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Mientras dure la guerra

Mientras dure la guerra inherente a la naturaleza humana, seamos conscientes de las tentaciones autoritarias. Vencer sin convencer significa perder

Mientras dure la guerra (2019), la más reciente película de Alejandro Amenábar, dramatiza el inicio de la Guerra Civil española, desde la perspectiva del gran Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca y símbolo intelectual del pensamiento español en el siglo 20. La cinta culmina con su legendario (literalmente) discurso pronunciado por Unamuno hace 85 años –el 12 de octubre de 1936– en el paraninfo de la universidad, donde desafió a la plana mayor del naciente régimen Nacional, con aquella profecía contundente “venceréis, pero no convenceréis”.

Digo legendario porque las palabras exactas de Unamuno se han perdido para la historia y la versión del discurso que se ha popularizado y que la película retoma en una versión sintetizada fue publicada en 1941 por el republicano Luis Gabriel Portillo, quien no estuvo presente en el evento. Aun así, el discurso es una pieza brillante y vale la pena leerlo:

Dije que no quería hablar, porque me conozco. Pero se me ha tirado de la lengua, y como el que calla, otorga, debo hacerlo.

Se ha hablado aquí de defensa de la civilización cristiana occidental. Yo mismo aporté esta expresión. Me equivoqué. Esta es sólo una guerra incivil, un suicidio colectivo entre partidarios del fascismo y el bolchevismo, que no son sino las dos caras: cóncava y convexa, de una misma enfermedad mental.

Acabo de escuchar insultos contra catalanes y vascos, llamándoles el cáncer y la anti-España. Otro tanto podrían decir ellos de nosotros. La antipatria no existe, todos somos españoles y todos debemos luchar juntos. Sin unos y otros España quedará mutilada, tuerta y manca, como el general Millán-Astray, inválido de guerra.

Y aquí está el señor obispo que, le guste o no, es catalán, y que bien debiera enseñar a algunos un poco de doctrina cristiana, que al parecer desconocéis; yo por mi parte, que soy vasco, no tengo ningún inconveniente en seguiros enseñando el castellano, que también desconocéis.

[dicen] Viva la muerte, o sea “¡muera la vida!” Y yo, que soy experto en paradojas os aseguro que nunca he logrado entender esa…Vencer no es convencer, conquistar no es convertir. Venceréis porque tenéis fuerza bruta de sobra, pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Venceréis, pero no convenceréis.

Venceréis, pero no convenceréis, señaló Unamuno en 1936 y así lo confirmaron tanto la intensidad del “destape” español tras la muerte de Franco como el casi inmediato colapso absoluto de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, que (en cuanto inició la democracia) pasó de ser partido único a un puñado de minipartidos. Ya sin la potencia política del “caudillo de España por la gracia de Dios” y el aparato de su dictadura, su modelo ideológico se diluyó en el polvo, un destino irónicamente similar al de sus rivales comunistas en muchos países de Europa del este.

Salamanca, la ciudad de Unamuno y el escenario de Mientras dure la guerra. Imagen: Unsplash
Salamanca, la ciudad de Unamuno y el escenario de Mientras dure la guerra. Imagen: Unsplash

Mientras dure la guerra

En su artículo sobre “Mientras Dure la Guerra”, Arturo Pérez-Reverte califica a la cinta de Alejandro Amenábar como “un intento irreprochablemente honrado de ser ecuánime al abordar un asunto como ése. No digo equidistante, ojo, pues Amenábar sabe muy bien dónde están él y cada cual, sino ecuánime: palabra que define a quien tiene, o procura tener, imparcialidad de juicio”.

Creo que don Arturo, como casi siempre, tiene razón. Más allá de la evidente tendencia progre del director, su innegable habilidad técnica y el razonable nivel de buena fe al retratar a don Miguel de Unamuno, hacen de “Mientras Dure la Guerra” una de las películas más sensatas de la última generación respecto a la guerra civil y una ventana muy interesante para reflexionar sobre esos momentos donde el magnetismo colectivista (de izquierda y de derecha) seduce a las sociedades, las priva del sentido común y las vuelve crueles.

Esto me lleva de regreso al discurso de Unamuno, no solo como una ventana a los años turbios que marcaron el final de la Segunda República, sino también para los tiempos nuestros, en que las largas décadas de paz nos han vuelto frívolos respecto a los horrores de la guerra y las redes sociales han facilitado la polarización, resultando en un peligroso coctel del que salen declaraciones como las de Etsy Quesada: “Deberíamos comprar armas, cocteles molotov y “pum”… [qué hay que hacer con Vox] matar, ¿está mal matar? Sí, pero a veces no.”

Lo grave no es solo que una youtuber proponga el asesinato masivo como herramienta política, sino el silencio de su entrevistador, que era nada menos que Gabriel Rufián, portavoz del Grupo de Esquerra Republicana en el Congreso de los Diputados. Ver a un político profesional dándole foro a una convocatoria al asesinato a la que responde con silencio es escalofriante, ya que, como dijo Unamuno: “el que calla, otorga”.

Lo grave también es que conforme los discursos radicales y colectivistas retoman terreno desde la izquierda, se incrementará la tentación de una respuesta igualmente radical y colectivista desde la derecha, terminando en un escenario donde todo el que no sea un aliado se convierte en enemigo mortal y la lucha política se torna en “una guerra incivil, un suicidio colectivo”, donde vence quien acumula más “fuerza bruta”, para tragedia de todos.

Hace 85 años, Miguel de Unamuno diagnosticó el grave peligro que enfrentaba España, entre la violencia de los comunistas y la respuesta de la falange; ese riesgo permanece, porque más allá del disfraz de la modernidad y las pasiones políticas, las ambiciones colectivistas son una tentación profundamente humana contra la que debemos cuidarnos todos, y todos los días, al menos mientras dure la guerra.

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