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México se juega la vida

México se juega la vida

México se juega la vida en las elecciones del 6 de junio. Será la última oportunidad para impedir que AMLO destruya los contrapesos a su poder presidencial

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México se juega la vida en las elecciones del 6 de junio. Antes de cada proceso electoral suele decirse que esa es la elección más importante de la historia, pero esta vez sí es cierto. Los votantes mexicanos no sólo renovarán la Cámara de Diputados, casi todos los congresos locales y la mitad de las gubernaturas, sino que también definirán un nuevo equilibrio de poderes, cuyos efectos se reflejarán durante décadas.

¿Por qué?

Durante casi dos siglos de vida independiente México vivió bajo una sucesión de caciques y dictadores; La democracia se presumía en las leyes, pero no se vivía en la realidad. Eso comenzó a cambiar apenas hace un poco más de 40 años, cuando en 1978 inició el proceso de transición política que amplió los espacios y opciones opositoras al entonces todo poderoso PRI.

Este proceso llegó a su punto culminante con la reforma de 1996, que independizó del Estado a las autoridades electorales. Gracias a ello en 1997 el PRI perdió por primera vez la mayoría en el congreso y en el año 2000 se logró la alternancia pacífica del poder presidencial.

El proceso de transición continuó durante casi dos décadas más, arrebatándole poder al presidente de la República y entregándoselo a organismos técnicos, con la idea de dejar atrás el desastroso gobierno de caprichos, a cambio de un sistema tecnocrático que permitiera mejores resultados e integrará plenamente al país en la economía global.

El proceso funcionó, pero no se tradujo en las mejorías dramáticas que esperaba la sociedad, y por el contrario, se vio manchado por crecientes escándalos de corrupción. Esa mezcla de decepción e indignación fue aprovechada magistralmente por el ahora presidente, Andrés Manuel López Obrador, que llegó a Palacio Nacional respaldado por el mayor porcentaje de votación en casi 40 años.

A partir de su toma de poder como presidente de la República (y con una creciente intensidad en los últimos meses) López Obrador se ha enfocado en destruir las reformas impulsadas dentro del proceso de transición y regresar al país a una situación similar a la que existía en los años 70: Un partido de Estado que domine por completo el panorama electoral y un presidente casi omnipotente, que decide todo, sin más contrapesos institucionales o políticos que los de su propio carácter.

Esa es la visión qué estará en juego el próximo 6 de junio. Técnicamente, los mexicanos acudirán a las urnas para renovar la Cámara de Diputados y miles de autoridades locales, pero en el fondo sus votos constituirán un referéndum sobre el proyecto político de López Obrador.

Si gana la alianza oficialista, encabezada por Morena, AMLO tendrá el mandato y el margen de maniobra para consolidar su proyecto político, definir a su capricho al candidato presidencial del oficialismo para el 2024 y terminar con el proceso de conquista de las instituciones, incluyendo el Instituto Nacional Electoral y el Banco de México, que serán sometidas directa y completamente a la autoridad del presidente de la República.

Es decir, México volvería a ser el país de un solo hombre, de un caudillo, de un dictador.

Por el contrario, si la alianza opositora consigue un triunfo claro en las elecciones intermedias y logra recuperar la mayoría parlamentaria, quedará evidenciado el rechazo de la sociedad mexicana al proyecto autocrático de AMLO y el presidente enfrentará un escenario de pesadilla, porque tendrá mucho menos margen de maniobra para tomar decisiones, repartir privilegios y mantener contenta a la marabunta de “liderazgos” que forman su alianza política.

En este escenario, Obrador no podría definir un su sucesor a su gusto y quedaría condenado a colocarse cada vez más a la defensiva, mientras muchos de sus antiguos aliados se convierten en enemigos impulsados por el despecho de no haber sido ellos los herederos del presidente.

El desorden resultante implicará que la oposición tenga una posibilidad real de competir por la presidencia de la República en las elecciones generales del 2024, porque se enfrentarían a una alianza oficialista que habrá pasado la segunda mitad del Gobierno obradorista en una guerra fratricida, en lugar de consolidar su hegemonía.

Entre apatía, errores y redes sociales, México se juega la vida el 6 de junio. Imagen: EFE/Gabriela Pérez Montiel
Entre apatía, errores y redes sociales, México se juega la vida el 6 de junio. Imagen: EFE/Gabriela Pérez Montiel

Mientras tanto, del lado opositor

El gran desafío será el de pasar de una coalición coyuntural evidentemente frágil, como lo es actualmente la alianza “Va por México” entre PAN, PRI y PRD; a una coalición parlamentaria con perspectiva de mediano plazo y una agenda legislativa común. Justamente en eso consiste el acuerdo que firmarán el 24 de mayo los dirigentes nacionales de esos 3 partidos y que significa un paso necesario hacia el objetivo final de la estrategia conjunta: lanzar un solo candidato presidencial en 2024, con todos los desafíos que ello implica.

Finalmente, jugando aparte está Movimiento Ciudadano, el partido “opositor” que ha apostado a mantener distancia tanto de López Obrador como de la alianza opositora. Para MC el escenario ideal implica ganar un par de gubernaturas, incluyendo la de Nuevo León (corazón industrial del país) y colocarse como una fuerza independiente que pueda negociar con los demás desde una posición de fuerza e incluso presentar un candidato presidencial propio con posibilidades de triunfo en 2024.

México se juega la vida

Tanto las encuestas como las conversaciones en los pasillos de las campañas y en el círculo rojo nos hablan de un oficialismo que se desinfla y una oposición que avanza. Por eso el presidente se ve tan activo y estresado. Por eso han apresurado el intento de desafuero contra el gobernador panista de Tamaulipas. Por eso aprobaron al vapor las contrarreformas en materia de energía eléctrica e hidrocarburos. Por eso el presidente aprovecha cualquier oportunidad para movilizar a su base y profundizar la polarización del país.

El 6 de junio AMLO se juega el futuro de su proyecto político autoritario, y México se juega la vida, en una elección que será definitiva, pero anticlimática. En las calles no hay efervescencia política y las campañas están más cerca del absurdo que la inspiración. Ello apunta hacia un bajo nivel de participación en las votaciones, volviendo aún más importantes a las estructuras partidistas de movilización del voto.

Esto añade todavía otra capa de incertidumbre, porque nadie sabe qué tan efectivas serán las redes de Morena para movilizar a sus simpatizantes en una elección donde López Obrador no aparece en la boleta, mientras que del lado opositor también está por verse si es que la alianza acordada por las dirigencias del PRI, PAN y PRD es respaldada en la práctica por sus liderazgos locales, muchos de los cuales tienen profundas historias de rencor hacia los partidos con quienes ahora están coaligados.

Por lo pronto, faltan dos semanas que se pelearan a tope, en las instituciones, en las redes, en las casillas y en los tribunales. No es para menos, México se juega la vida.

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