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Margaret Thatcher: la mujer que enfrentó al socialismo

Margaret Thatcher: la mujer que enfrentó al socialismo

“Si es seguro, no es socialismo. Y si es socialismo, no es seguro”, declaró una vez la primera ministra

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Parafraseando a San Francisco de Asís, Margaret Thatcher inició su largo e histórico mandato como primer mujer primera ministra de Gran Bretaña con estas palabras: “Donde haya discordia, que llevemos la armonía. Donde haya error, que llevemos la verdad. Donde haya duda, que llevemos la fe. Y donde haya desesperación, que llevemos esperanza”.

Llevó todo eso a la nación asediada que lideraba, e inspiró a millones de personas en todo el mundo mientras lo hacía. No fue una hazaña pequeña. La Gran Bretaña que encontró al asumir su más alto cargo estaba desgarrada por la violencia laboral, enervada por las aplastantes tasas impositivas y asfixiada por el asistencialismo del Estado niñera. Era el hombre enfermo de Europa, pero tras once años de Gobierno de Thatcher, volvió a ser el orgulloso y productivo taller del continente, si no del mundo.

Los defensores del “socialismo democrático” están llenos de planes para el futuro de los demás, pero ignoran convenientemente su propio pasado reciente. Prefieren que no se sepa que sus planes no son ni nuevos ni exitosos. Pretenden celebrar la igualdad de la mujer en el gobierno, pero rara vez mencionan a Thatcher como modelo porque, para su eterna vergüenza, ella demolió su ideología y revirtió gran parte del daño que hizo.

“No existe el socialismo seguro“, declaró una vez. Si es seguro, no es socialismo. Y si es socialismo, no es seguro. Las señales del socialismo apuntan cuesta abajo hacia menos libertad, menos prosperidad, cuesta abajo hacia más confusión, más fracaso. Si los seguimos hasta su destino, llevarán a esta nación a la bancarrota”. Y hacia allí se dirigía Gran Bretaña hasta que Thatcher se convirtió en primera ministra en 1979.

Gran Bretaña era “democrática” en 1945 cuando sus votantes eligieron un Gobierno socialista bajo el líder del Partido Laborista, Clement Atlee. Era solo cuestión de tiempo que sus políticas de impuestos altísimos, redistribución masiva de la riqueza, nacionalización de industrias y asistencialismo aplastante produjeran una crisis existencial.

A principios de este mes, los votantes de Chile eligieron a un socialista como nuevo presidente del país. Es solo cuestión de tiempo que Chile necesite una Thatcher para arreglar todos los problemas que los chilenos van a experimentar pronto.

Margaret Thatcher no acabó con el socialismo en Gran Bretaña, pero hizo más por ese loable objetivo de lo que nadie esperaba y quizás más de lo que cualquier hombre de la época podría haber hecho. También le dio al socialismo la reprimenda que merecía, señalando en una ocasión que “los gobiernos socialistas tradicionalmente hacen un desastre financiero. Siempre se quedan sin el dinero de los demás. Es una característica suya”. En otra ocasión declaró: “Los socialistas gritan ‘Poder para el pueblo’ y levantan el puño cerrado mientras lo dicen. Todos sabemos lo que realmente quieren decir: poder sobre el pueblo, poder para el Estado”.

Su elocuencia reflejaba la famosa observación de Harry Truman: “Nunca he hecho sufrir a nadie. Solo dije la verdad y ellos pensaron que era un infierno”. La diferencia es que Thatcher sí que hizo pasar un infierno al otro bando. Derrotó a la oposición laborista en tres elecciones consecutivas. Bajó drásticamente los tipos impositivos marginales. Privatizó una larga lista de empresas y activos estatales devoradores de impuestos y perezosos, incluyendo más de un millón de viviendas públicas. Contribuyó a reforzar la decisión de Occidente de hacer frente a los objetivos expansionistas de la Unión Soviética. Marcó una diferencia monumental en la política mundial.

“Llegué al cargo con una intención deliberada”, declaró. “Cambiar a Gran Bretaña de una sociedad dependiente a una autosuficiente, de una nación que me da a mí a una que se hace a sí misma. Una nación que se levanta y se pone en marcha, en lugar de una Gran Bretaña que se sienta y espera”.

Tuve el privilegio de conocer personalmente a Margaret Thatcher en dos ocasiones, en 1996 y 2002. En ambas me impresionó como una mujer que sabía lo que representaba y quería que se supiera. Era tan fuerte como refrescante.

Thatcher hizo mucho y defendió grandes cosas. Sus logros fueron propios, no el resultado de un marido con conexiones políticas, una herencia rica o privilegios de acción afirmativa. Trepó por el poste grasiento, como diría Disraeli, contra las probabilidades y los obstáculos que su propia e indomable fuerza de voluntad superó.

Recordemos, en sus propias palabras, por qué el socialismo es una enfermedad que tarde o temprano exige una cura:

“Cada vez más, inexorablemente, el Estado que los socialistas han creado se vuelve más aleatorio en la justicia económica y social que pretende impartir, más asfixiante en su efecto sobre las aspiraciones e iniciativas humanas, más selectivo políticamente en su defensa de los derechos de sus ciudadanos, más gigantesco en su apetito y más desastrosamente incompetente en su desempeño. Sobre todo, supone una amenaza creciente, aunque no intencionada, para la libertad de este país, pues no hay libertad donde el Estado controla totalmente la economía. La libertad personal y la libertad económica son indivisibles. No se puede tener una sin la otra. No se puede perder una sin perder la otra”.

1 comment
  1. 1] ?socialismo en los tiempos de Asis?
    2] la política económica de la social democracia es 100% neoliberal

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