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marxismo religión totalitaria

El marxismo únicamente puede ser explicado como una religión totalitaria

La fe de los marxistas incluye el desprecio absoluto por la vida. Y exige el extermino de quien no se someta

No fue por capricho personal que John Brennan, exdirector de CIA bajo Obama –arquetipo perfecto del nuevo esbirro woke— conocido por su aprecio por la tortura, habló de perfilar como terroristas domésticos, no a quienes incendian, saquean y asesinan al servicio de una amplia conspiración, sino a seguidores de Trump, cristianos y libertarios, equiparándoles a unos casi extintos supremacistas blancos y afines.

En los Estados Unidos de hoy se libra una lucha por las conciencias que pone en juego la tradición cristiana —y al caso, principalmente protestante— y lo que luce como una ola de anti-religión y ateísmo —paradójicamente afín a prácticas religiosas primitivas, más o menos animistas— pero es mera apariencia.

En realidad la nueva cultura política de la cancelación se ancla en una fe religiosa —que pretende ser negación de toda religión, mientras se proclama última y única verdad dogmática e incuestionable. Revelación indiscutible de la “ciencia” de la historia: el marxismo. Y sí, el marxismo únicamente puede ser explicado como una religión, de ello no hay duda. Pero una religión totalitaria, contradictoria y maligna, de eso tampoco hay duda.

Para tratar esto, siempre he sostenido que hay que revisar dos definiciones que corresponden a dos dimensiones de la libertad. La libertad interior, propia de la conciencia y en última instancia íntima del hombre; y la libertad exterior, propia del orden social y dependiente de las relaciones entre los hombres. La segunda es la que define Friedrich Hayek como “aquella condición de los hombres por la que la coacción que algunos ejercen sobre los demás queda reducida, en el ámbito social, al mínimo” mientras la libertad interior está en la íntima individualidad a la que únicamente el individuo tiene acceso.

Así que únicamente podemos concebirla bajo dos circunstancias, aquella en que su exteriorización como deber moral está protegida por la libertad en el orden social. Como explicó Lord Acton: “Por libertad entiendo la seguridad de que todo hombre estará protegido para hacer cuanto crea que es su deber frente a la presión de la autoridad y de la mayoría, de la costumbre y de la opinión”  y aquella en la que apenas subsiste a la desaparición de la libertad en el orden social, oculta e inaccesible a todos los demás, como creencia secreta negada públicamente. La que puede exponerse finalmente cuando la fe apoya la certeza moral sin importar las consecuencias.

Un notable caso así cita Solzhenitsyn en Archipiélago Gulag:

“N. Stoliarova recuerda a su vecina de catre en Butyrki, en 1937, una anciana. La interrogaban cada noche. Dos años antes había pernoctado en su casa de Moscú un exmetropolita que estaba de paso tras haberse fugado del destierro. (…) No vais a poder sacarme nada, aunque me cortéis a pedacitos. Porque tenéis miedo de vuestros superiores, tenéis miedo unos de otros y hasta tenéis miedo de matarme (perderían un eslabón de la cadena). ¡Pero yo no tengo miedo de nada! ¡Estoy preparada para presentarme ante el Señor aunque sea ahora mismo!”

Así como una fe religiosa ha inspirado a fanáticos totalitarios contra toda libertad, interior y exterior. Ha sido también otra fe, la única fuerza capaz de lograr que personas comunes y corrientes se comporten como héroes al no renunciar a su libertad interior cuando la libertad en el orden social ha desaparecido por completo. Pero la libertad interior no puede subsistir en su permanente negación exterior.

El totalitarismo, tarde o temprano, colocará a cualquiera, empezando por sus fieles, en más de una situación límite. Y choca únicamente con personas comunes y corrientes que han interiorizado por medio de la fe lo que implica ser el único dueño de su propia conciencia. Y dando todo lo demás por perdido, se aferran a sí mismos como lo único que tienen para conservar. Y ante la perplejidad de los esbirros, conservar su conciencia a cualquier costo. Hagan lo que hagan, podrán matarlos pero no quebrarlos. Pero obviamente, siempre serán pocos.

La materialización del totalitarismo requiere la renuncia a la conciencia de todos y cada uno de sus siervos. Cuando hablan de liberación, es a “liberarnos” de nuestra conciencia e individualidad, y con ello de nosotros mismos, a lo que se refieren. Por eso necesitan imponerles sobre cualquier fe religiosa  en la que pudieran refugiarse, la del propio totalitarismo como única. Una fe religiosa intolerante inspirará a los gobernantes a someter o exterminar por cualquier medio a los que no compartan detalladamente la de ellos. Y la fe de los marxistas incluye el desprecio absoluto por la vida. Y exige el extermino de quien no se someta.

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Cuando una fe exige perseguir a otras —a todas en el caso del marxismo—  e imponer la propia por la fuerza del Estado estamos ante el mal. (Archivo)

Todo autentico creyente socialista se creerá en el deber de imponerse a sí mismo —y a todos los demás— la extinción final de la libertad interior ante lo que entiende como la verdad del colectivo. Es el retorno estadio más primitivo del homo sapiens. Y esa es la nueva fe que, sin admitir que es una religión, intentan hoy imponer sobre una América que se fundó en otra fe muy diferente. La que le condujo hacia la libertad y la prosperidad, superando sus propias contradicciones, como nunca antes se había visto en la historia humana.

La libertad religiosa es vital porque la religión es un asunto complejo, lleno de matices y sujeto a prejuicios profundos. Puede ser y ha sido un arma para sojuzgar. Pero también puede ser y ha sido un arma para liberar. En nombre de la fe se puede esclavizar o liberar, matar o morir, imponer el totalitarismo o limitar al poder gobernante.

En qué deposita su fe un pueblo es sin duda un asunto decisivo. Pero cuando una fe exige perseguir a otras —a todas en el caso del marxismo—  e imponer la propia por la fuerza del Estado —mediante la persecución y el adoctrinamiento— estamos ante el mal. Un mal que reside en hombres como nosotros, no en demonios. Y ese, amigo conservador, es el mayor peligro.

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