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Entrevista a Miklos Lukacs: política, tecnología y ética en el siglo XXI

Entrevista a Miklos Lukacs: política, tecnología y ética en el siglo XXI

Nuestro entrevistado nos recuerda que «¡el progresismo no solamente es neomarxista, no solo se limita a la izquierda!».

Siguiendo los pasos de su maestro Sir Roger Scruton (1944-2020), Miklos Lukacs se ha convertido en uno de los más importantes difusores de las ideas conservadoras. Aunque es un académico de fuste y un auténtico guerrero cultural en todos los frentes, ha sido principalmente a través de conversaciones en su popular canal de YouTube con autores de la envergadura del propio Scruton, Jordan Peterson o Douglas Murray que ha conseguido advertirles a miles de personas sobre la liquidación de las soberanías nacionales, el peligroso avance de la tecnociencia divorciada de la ética y la captación del poder político por parte de grupos plutocráticos.

Una figura que nos invita a ordenar nuestras prioridades, cuando pareciera que discutimos sobre el sexo de los ángeles mientras Roma es invadida. O, siendo más concretos, cómo nos distraemos discutiendo sobre impuestos cuando el progresismo está introduciendo una nueva concepción antropológica del hombre. En esta entrevista con El American, donde próximamente se incorporará como colaborador, nos ofrece algunas de las claves de su pensamiento.

El conservadurismo, como sabemos, se trata de lo de que se afirma y no de lo que se repudia. Sin embargo, un discurso político efectivo también se construye a partir de algo a lo que se opone. En su caso, he visto que designa al progresismo como un significante enemigo. ¿Puede superarse el eje político tradicional en favor de la oposición entre progresistas y conservadores o, por el contrario, considera que esas dinámicas son muy simplificadoras?

Estas dualidades son útiles porque establecen categorías políticas que, vamos a decir, concentran una gran abstracción; por tanto, desde la perspectiva de la utilidad política sí sirven. Es más o menos apelar a una dialéctica hegeliana expresada mediante la confrontación proletarios vs. capitalistas en código marxista. En estos tiempos de agenda progresista, han surgido diversas dualidades: hombres-mujeres, heteros-homos, blancos-negros, jóvenes-viejos, ricos-pobres.

La nueva categorización entre progresistas y conservadores mejor la plantearía como una contraposición entre progresistas de profunda vena transhumanista vs. bioconservadores. Yo no hablaría solo de conservadores porque dentro del rechazo al progresismo cientificista, es decir, en este grupo de gente que se opone a las agendas impuestas del s. XXI (medioambientalismo, abortismo, LGBT, feminismo, ideología de género, antirracismo, multiculturalismo, animalismo) no solamente está conformado por quienes tienen una actitud conservadora. Encontramos también liberales, libertarios e, incluso, socialistas y comunistas que defienden y reafirman la naturaleza y condición del Homo sapiens.

Este es, a mi entender, el punto fundamental de partida: qué posición se tiene con respecto a la identidad del ser humano. Las disputas ideológicas del s. XX y a inicios de este milenio se establecían con base en preferencias políticas y económicas, pero en este siglo creo que son muy importantes los avances de la ciencia y la tecnología, y los desafíos que plantean a la identidad del ser humano.

Esto no es una especulación, esto ya está incluso delineado en texto. La famosa idea de Cuarta Revolución Industrial, el Gran Reseteo, toda la narrativa que viene del Foro Económico Mundial (que es uno de tantos espacios de reunión y de acción política del progresismo globalista) busca redefinir y reconfigurar al hombre a través de la ciencia y la tecnología. Es una categorización muy importante en el sentido en el que los antiprogresistas buscan defender la identidad del ser humano tal y como la conocemos hoy, o sea, del Homo sapiens.

Los debates éticos que se van a plantear en el s. XXI a raíz de estos avances científicos y tecnológicos aplicados al ser humano van a ser determinantes para establecer nuevas dualidades políticas. Desde esa perspectiva, sí, el antiprogresismo, que no solamente incorpora el conservadurismo, es una posición política de repudio de amplio espectro.

Quizá puede resultar maniqueo, pero el dualismo sirve para ilustrar el panorama al que nos enfrentamos. Usted empleó, por ejemplo, una distinción entre los plebeyos y los aristócratas financieros en su video con Fusaro. David Goodhart también plantea una distinción que, en esta época donde está tan presente la ideología del desarraigo, me parece interesante: la de “los ciudadanos de ninguna parte” y “los ciudadanos de alguna parte” (los anywheres y los nowheres).

Lo que hace Fusaro en esa conversación es, como él mismo señala, tomar esa definición de Marx: la idea de plebeyos versus aristócratas financieros, y que se aplica 150 o 170 años después a la situación actual. Estos aristócratas financieros también conforman la élite, pero la categorización de Fusaro en este sentido es, a mi parecer, incompleta porque no solamente se trata de la aristocracia financiera. En línea con lo que mencioné antes, hay una aristocracia tecnológica que hoy considero predominante, con un poder tal que puede desplazar al antiguo frente, el conformado por los gigantes financieros y los medios de prensa.

Este frente fue el grupo dominante, el poder detrás del poder, desde la segunda mitad del s. XX. Es decir, después de Bretton Woods cuando se establece una nueva arquitectura económica y financiera internacional con la creación del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el sistema de Naciones Unidas… Pero opino que a partir del nuevo milenio habría que incluir una aristocracia tecnológica acompañada de la aristocracia financiera y la aristocracia farmacéutica (a saber: Big Tech, Big Finance, Big Pharma).

Todas las grandes empresas, mediante sus principales representantes, sus líderes, se reúnen en estos frentes del progresismo, como el Foro Económico Mundial. Son la punta de lanza de la avanzada progresista, son los gigantes que lideran y promueven la agenda progresista principalmente, así que yo creo que, en el resumen, lo importante aquí es considerar que aunque los debates políticos y económicos del s. XXI seguirán siendo muy importantes, a medida que se produzcan avances en la ciencia y la tecnología y estos avances científicos tecnológicos sean aplicados, no en el entorno que rodea al ser humano, sino en el propio ser humano, van a generar nuevos e intensos debates de carácter ético.

Serán preponderantes en el debate público la ética de la tecnología, la ética de la inteligencia artificial, la ética de la biotecnología. Dichos debates van a ser incorporados al discurso político, por lo que desde esa perspectiva sí pienso que ya estamos experimentando un cambio de paradigma significativo. No se puede entender la política del s. XXI en términos de ideologías cuyos orígenes se remontan a los siglos XVII con Locke y el liberalismo inglés, o del liberalismo inglés del s. XVIII, o del liberalismo francés, o del conservadurismo como respuesta de Burke a la Revolución francesa, el marxismo, el nacionalismo y el socialismo del siglo XIX.

Esas categorías ideológicas continúan siendo importantes, pero conforme el avance científico-tecnológico sea más intenso y migre al espacio público esto va a llevar a una redefinición también del debate político. Es lo mismo que sucedió con la revolución industrial en el Reino Unido desde 1760-70 a 1830-40 con la creación de las máquinas de vapor que generaron un cambio enorme en los sistemas de producción, que llevaron a la mecanización de la producción y que dieron origen a través de estas fábricas textiles, por ejemplo, en Manchester, en Macclesfield o en Bradford al modelo capitalista. Es decir, a partir del cambio tecnológico se genera un nuevo modelo económico y, posteriormente, como respuesta a las desigualdades generadas por este nuevo sistema económico capitalista, aparece el marxismo. De la tecnología nace el capitalismo y luego el marxismo. Y creo que en esta etapa de la historia estamos en un proceso similar, aunque de mucho mayor escala.

En nuestro caso hablamos de un proceso tecnológico conocido como Cuarta Revolución Industrial en el cual tecnologías convergentes como la inteligencia artificial, la biotecnología, la nanotecnología, la robótica, la computación cuántica, etc., van a llevar necesariamente a un cambio de modelo económico, y eso a su vez va a generar respuestas políticas y culturales que van a reconfigurar las ideologías tal cual las conocemos; pero en el estado naciente en el cual nos encontramos ahora, en donde no hay categorías muy precisas, creo que esta dualidad progresismo-bioconservadurismo, que no solamente incorpora el conservadurismo, sino que como dije a todas aquellas corrientes que reafirman la naturaleza y la condición natural del ser humano (entiéndase, sin modificaciones de carácter tecnológico) es una categorización primaria que después va a derivar en diferentes variantes.

¿Podría ser, entonces, una pugna entre quienes defienden la naturaleza humana y quienes buscan liberar al hombre de su propia naturaleza (fundirlo con la máquina o con otras especies, convertirlo en un dios)?

Efectivamente, creo que ese es el punto y que no se está viendo con claridad. A nivel de liderazgos políticos internacionales no se ve con claridad que este es un tema emergente y central: la pugna entre quienes quieren modificar al ser humano a través de la ciencia y la tecnología, y también, por extensión, todas las instituciones o los arreglos institucionales que se resuelven alrededor del Homo sapiens: la familia, el matrimonio, la comunidad, los Estados-nación, frente a estas potenciales modificaciones a la condición y la naturaleza del ser humano.

De modo que no solamente es un ataque al ser humano en sí, sino también a las instituciones que surgen de la condición o experiencia humana: matrimonio y familia, por ejemplo, que se empiezan a deconstruir a través de narrativas políticas que son impulsadas con una insistencia patológica por todos estos organismos internacionales, principalmente los foros supranacionales de la “sociedad civil” como vendrían a ser el Foro Económico Mundial, el Aspen Institute o el Council of Foreign Affairs. Una serie de plataformas que son espacios de promoción y defensa de esta agenda de cambio, no solamente del ser humano, sino también de las instituciones nacidas de su experiencia.

Lo que parece estar en juego es si los Estados-nación aún tienen la capacidad de dar forma al mundo o si en cambio somos gobernados por organizaciones supranacionales y una constelación de oenegés.

Con respecto a los Estados-nación, lo que estamos viendo con claridad, por lo menos desde hace unos 15 años, es como estos han seguido perdiendo soberanía y poder de autodeterminación. Ahora simplemente reciben e implementan paquetes de políticas públicas y paquetes legislativos que son elaborados por grupos de tecnócratas progresistas, de “centro moderado” estilo Tercera Vía.

Es decir, son promotores de todas las agendas que mencioné al principio, que nos envían sus envasados estandarizados, y que son aplicados independientemente de la realidad y diversidad cultural, económica y política de cada país. La agenda legislativa, p. ej., de los casos LGBT, del tema del aborto, el tema de la eutanasia, la reconfiguración de las instituciones humanas fundamentales como la familia. Se nos habla de familias o modelos familiares en plural. Se nos habla, p. ej., del matrimonio que ya no es la unión entre un hombre y una mujer, sino que, con base en estos cambios, puede ser la unión secular principalmente (ojo, esto es fundamental) de diferentes grupos de individuos o seres. Esto sí es un cambio importante.

Estamos presenciando la concentración y verticalización del poder político que le quita poder a los Estados-nación, y donde los representantes de esos Estados-nación se convierten en embajadores o representantes de este poder paraestatal, supranacional, que se encuentra, p. ej., en las Naciones Unidas, la OMS, FMI, el Banco Mundial, la Unión Europea. Entes que son liderados por individuos que no han sido elegidos mediante voto popular, que no representan a  nadie, que son ilegítimos y que son digitados, puestos en sus cargos por mecanismos pseudodemocráticos o de mera apariencia democrática, pero que no tienen ninguna responsabilidad de rendir cuentas, de trasparencia, no hay checks and balances; entiéndase, un poder globalista liderado por representantes del globalismo progresista que no se deben a nadie y que, sin embargo, establecen e imponen abusivamente agendas estándar para los países.

Miklos Lukacs con el líder conservador chileno José Antonio Kast. (Facebook)
Se puede ser simultáneamente “de derecha” y progresista. Fue el caso de Mariano Rajoy en España; David Cameron en Reino Unido y, a nivel latinoamericano, por ejemplo, Macri en Argentina. Hay ideas que parecen permear a todos los partidos, pero lo que observo con mayor preocupación es que estas no se presentan solo en el campo explícitamente político. Se difunden desde los órganos de la cultura popular (Hollywood, las plataformas de streaming, etcétera), la prensa corporativa y las Big Tech. ¿Cómo podemos luchar contra este zeitgeist progresista?           

Claro, esa es una muy buena observación. Entre las novedades que incorporé al debate político-tecnológico hispanoamericano se encuentra mi definición más precisa de progresismo. Por favor entiendan, ¡el progresismo no solamente es neomarxista, no solo se limita a la izquierda! Creo que ese fue el gran engaño, algo que ha sido parte de la estrategia: mantenernos en esta dualidad de izquierda y derecha, entendida en términos de s. XX (o antes). Poco a poco a través de esta dicotomía se han generado pugnas en temas más superficiales, pero no se ha impedido que se avance en las agendas de fondo, que son las agendas del progresismo (ambiente, aborto, etc.).

Se establecía antes la diferencia entre izquierda y derecha mediante grandes ejes: mercado vs. Estado, individuo vs. colectivo y libertad vs. igualdad y justicia. Esos eran, grosso modo, los grandes parámetros de confrontación. Bastaba decir con que uno era “de derecha” porque se oponía al Estado, quería más mercado y promovía la libertad del individuo. Sin embargo, hemos tenido en este tiempo partidos o representantes políticos que han sido “de derecha”, pero que al final han terminado imponiendo lo que hacen sus pares de izquierda. Tanto de izquierda como de derecha, todos aplican las agendas progresistas. Unos con discurso promercado y otros con discurso pro-Estado, pero acaban haciendo y siendo lo mismo.

Hay que entender que el progresista por definición busca la reforma política, económica y cultural utilizando como medios de transformación la ciencia y la tecnología. Esa es la definición de progresismo, cuyos orígenes como movimiento uno puede encontrar a fines del s. XIX en Estados Unidos.

Se dice, quizá, que solamente los representantes de los partidos de izquierda eran progresistas porque eran más vocales en su promoción. También pasa porque la mayoría de los altos representantes —que han sido asignados, porque no se los elige— de los organismos multilaterales vienen de partidos de izquierda o centro-izquierda (caso de António Guterres, Secretario de la ONU, o de Michelle Bachelet, que son socialistas). Pero esta dualidad genera confusión deliberada, porque el progresismo no se reduce a la izquierda. En la derecha proabortista, progénero, profeminista, pro-LGBT, proanimalista y odiadora del cristianismo también encontramos a los liberales-libertarios que fungen de peones del progresismo: los liber-progres.         

Lo que tienen en común los progresistas de cualquier signo son las siguientes categorías:

  • 1) Son utilitaristas, o sea, piensan que algo en la medida de que es útil es bueno.
  • 2) Son materialistas, rechazan la dimensión trascendental del ser humano. Esto último de los “zurdos” lo podemos encontrar también, p. ej., en corrientes libertarias o liberales que podrían ser de derecha (defienden el mercado y la soberanía individual), pero tienen posiciones anticristianas que reducen el ser humano a lo material.
  • 3) Las corrientes progresistas son relativistas: niegan verdades o realidades absolutas y autoevidentes, como podrían ser las diferencias sexuales explícitas entre hombres y mujeres (incluso emplean el concepto de género).
  • 4) La aspiración de que estas ideologías de derecha e izquierda sean aplicadas de forma universal.
  • 5) El reemplazo de Dios por la ciencia, el nacimiento del cientificismo que, según el pensador británico John Gray, constituye una nueva religión secular.

Todo esto se pone en práctica transversalmente con el “conservadurismo” de Theresa May, David Cameron y Boris Johnson en Reino Unido, Macri en Argentina, Duque en Colombia, Piñera en Chile. 

Si tomamos a Macri en particular notamos que abogaba por una libertad económica mucho mayor que la del kirchnerismo, pero terminó consolidando la misma agenda progresista de Cristina Kirchner y que hoy mantiene Alberto Fernández (p. ej: ley del aborto, ideología de género, cupos trans). Son leyes que no se limitan a lo económico y lo político, sino que tienen un impacto mucho mayor: atacan la misma identidad del ser humano. Son políticas y leyes antihumanistas disfrazadas de virtud, compasión, diversidad y tolerancia.

Por lo tanto, puedes ser de “derecha” y también ser progresista. Lo que tienen en común los líderes políticos (presidentes, primeros ministros, etcétera) que encabezan nominalmente Estados-nación (lo digo así porque su poder en realidad es parcial, limitado por la arquitectura institucional y la narrativa del globalismo) es que se deben a una agenda progresista que tiene un alcance global. Terminan siendo simples representantes y peones del progresismo. Es decir, van a seguir recibiendo los paquetes legislativos y las políticas públicas diseñadas desde las tecnocracias supranacionales. Independientemente de derechas e izquierdas, van a seguir aplicando estas medidas y leyes en sus respectivos países orientadas al avance del progresismo que, a su vez, están orientadas a redefinir y reconfigurar las instituciones del ser humano y al propio ser humano.

Con respecto a qué hay que hacer, creo que esta parte es muy complicada porque la asimetría de poder no solamente política y económica es inmensa, sino también la asimetría de poder tecnológico (que creo que es la clave). Porque ahora mismo lo que estamos viendo es que se están estableciendo nuevos modelos económicos con base en el cambio tecnológico, estamos pasando cada vez más a un modelo de economía digital mucho más intenso: la virtualización de las transacciones económicas, la expansión de las criptomonedas; en resumen, todo pasa a un sistema digital y la infraestructura tecnológica no es poseída por los Estados-nación. Salvo en el caso de China, que es la gran excepción.

En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, no es el Estado, no es el gobierno federal el dueño de la infraestructura tecnológica ni de mucho menos, vamos a decir, el software o de las aplicaciones que permiten el funcionamiento de la mencionada economía digital, sino que lo son los gigantes tecnológicos y también empresas más modestas, que desarrollan los instrumentos de esta nueva economía.

Lo que vemos es un cambio del centro de gravedad del poder, donde estos nuevos sectores se convierten en dueños de facto de la infraestructura, tanto física como de software, que permiten su funcionamiento y eso también se traduce en pérdida de soberanía porque el poder se traspasa a estos actores. Incluso, esta infraestructura ya se está extendiendo a nuestra Órbita Terrestre Baja (OBT) con la puesta de miles de satélites de internet de alta velocidad por parte de empresas como Space X de Elon Musk y Blue Origin de Jeff Bezos.

Lo que ocurre es una privatización del poder político a través del poder económico. Y si uno se fija dice: bueno, ¿cómo combatimos esto? Es muy difícil, por la asimetría tecnológica a la que aludía. Esta asimetría conduce paralelamente a una enorme asimetría de data e información, que es el punto central porque lo que va a valer ahora es la data. Esto ya lo había dicho Yuval Noah-Harari, que es un apologista del transhumanismo y velado promotor de los intereses de la nueva aristocracia tecnológica.

Dicha aristocracia tecnológica está asociada al manejo de la data. La data que pueden generar los Estados nación y millones de individuos, pero que es transmitida, procesada y almacenada en la “nube” (Cloud Computing): caso de Amazon, con Amazon Web Services; el de Microsoft, con Azure; China que tiene Tencent, Baidu, Alibaba, entre otros. Allí se aprecia cómo, poco a poco, hay un traspaso del poder político mediante la posesión de estos activos de data, que ya no son solo del Estado sino de un sector privado trans y crecientemente supranacional (de nuevo con la excepción de China, donde todas las grandes empresas tecnológicas operan bajo el estricto comando y supervisión del PCCh).

Lo que tendría que producirse es el desarrollo de una infraestructura tecnológica y digital paralela, pero esto es muy costoso. Pueden hacerlo Estados-nación (por ejemplo, Rusia o los países del Grupo de Visegrado), pero también privados (un candidato natural sería Donald Trump). Pero no solo es costoso en términos de dinero, sino también en términos de capital intelectual. Se requiere de una masa crítica de profesionales calificados para elaborar y gestionar estas infraestructuras y las aplicaciones que les permitan operar. Y ese diría que es el principal problema. ¿Por qué? Porque con el poder económico estas grandes empresas adquieren o compran el capital intelectual. El incentivo del dinero es muy fuerte. Y no solamente esto va a ocurrir con los gigantes tecnológicos, sino que ya ocurre con los peones colocados en organismos supranacionales, Estados-nación, organizaciones deportivas, oenegés, universidades y un largo etcétera: el alquiler del poder político a través del poder del dinero, los sueldos que se ofrecen, los incentivos. No son solo salarios altos, sino cobertura mediática, pasantías en universidades, fondos de investigaciones, grants para oenegés.

A través de este enorme poder económico estos gigantes corporativos controlan los foros multilaterales. Por ejemplo: el más visible sería el Foro Económico Mundial que, empleando el poder del dinero, genera incentivos para reclutar a personas que están dispuestas a avanzar en la agenda progresista que ellos promueven y defienden.

Tendrían que ser Estados que estén en contra, como es el caso de Rusia, Hungría y Polonia; y dentro de Estados Unidos, estados como Texas o como Florida que no se alinean con las políticas globalistas-progresistas, que de manera independiente desarrollaran su propia infraestructura tecnológica. Yo pienso que esto es muy difícil, pero no es imposible. Aún estamos a tiempo de generar una infraestructura digital paralela que promueva la soberanía digital a nivel de individuos y también países.

Hay algo que usted mencionó y que no quiero dejar pasar: Estados Unidos como origen y epicentro del progresismo. Decir esto en ciertos círculos es un anatema (aunque ha habido notables conservadores que miraban al gigante americano con desconfianza, como puede ser el caso de Enoch Powell). Se me viene a la mente Theodore Roosevelt, que usó el adjetivo progresista como republicano; o Woodrow Wilson, que hizo lo propio como demócrata. Este último además fue precursor del orden globalista con su Programa de los Catorce Puntos. Hoy vemos como en las instituciones de ese país (particularmente las universidades) tiene tanto auge la cultura woke, representada en la Teoría Crítica de la Raza (concebida por Kimberlé Crenshaw) o la Teoría Queer (con grandes exponentes como Judith Butler). Incluso el presidente Macron ha llegado a hablar de una “etnización de la cuestión social” que se debe a “ideas importadas de América”.

El caso de Theodore Roosvelt, que es de principios del s. XX, debe entenderse en un contexto histórico. ¿Era conservador? Sí. Pero también fue hijo del siglo de la fe en el progreso que era el siglo XIX. En consecuencia, había una corriente muy importante dados los grandes avances tecnológicos que se produjeron en ese siglo: la invención del ferrocarril, el descubrimiento de la electricidad, la industrialización (la producción del acero, por ejemplo).

El zeitgeist, el espíritu de la época, era a favor del progreso. No sería preciso decir que Roosvelt traicionó los principios conservadores al apuntarse a esta agenda de progreso, porque era una agenda de progreso que no buscaba redefinir o reconfigurar al ser humano, sino generar riqueza que a su vez se tradujera en poder político. No hay que olvidar que en el último tercio del siglo XIX USA sobrepasa a Inglaterra en términos de PIB, por lo menos de PIB nominal. Es decir, ya se empieza a erigir como la gran potencia mundial. Roosvelt lo que hace es continuar esa tradición, esa aspiración hegemónica que ya tenía su país y que consolidaría completamente después de los Acuerdos de Bretton Woods, cuando ya se establece como gran garante de la paz y la seguridad mundial. Se trata de un proceso de varias décadas.

Con respecto a si el progresismo es una agenda que se difunde desde Estados Unidos, sí. Pero las agendas de género, medioambiente, aborto, eutanasia no son exclusivas de ese país. Tú has mencionado a Judith Butler, por ejemplo, ¿no? Pero también vas a encontrar la enorme influencia (porque es un conjunto de ideologías las que han derivado en el progresismo) de corrientes como el existencialismo de Sartre, del estructuralismo de Foucault, todo el posmodernismo francés (algo que no es americano) que tiene mucho que ver también con estado actual de las cosas.

La influencia que han tenido intelectuales franceses sobre todo en la configuración del progresismo, que va a la par de la deconstrucción del ser humano, la dualidad mente-cuerpo (que tampoco es americana) que tiene un enorme impacto en las teorías de género. Macron podrá tirarle el dedo a USA, pero la intelectualidad francesa zurda del siglo XX tiene un gran rol en la nueva situación ideológica.

Lo que está ocurriendo con USA, que aún es la gran superpotencia, en franca decadencia porque China la va a sobrepasar, son los ciclos de la historia. Pero si tú aspiras a un gobierno mundial globalista no conviene tener superpotencias ni ningún Estado-nación, sino que debe ser el globalismo el que lidere los destinos del mundo. La involución de los Estados Unidos es abiertamente intencional, no tengo la menor duda, llevada a cabo por representantes políticos que anteponen los intereses del globalismo y de los globalistas a los intereses de su propio país.

Con respecto a lo que señalas de Enoch Powell, es cierto. Sus críticas se basaban en la preponderancia o en el endiosamiento de lo material en desmedro de los valores más espirituales, o al campo la tradición, donde se crea una obsesión por el mercado. Sí hay mucho de verdad en esos juicios que pueden haber hecho Powell u otros a lo largo del tiempo.

Ves la reafirmación de los valores conservadores en figuras como Russell Kirk, que tratan de volver a lo que los Padres Fundadores habían establecido. Ese es un equilibro muy interesante: cómo la Constitución americana logra balancear de manera inteligente las necesidades o aspiraciones de poder y libertad con la defensa de los valores y tradiciones locales. También una incorporación de una dimensión trascendental: In God we trust, el resaltar la comunidad (E pluribus unum). Hay una serie frases y simbologías que apuntan a esa vena fuertemente conservadora, que es natural porque estoy de acuerdo con Sir Roger Scruton en que los seres humanos son 99 % conservadores aunque no lo sepan.

No sé si comparte conmigo la percepción de que en el subcontinente latinoamericano estamos rezagados en la guerra cultural que ha reemplazado a la Guerra Fría, y que el discurso de este campo que me gusta llamar la “no-izquierda” (no se ha ganado el apelativo de derecha) es aún demasiado economicista. Se reducen los grandes debates al nivel de intervención del Estado.

Bueno, claro que sí comparto plenamente esa idea de que América Latina y África están rezagadas. Ciertamente. Porque aquí nos hemos quedado todavía debatiendo temas político-económicos del s. XX. Este economicismo que tú señalas es correcto. Esto es lo que yo he venido diciendo, que nos centramos en discusiones del s. XX en cuanto a modelos de mercado o Estado, libre mercado vs. planificación central, de individuo vs. colectivo, de libertad vs. justicia (o igualdad). Cuando en realidad se están produciendo grandes cambios científico-tecnológicos, se está produciendo una nueva infraestructura tecnológica que apunta a la creación de una economía digital, y todo esto no llega todavía a América Latina porque a nosotros nos llegan estas cosas 10-15-20 años después. Es parte de una ignorancia de lo que ocurre fuera de los países de nuestra región.

El mundo ya no se mueve por esos debates, y ese es el punto. Ahora bien, el progresismo tampoco es solo Nueva Izquierda. Cuando di el ejemplo de Macri, o lo que está ocurriendo con Piñera, lo que ocurrió con Pedro Pablo Kuczysnki (y posteriormente con Vizcarra) o lo que ocurre con Lasso —que todos celebran porque defiende el modelo del mercado, pero que va ir con todo a aplicar las mismas políticas progresistas que han sido aplicadas en Argentina, Uruguay, Perú, Chile, etcétera —.

Nuevamente, esa es una fachada, es confundir, o mantener la atención en ciertos debates políticos y económicos que son muy importantes, porque lo tocante al ingreso, el empleo y demás son elementales, son las preocupaciones a corto plazo de la inmensa mayoría de nuestras poblaciones, pero no se está viendo más adelante los grandes debates que se vienen en el s. XXI, que son los ya mencionados.

A nosotros nos va a llegar ya después por osmosis, nos va a llegar toda la aplicación de estas políticas, que ya las estamos viviendo. Las manifestaciones contra la ideología de género, el rechazo a la agenda feminista, el rechazo al aborto, el rechazo a la eutanasia son los pininos de esta nueva pugna que se está generando. Ya no es meramente una cuestión económica, sino que estás viendo cómo se organizan grandes colectivos en los países de la región para defender asuntos que trascienden lo económico y lo político.

He notado que usted no habla en términos desfavorables del populismo. Scruton en una oportunidad llegó a definirlo como “la explotación de los sentimientos conservadores de la masa”. Desafortunadamente, el debate en torno a este término está condicionado por la demonización que hace de él la prensa liberal y aquella que es funcional al “consenso socialdemócrata” (Dalmacio Negro dixit). ¿Cree usted que el populismo es una herramienta útil para frenar el avance progresista?

El populismo es una categoría política, una etiqueta más. Scruton lo defiende porque dice que es el movimiento que agrupa las demandas insatisfechas de un enorme sector de la población, que en el caso de Latinoamérica es mayoritario. Es decir, un gran bloque de personas que no se siente representada por sus líderes políticos porque ven que las agendas progresistas siguen siendo impuestas y que trascienden lo económico y lo político.

El populismo no es apenas una demanda por sistemas económicos que permitan el libre accionar de las personas, una menor intrusión del Estado, como el populismo trumpiano o el bolsonarismo. No hay un mantra, no hay un dogma. Puedes operar bajo principios de realismo político. Por ejemplo, en momentos donde el mercado se exceda vas a tener que aplicar un poco de intervención estatal.

Tal fue el caso de Trump con su política de aranceles contra China, algo que fue muy criticado, pero una cosa era seguir lo que decían los libros de teoría económica y otra era seguir lo que te decía el sentido común. Si China te estaba cobrando aranceles de 20 % y tú 3 % (cosa que Obama complacientemente aceptó), Trump dijo vamos a aplicar las mismas reglas: “¿Por qué tiene que haber asimetría?”.

Entonces, el populismo es realista y eso tiene mucho que ver con una actitud conservadora. El conservador es empírico, no teórico. Aplica los instrumentos que en un determinado momento se necesiten, no los que le dicte el libro o la teoría, sino lo que les exijan la realidad y el sentido común.

También el populismo rescata elementos de defensa de las tradiciones; de los valores; de la defensa de la identidad cultural, que es muy importante. Y principalmente, también, contiene un elemento muy fuerte de representación política. Es un movimiento amorfo, pero con una identidad más o menos establecida que tiene mucho basamento conservador. A mí el populismo, como categoría política, si gusta el nombre o no eso me parece irrelevante, pero sí representa a todas aquellas personas que abiertamente rechazan la agenda progresista y que no encuentran representantes válidos en la izquierda y derecha. Y, obviamente, con los medios de prensa que están bajo el mando del progresismo se va a demonizar esta etiqueta; pero yo sí encuentro que tiene una utilidad política.

¿Cómo se llamará después? No me importa. En la medida que exista un frente o un grupo de personas en diferentes países que valora y defienda la naturaleza y condición del ser humano como la conocemos, que valore las libertades individuales, que valore la soberanía y la autodeterminación, si se llama populismo o no lo encuentro irrelevante, pero hoy esto sí es representado en el populismo.

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