vamos de la austeridad republicana a la pobreza franciscana”. Hasta místico parece.

Sin embargo, como sucede con todo buen político de izquierdas, el “vamos” a ser pobres aplica para el pueblo, no para la familia gobernante, y eso queda muy claro al conocer las humildes moradas donde el junior presidencial disfruta del odiado “neoliberalismo” americano.

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El hijo de AMLO, a todo lujo

José Ramón López Beltrán tiene 40 años, y una fantasmagórica trayectoria profesional, donde no aparece ningún cargo que justifique una vida de lujos. Para acabar pronto, recién en 2018 dijo que no sabía a qué se iba a dedicar, y fue solo cuando papi llegó a palacio nacional que el príncipe, junto con sus hermanos, supuestamente creó una fábrica de chocolates llamada “Rocío”, cuya tienda en línea sigue portando un letrero de “próximamente”.

Y, sin embargo, le va muy bien.

De acuerdo con la información de LatinUs y Mexicanos Contra la Corrupción, en el último par de años, José Ramón y su familia han vivido en dos residencias de lujo en la zona de Houston, la primera de las cuales resultó propiedad de Keith L. Schilling, “alto directivo de Baker Hughes, una de las compañías petroleras más grandes del mundo, con la que el Gobierno mexicano tiene contratos vigentes por más de 151 millones de dólares”.



No vaya usted a pensar mal, ¿eh? Seguro no es corrupción. Segurito es 100 % coincidencia. Además, lo bueno es que ya no viven ahí. No señor, ahora ya no rentan, ni viven de prestado.

El hijo de AMLO disfruta los lujos, mientras el presidente predica la pobreza. Imagen:EFE/ Sáshenka Gutiérrez
El hijo de AMLO disfruta los lujos, mientras el presidente predica la pobreza. (EFE)

Ya tienen casa propia, una nueva residencia, por cierto recién construida para José Ramón y familia, registrada “a nombre de su pareja, Carolyn Adams” (quien ha estado vinculada laboralmente a empresas petroleras y del sector energético) y con un valor de mercado que roza el millón de dólares. Así, sencillita y humilde.

Además, como cereza del pastel, y para que haga juego con la cochera, a la mansión hay que añadirle la camioneta Mercedes Benz modelo GLE-Class (obviamente, registrada a nombre de Carolyn) en que López Beltrán se pasea por las calles del odiado imperio capitalista, mientras que en México su papá el presidente proclama “si se puede, tener un vehículo modesto para el traslado. ¿Por qué el lujo?”.

Buena pregunta: ¿por qué el lujo, José Ramón?, ¿por qué?

No es solo el hecho de que la reciente prosperidad de la familia presidencial resulta, cuando menos, difícil de explicar y se presta a infinidad de suspicacias, ya que los detalles de la vinculación con empresas que, curiosamente, tienen contratos con el Gobierno mexicano ha sido una de las formas tradicionales de la corrupción mexicana. El problema de fondo es que, incluso si esos bienes no son resultado del tráfico de influencias, sí exhiben (desnuda y de cuerpo completo) la hipocresía de la izquierda, y especialmente del socialismo latinoamericano.


Lo mismo Hugo Chávez que Cristina Fernández o el propio López Obrador. Construyen la estructura de su poder con base en la condena de la riqueza material y de los Estados Unidos como símbolo de ese “consumismo”, pero sus familias aprovechan ese mismo poder para enriquecerse en dólares y vivir los lujos del capitalismo que condenan.

Esa es justamente la peor corrupción de todas: la de enraizar en la política y el discurso social latinoamericano el rechazo a la libre empresa, al capitalismo y el desarrollo que esa libertad de comercio da como resultado. En la más perversa de las mezquindades, atan a sociedades enteras a las cadenas del fracaso caudillista, mientras escapan ellos solos a la prosperidad que le negaron a sus pueblos, mientras prometían defenderlos.

Por eso, lo de menos sería que el dinero de AMLO y su parentela fuera o no ilegal. Después de todo, el que meramente roba dinero es simplemente un ladrón; en cambio, quien se roba el presente y el futuro de un país es algo mucho peor.

Es un traidor.

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