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Marilyn, otra vez eterna

Marilyn, El American

Todos tenemos una idea aproximada sobre lo que es un mito que puede ser la explicación poética, religiosa o antihistórica de un suceso prodigioso, o la interpretación del mundo que proponga un imaginario colectivo fantasioso. La creación del hombre, del cosmos, recurre al mito en un primer momento despojado de racionalidad, y acompaña al hombre como una protección a la exactitud lógica y lo conduce a un estrado de vinculación con lo sagrado o sobrenatural. Por ello, mito e imaginación son dos caras inagotables que persisten en el relato primigenio. El mito encierra un origen, pero también una promesa de que algo llegará o se transformará. Las sociedades iniciales arrancaron a partir de algún mito inicial que explica sus antecedentes. De allí que los problemas humanos tengan una raíz antropológica para esclarecer la génesis de su conducta y sus actividades. Mircea Eliade escribe que el entendimiento del mito en este tipo de sociedades requiere de la iniciación previa y por ello no se relata ante quien no esté debidamente iniciado. Eliade también apunta en su Mito y realidad que: “Conocer los mitos es aprender el origen de las cosas. En otros términos: se aprende no solo cómo las cosas han llegado a su existencia, sino también dónde encontrarlas y cómo hacerlas reaparecer cuando desaparecen”. Pero en nuestra sociedad contemporánea e historicista que ha superado supercherías y explicaciones metafísicas, ¿podemos decir que hemos enterrado para siempre el mito? ¿Cómo describir esos mitos históricos que penden como una amenaza para la cabal comprensión de nuestra cultura? La Independencia, el bolivarianismo, cortan con una espada la historia en dos, la convierten en retórica, pervierten sus efectos y la elevan al altar laico en una religión de Estado como una solución vinculada a lo ilusoriamente mágico y lo falsamente maravilloso. ¿Y qué decir de esas celebridades elevadas a la categoría de mitos vivientes? 

Marilyn Monroe era una de esas personas del común americano exaltada al rango mítico, en quien se combinaron la propuesta americana de quien se hace a sí misma y lucha por alcanzar la cima viniendo desde abajo junto a todas las dificultades. Que, pese a la carencia de familia, un ambiente hostil, de hostigamiento, abuso sexual, pudo imponerse y convertirse en la persona más adorada de su época y a la que todavía se venera. Naturalmente, estamos hablando de una época donde la belleza y la estética tenían su valor consensuado en la sociedad. Hoy en día no sé si podríamos decir lo mismo en virtud de la primacía que viene teniendo lo feo en el colectivo y a la tacha de la belleza desde todos los frentes. No creo que esto requiera mayores explicaciones porque lo bello —y todos sabemos de qué se trata— es perseguido y denunciado como una forma de supremacismo del canon tradicional de la estética al cual se trata de destruir desde todos los agregados identitarios que padecemos en nuestro tiempo y que apuntan a todo tipo de cancelación. De modo que no estoy seguro de que un mito como Marilyn Monroe tenga la capacidad de sostenerse en nuestro mundo de millenials, más allá de su condición de icono pop, habida cuenta de las actuales referencias generacionales, frágiles y dinámicas. Marilyn se sobrepuso al orfanato. Y de allí saltó a un matrimonio fallido a los dieciséis años. La descubrió un fotógrafo en su ciudad natal, Los Ángeles, y lo demás fue llegando al estilo de Hollywood, esa Babilonia que hoy se rasga las vestiduras con su #metoo y el puritanismo con que pretenden tomarle el pelo al mundo, pero donde siempre funcionó la extorsión sexual como una forma de ascenso. Quizás la diferencia estriba en que en la época de Marilyn Monroe las debutantes eran muy probablemente usadas y forzadas contra su voluntad, mientras que en la era del depredador Harry Weinstein, las actrices citadas en a medianoche en la suite presidencial del hotel Mandarin no eran las ingenuas chicas de provincia a quienes se podía timar. Las épocas cambian y con ellas los derechos y la posibilidad de denuncia. Marilyn tuvo que pasar por esas alcabalas de la Meca del Cine donde la única piedra negra es el dinero y no dejan de darle vueltas.

Monroe ha sido un mito, pero mal llevado y hasta despreciado. Aún hoy en día recibe acusaciones de bruta, de tonta, de mala actriz, cuando no fue nada de eso y los simplistas siguen coleccionando sus piezas de rompecabezas para no dejar de incriminarla. Más allá de que sea imposible probar la evidencia empírica, he leído artículos serios sobre el hecho de que tenía un índice de inteligencia que rozaba la genialidad. Una mujer que se sobrepone al fracaso de una crianza que no prometía más que penas y desdichas y se pone en el centro de la atención de un país como los Estados Unidos puede ser todo menos tonta. Respecto a su condición de actriz, allí están las películas disponibles para quien las quiera apreciar incluso desde el ojo hipercrítico de la actualidad. Tenía más que belleza física, sabía conquistar desde todo lo que era y proyectaba. Y eso se llama saber actuar. Jamás fue mala actriz, todo lo contrario, y se propuso una superación permanente. Aprendía con muchísima facilidad los libretos, fundó su propia productora y porque conocía los límites de su formación, decidió ir más allá y se matriculó en el Actor’s Studio en donde Lee Strasberg le tuvo un particular respeto y admiración. Strasberg dio las palabras en su funeral y se expresó goethianamente de ella al decir que para el mundo entero se convirtió en el símbolo del eterno femenino. La actriz aspiró a un poco de felicidad que nunca supo atesorar.  Tal vez ha debido pensar que ese concepto era equívoco y constituía una ilusión. A quien vive una vida pública con la intensidad del flash, la notoriedad y los titulares de prensa, le sale cara la conciliación armónica con su vida privada. En estos días, el cuadro de Andy Warhol que toma a Marilyn Monroe como modelo cañoneó en Christie’s la intrigante cifra de 195 millones de dólares. Warhol diseca a Marilyn, la inmoviliza, la profana condenándola a lo serial y la repetición. El lienzo no hace otra cosa que banalizarla a sus cacareados quince minutos.

Este año se cumplen 60 años de su desafortunada muerte. Para este aniversario, Netflix ha estrenado un riguroso documental que agrega datos muy fehacientes respecto a la manipulación de que fue objeto el último de sus días. El misterio de Marilyn Monroe: las cintas inéditas, dirigido por Emma Cooper reabre el expediente de su deceso con una serie de entrevistas inéditas sobre ella realizadas a sus conocidos y basadas en la investigación del periodista irlandés Anthony Summers, ganador del premio Pulitzer, que publicó La vida secreta de Marilyn Monroe con más de 600 entrevistas. Cooper recurre a las fuentes de Summers, las cintas inéditas, para realizar este sorprendente y recomendable trabajo que tiene al propio Summers como protagonista del documental. Varias personas en importancia sirven para facilitar la aproximación a Marilyn: su psiquiatra Ralph Greenson y su familia, al igual que los actores, representantes, y allegados a Monroe. En un momento la hija del médico admite que Marilyn le había dicho que sostenía una relación sentimental con alguien conocido como “the general”. Inmediatamente caemos en cuenta de que se trataba del Attorney General, Robert Kennedy, llamado así por sus subalternos. A principios de los cincuenta Marilyn conoció a John Fitzgerald Kennedy con quien mantuvo una intensa relación amorosa. Los hermanos habían sido presentados a la actriz gracias al cabroncete de la familia Kennedy, el actor y cuñado Peter Lawford, quien le proveía regularmente mujeres al dúo político de Massachusetts. 

Según el documental, Marilyn murió por la sobredosis de barbitúricos, las pastillas que tomaba para conciliar el sueño americano. Ese día, el 4 de agosto de 1962, Robert Kennedy habría estado con ella, pero los diligentes chicos de J. Edgar Hoover se encargaron de borrar todas las evidencias y llamadas para no comprometer a Camelot en el suceso. De hecho, involucraron secretamente a su entorno porque Marilyn fue trasladada en una ambulancia a un hospital, murió en el camino y fue devuelta a su casa de Brentwood. Summers afirma que de acuerdo con sus investigaciones no puede asegurar que se trató de un asesinato, sino que parece plausible la idea del suicidio. Lo que es inocultable es que se alteró todo y hasta se implicó a su ama de llaves. Marilyn murió a las 10:30 de la noche y la historia oficial se refiere a las 3:30 de la mañana. A Marilyn la espiaban los sabuesos del FBI y la mafia vinculada a Jimmy Hoffa, el sindicalista enemigo de los Kennedy. Todos querían perjudicarla y aprovecharse de ello. Hay detalles tristes en el documental, casi tan perversos como los mismos Kennedy y su hipocresía, (una familia sobrevalorada amparada en los apócrifos valores de un catolicismo bostoniano falso y de fachada) como enterarnos de que después de la filmación de la escena famosa de la falda que se le levanta a Marilyn en The Seven Year Itch, la actriz fue agredida físicamente por su esposo Joe di Maggio, lo que precipitó el divorcio. O que su otro esposo, el célebre y encumbrado Arthur Miller, escribiera unas notas infamantes llamándola zorra para que la actriz fácilmente las descubriera. Un recurso teatral barato y despreciable. 

Hace veinte años, con ocasión del cuarenta aniversario de su partida, recordé a Marilyn con un artículo. No me parece impropio que cite de nuevo alguna de las frases con que la celebré entonces: “A los años de su muerte virginal como los héroes griegos que se inmolan en la flor de la vida deteniendo el tiempo, Marilyn sigue viviendo a pesar de sus verdugos y un fallecimiento que jamás conocerá la verdad de los hechos. Cuentan que en el número 24 del Corredor del Recuerdo del Westwood Memorial Park de Los Ángeles, donde su ambicionado cuerpo fue despachado, jamás su tumba ha dejado de tener flores ni un sólo día desde 1962”. Joseph Campbell apuntó que “los mitos son relatos cuya función básica es guiar al espíritu humano”. Podemos cuestionarnos sobre la conducción que esta deslumbrante actriz sigue ejerciendo más allá de su vida. El solo hecho de que no la hayamos olvidado y que sigamos coleccionando con regocijo cada uno de los esfuerzos que se fijó para persistir, parece conducirnos a ese lugar donde la evocación es una obligación feliz que preserva la memoria.

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