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María Antonieta, El American

María Antonieta, ¿vivirá?

Respuesta, no del todo imposible, si se analizan sucesos posteriores. Pero, también, algunos anteriores cuestionadores del “derecho divino de los reyes”

Por Luis Beltrán Guerra *

Ese genio de la escritura Stefan Zweig, descubre, tal vez, en María Antonieta, la reina de Francia, lo terrible del poder político, cuyo embrollo es y ha sido “la ciencia y el arte de gobernar”, para algunos únicamente ciencia y para otros, solo arte.

A los filósofos les ha costado no enredarse en las explicaciones. Se lee, en las viejas constituciones, la derivación de la necesidad de una autoridad. Reconocen al Rey para lidiar con guerreros y detentadores de tierra. Su poder, armonizar conflictos que con ocasión de prerrogativas se generan. A la larga, los aprietos definen no únicamente el poder del monarca, también, el de los súbditos. Y por allí ha continuado el complicado proceso para definir quiénes somos y cómo hemos de comportarnos, así como cuáles son nuestros derechos, pero, concomitantemente, los de otros.

Las huellas de la violencia, para Guillermo Altares, han sobrevivido el paso de los siglos, por lo que la brutalidad es más antigua que la propia humanidad. Altares, acota que los estudios actuales precisarán cuando empezó la violencia organizada y la inventiva desgraciada de la guerra, vinculada a la “Edad de Bronce” de hace 5 milenios. En la propia prehistoria, según Altares, hay evidencias del asesinato en masa de un grupo por otro, esto es, “las masacres”. Las sociedades corroídas por violencia, guerra y muerte, más allá del neolítico hasta el presente.

El mundo pareciera, pues, que ha bailado y bailado para consolidarse seria, disciplinada y humanamente, bajo la pauta de que cada quien respete al otro y a su vez sea respetado. Se anota acerca de los distintos órdenes de hombres, “nobles, libres y esclavos”. El criterio de “la sangre” priva con los reyes y monarcas, a cuyo poder quedan sujetos los súbditos, conforme a regímenes políticos estructurados como reinados y monarquías, estatuyéndose así la legitimación de la nobleza para gobernar. 

En el entendido, además de la aplicación de las leyes sucesorias en lo referente al poder político, como garantía de que quienes no calzaren los puntos reveladores del linaje, debían olvidarse de mandar. Teatro que ya había encontrado críticos en Juan Jacobo Rousseau y John Locke acerca de la necesidad de escriturar reglas para definir, por un lado, la autoridad y su ejercicio, y del otro, quiénes deberían observar lo escriturado. La perentoriedad, pues, de un sistema armónico.

Es este el escenario que mucho más adelante alimenta aquel que vive Francia bajo el reinado del “sui generis” Luis XVI y de María Antonieta, resultado de la hermandad, inclusive, por razones de sangre, entre Habsburgos y Borbones, acérrimos enemigos. Para Zweig fue “la diosa de la gracia y del buen gusto, pero después la reina castigada y elegida de todos los dolores”. Rey y reina, ambos guillotinados, ¿por sus travesuras o por “el menguante ‘Antiguo Régimen’ y con él “la monarquía”? 

Respuesta, no del todo imposible, si se analizan sucesos posteriores. Pero, también, algunos anteriores cuestionadores del “derecho divino de los reyes”.

Se escribe, también, que un movimiento político, social e ideológico, comienza con la toma de la Bastilla, portando las banderas de “libertad, igualdad y fraternidad” en aras de la denominada “Edad Contemporánea”. Conduce a la coronación de Napoleón como emperador, a raíz de un golpe de Estado. 

El corso profesa, “nunca interrumpas a tu enemigo cuando esté cometiendo un error, en política la estupidez no es una desventaja, la religión es un material excelente para mantener callada a la gente común, es la que evita que los pobres asesinen a los ricos, muéstrame una familia de lectores y te identificaré las personas que mueven el mundo y la historia es un conjunto de mentiras acordadas”. Tal vez, hayan influido para la crítica de que Bonaparte salvó a la revolución de los enemigos extranjeros, pero contradictoriamente acabó con ella, reemplazándola por una monarquía imperial. Sin embargo, al vulgo suele oírsele “cuán grande fue Napoleón”.

Una evidente contradicción con los aportes de Montesquieu, Voltaire y Rousseau, censores del absolutismo monárquico, ante el cual proponen la soberanía popular, igualdad ante la ley y separación de poderes, lo cual compra una burguesía deseosa en defender su poder económico, criterio que termina privando en las leyes. A esta tendencia se agrega la acentuada crisis durante el reinado de Luis XVI, el particular marido de María Antonieta, causante de importantes erogaciones para satisfacer los caprichos durante su reinado, tanto en Versalles como en su “Petit Trianon”. 

Los burgueses cobran, en efecto, su participación en la gesta, provocando una Asamblea Nacional, cuyos miembros, en la llamada “Sala del Juego de la Pelota”, se proponen bajo juramento instituir un régimen constitucional, lo cual logran en 1791. 

El nombre del salón es curioso y sería acaso porque el movimiento popular que toma la Bastilla, símbolo de la monarquía absolutista, representaba las capas populares. Para Woody Allen, se cambiaron las cerraduras para que los nobles no entraran al palacio, dándose luego un banquete cuyos desperdicios encharcaron el simbólico lugar, por lo cual cuando los nobles lo rescatan les obligan al aseo, incluyendo manchas y quemaduras de cigarrillos (Libro “Sin Plumas”).

Es para preguntarse, pero a su vez afirmar, a raíz de esta “piccola narrativa”, si la enredadera de intereses contrapuestos crea conflictos interpersonales o son estos los que la generan. En qué medida la humanidad se ha quedado en un intento de transformación, que ha perdurado por siglos. 

El mundo perfecto será entonces una añoranza. Es exagerado imaginarlo. Mutaciones no pueden negarse, algunas importantes, para César Vidal, pero otras, hasta ridículas. Los reyes que quedan se visten en Gucci y otras boutiques. 

Adicionalmente, el capitalismo prosigue enseñando las garras. “El pueblo” anhelando que lo saquen de ese periclitado status.

Afirmar, entonces, que la humanidad pareciera proseguir girando para demostrar lo que realmente es, no sería una perversión.

María Antonieta ante las deficiencias sexuales de Luis XVI, obviando advertencias de su madre, se dedicó a disfrutar las bonanzas del reino, incluyendo, a su amante. En medio de la revolución y hasta su muerte, lo opuesto.

En el entorno actual, olfateando a Zweig:

¿Vivirá? 


Luis Beltrán Guerra es Doctor en Derecho (Harvard University)  – Profesor de Derecho Administrativo. Fundador (Partner) Luis Beltrán Guerra G. Asociados.

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