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México: Morena es legado y condena de López Obrador

López Obrador. Imagen: EFE/ Sáshenka Gutiérrez

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ANDRÉS MANUEL López Obrador (AMLO) es el político más brillante del último medio siglo en México. Logró mantenerse ante los ojos de la opinión pública durante décadas y aprovechó sus múltiples campañas presidenciales para recorrer y entender el país, además de construir una potente alianza política que reunió a los damnificados del proceso de modernización democrática y los cobijó bajo una narrativa de revancha contra los arrogantes “tecnócratas” del PRI y el PAN.

El fruto de su esfuerzo fue una victoria arrolladora en las elecciones presidenciales del 2018, donde se apuntó el triunfo más amplio en casi 40 años. Desde entonces, a pesar de los muy deficientes resultados de su administración, está construyendo a velocidad récord un nuevo régimen de partido dominante, que hoy le permite controlar las 2 cámaras del Congreso y más de dos tercios de los gobiernos estatales.

La pandemia hundió las esperanzas de muchos gobernantes de todos los colores, pero López Obrador mantiene una elevada popularidad, y su movimiento político muestra una enorme ventaja de cara a las elecciones del 2024, mientras que la oposición mexicana, sin liderazgos competitivos, parece reducida al “derecho al pataleo”.

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Morena y el obradorismo, enemigos de sí mismos

Así de claro. AMLO y su partido (Morena) parecen invencibles de cara al mundo exterior. Sin embargo, como suele suceder en México, las cosas son más complicadas de lo que parecen: Morena, el legado y vehículo del poder obradorista, podría ser también el vehículo de su condena.

¿Por qué? Porque la gran ventaja del Movimiento de Regeneración Nacional es también su gran debilidad: es una gigantesca y desfigurada alianza de intereses en conflicto, cuyo único común denominador es la figura de AMLO.

En Morena hay expriístas y radicales de izquierda, conservadores enojados contra Acción Nacional y filochavistas que suspiran abiertamente por replicar en México el modelo venezolano; todos compartiendo espacio con wokes socialdemócratas de estilo europeo, acompañados de un grotesco surtido de líderes sinvergüenzas (los típicos que movilizan colonias y comunidades en beneficio del mejor postor). Es, en pocas palabras, una ensalada de ambiciones.

Lo único que los mantiene juntos es el interés por lucrar de la popularidad de López Obrador, que a su vez utilizó a Morena como membrete para integrar a sus aliados y competir electoralmente. Sin embargo, el presidente sabe que las siglas no serán suficientes para consolidar su régimen, necesita un partido de verdad, y no lo tiene.

A 8 años de su fundación, Morena sigue siendo un mero monigote institucional, donde nadie puede poner orden, como quedó claro el 30 y 31 de julio, cuando los militantes de Morena acudieron a las urnas para elegir a los 3,000 consejeros que renovarán el Congreso Nacional, que a su vez aprobará la convocatoria para elegir al candidato presidencial del oficialismo.

Había mucho en juego, porque quienes ganen el Congreso Nacional se quedarán con el control del partido y tendrán el privilegio de cargar a su favor los dados de las próximas elecciones, consolidándose como los “herederos” de López Obrador.  Las ambiciones se desbocaron, y el resultado fue un cochinero:

  • En Cuajimalpa rellenaron públicamente las urnas con votos falsos.
  • En Oaxaca se pelearon a golpes y tumbaron al piso las urnas y las boletas, lo que provocó el desmayo de una persona.
  • En Chiapas hubo golpizas en las casillas y varias urnas fueron quemadas.
  • En el estado de México quemaron urnas después de rociarlas con gasolina.
  • En Guanajuato hubo múltiples conflictos e intento de robo de urnas.
  • En buena parte del país, las filas de votantes acarreados eran notorias y en muchos casos las personas denunciaron que acudían a votar bajo amenaza de que, de no hacerlo, perderían sus becas y apoyos pagados por el Gobierno.

Confrontados con la realidad de sus ambiciones, los morenistas lucieron una antología del cinismo y dejaron muy en claro que no solo no creen en la democracia ni en las instituciones, tampoco creen en sus compañeros de partido. No tienen más lealtad que la de su propio capricho y no se detendrán ante nada para conseguirlo, a golpes y a las llamas, si es necesario.

¿La ambición será la condena de López Obrador?

Es indiscutible: el obradorismo exhibió el típico canibalismo político de la izquierda, potenciado con las prácticas corporativistas del viejo priismo y aceitado con cantidades obscenas de dinero para movilizar votantes y grupos de choque. Y de las cenizas de las urnas surge una pregunta clave: ¿la vergüenza de los fraudes cometidos este fin de semana será un golpe definitivo contra el presidente?

La respuesta es compleja: el caos interno de Morena no es, todavía, una condena definitiva al proyecto obradorista, porque incluso con sus evidentes defectos y vicios antidemocráticos, el hecho es que sigue encabezando las encuestas y avanzando en todo el país, porque los electores siguen sin perdonar la arrogancia y la corrupción de los partidos tradicionales. Sin embargo, la tenue esperanza de que México se salve de un nuevo régimen tiránico dependerá mucho más de las grietas oficialistas que del genio opositor.

Morena, ese golpe de genio político que le permitió ganar la Presidencia a López Obrador, es su gran legado, pero también podría ser su condena. El tiempo lo dirá.

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