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Verdad, gobierno Biden

Gobierno Biden impulsa “Ministerio de la Verdad”

Por su parte, los medios de comunicación al servicio del totalitarismo, convertidos en célula de agitación y propaganda, les toca hacer su papel de agorero para justificar las prácticas intervencionistas en las libertades ciudadanas por parte del gobierno

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En 1936, una noticia estremeció al mundo: E. S. Holtzman, un desconocido empleado bolchevique, admitió haber formado parte de una conspiración trotskista para asesinar a Stalin. 

Aquella trama planeada sirvió como excusa para que el régimen soviético desencadenara lo que se conoce como los “Procesos de Moscú”, una brutal campaña de represión y persecución política que tuvo lugar a finales de la década de 1930 contra un grupo de líderes reformistas dentro del Partido Comunista, quienes se habían convertido en un serio obstáculo para la transición del socialismo al comunismo.

El enemigo a batir era el núcleo duro que respaldaba al revolucionario ruso, Leon Trovski. Para darle credibilidad a su pantomima represiva, Stalin necesitaba un testimonio convincente. Y Holtzman se convirtió en la víctima elegida, dispuesto a cooperar con todas las falsedades de aquel juicio político. Posiblemente sin haber viajado nunca a Dinamarca y mucho menos haber participado en el complot que se le imputaba, Holtzman compareció entonces ante un tribunal culpandose de haberse reunido en 1932 con el hijo de Trotsky en el hotel Bristol, en Copenhague.

La sentencia ya estaba previamente dictada: Holtzman fue fusilado junto al resto de los supuestos conspiradores. Unos días después del juicio, un periódico danés revelaba que el Hotel Bristol había sido demolido en 1917. Al poco tiempo, salieron a la luz pruebas convincentes que demostraban que Lev Sedov había estado en Berlín el día en que supuestamente los servicios de inteligencia rusos lo situaban en Copenhague. 

Los expertos literarios aseguran que este pasaje del hotel Bristol y todos los que estuvieron relacionados con el proceso de la “Gran Purga” llevada a cabo por el régimen estalinista -que dejaba en evidencia la forma en que la policía política comunista reescribía la historia para consolidar el poder totalitario- inspiraron al escritor inglés, George Orwell, para escribir “1984”. 

72 años después de realizar esta obra lúcida y conmovedora, los presentimientos de Orwell sobre la existencia de un “Ministerio de la Verdad” que hace que los hechos incómodos de la historia desaparezcan en función de una agenda ideológica, se han hecho realidad en Estados Unidos.

Los ciudadanos americanos, que durante más de dos siglos han gozado de una libertad extraordinaria para criticarlo todo, sin eufemismos ni pelos en la lengua, hoy observan preocupados cómo la nueva versión del Partido Demócrata, en su variante más totalitaria, va adueñándose de todos los ámbitos de la palabra en una especie de tela de araña reglamentaria para controlar al conjunto de la sociedad.

La jaula de la verdad única
“”No creo que el tipo de sociedad que describo llegue necesariamente a darse, pero sí (…) podría sobrevenir algo parecido”, escribía George Orwell unos días después de dejar su libro en la imprenta. Por eso su mensaje de alerta es más decisivo que nunca”. (Flickr)

Por primera vez, la sociedad civil americana se siente en peligro. Una jaula perversa ha comenzado a desplegar sus mecanismos de vigilancia, control y represión política sobre la población. 

La historia se repite. Los sistemas totalitarios disfrazados de democracia, en cuanto se establecen en el poder, ponen en marcha un proyecto de ingeniería social. El primer paso es imponer el discurso de una verdad única, bajo una irrefutable interpretación de la realidad. 

La cúpula totalitaria -la élite política, los gigantes tecnológicos, las universidades y los medios de comunicación- lo saben todo. Son dueños de verdades absolutas y a partir de ese convencimiento genera un tipo de relación autoritaria que somete a la sociedad a los caprichos de la dictadura. Su prioridad es cambiar la forma de pensar de la gente y convertir al adversario político en un desertor de la Constitución, al que se debe excomulgar. 

Hay malestar por el fraude de las elecciones, la culpa es de los partidarios de Trump considerados “enemigos de la patria”. Hay polarización y tensión racial en el país, la razón hay que buscarla en las políticas homófobas y de segregación que practican los republicanos. Hay un aumento de las muertes y los contagios por coronavirus, el causante es el anterior gobierno conservador, temerario e irresponsable, que no hizo bien su trabajo. 

Fiel a su estrategia de responsabilizar a la oposición de cualquier situación de crisis, con la llegada de los demócratas a la Casa Blanca las regulaciones ambientales, la inmigración, el empleo, los estímulos económicos, la justicia racial, los derechos de las mujeres y los homosexuales, las minorías y el liderazgo en el tablero internacional estarán asegurados a partir de ahora. La verdad no importa. Solo la narrativa.

Naturalmente, este modelo de Gobierno sumirá a Estados Unidos en el desconcierto institucional, en la crispación social y la parálisis económica, pero eso es algo que hoy una buena parte de los americanos -sobre todo los jóvenes universitarios- son totalmente incapaces de comprender. Están demasiado entretenidos en reivindicar la identidad sexual, la memoria histórica, las subvenciones estatales y el igualitarismo, en lugar de luchar por la defensa de las libertades, un sofisma fabricado por la derecha para engañarlos.

Tienen demasiada rabia contra los políticos y funcionarios corruptos -que solo identifican en las filas del Partido Republicano-, y demasiada indignación contra la ineptitud de los policías y contra el supremacismo de los “Proud Boys”, para detenerse a pensar en que Biden y Harris, lejos de resolver los problemas del país, los agravarán tendenciosa e irresponsablemente, aunque sólo sea porque en su cabeza revanchista y sectaria no hay otra cosa que ideas insensatas extraídas de la mitología marxista revolucionaria que hoy los activistas de izquierda enseñan a placer en las universidades y adoctrinan en medios de prensa como CNN o The New York Times.

Los demócratas: reescribir la historia
Verdad, Biden, Harris, El American
“Fiel a su estrategia de responsabilizar a la oposición de cualquier situación de crisis, con la llegada de los demócratas a la Casa Blanca las regulaciones ambientales, la inmigración, el empleo, los estímulos económicos, la justicia racial, los derechos de las mujeres y los homosexuales, las minorías y el liderazgo en el tablero internacional estarán asegurados a partir de ahora. La verdad no importa. Solo la narrativa.” (EFE)

¿Cuál ha sido precisamente uno de los primeros decretos firmados por Biden?

La revocación de la “Comisión 1776”, una iniciativa educativa firmada por el presidente Donald Trump para enseñar en los colegios la historia de Estados Unidos desde una perspectiva patriótica sobre la base de una identidad nacional y una cultura cívica republicana, en contra de la tesis de la izquierda que quiere anclar el pasado esclavista en una concepción sesgada, divisora y conflictiva de la memoria histórica.

En su lugar, Biden respalda el “Proyecto 1619” -suscrito por The New York Times– que tiene como objetivo reescribir la historia americana, describiendo a Estados Unidos como una nación intrínsecamente racista, con la esclavitud como telón de fondo y principal motor de una sociedad capitalista fundada en la injusticia social.

Escudándose en cuestiones políticas y tentaciones revanchistas, Biden creará un nuevo y orwelliano “Ministerio de la Verdad” con el fin de desinformar y ocultarles a los estudiantes, de forma sistemática y desde el poder, aquellos personajes y acontecimientos de la historia americana que no se ajusten a la agenda radical de la izquierda. En concreto, hay que convencer a la población de la naturaleza malvada y racista de los padres fundadores, y que la esclavitud fue cosa de los sectores de la derecha y nunca del Partido Demócrata, como así lo reconoce verdaderamente la Historia.

La decisión de Biden es perfecta para entender el mecanismo fundamental del totalitarismo. No es el triunfo de una ideología sobre otra, sino el sometimiento sistémico de un sector de la sociedad por otro que tiene el monopolio del poder y lo utiliza sin ningún freno para infundir miedo y adoctrinamiento contra la información libre.

¿Cómo se forma parte del imperio de la verdad? ¿Cómo te conviertes en cómplice del totalitarismo? Muy sencillo: aceptando el relato y transformándote en promotor y defensor del discurso oficial.

Los regímenes totalitarios son dictaduras transversales. El rebaño tiene que estar sindicado. Quien elige un camino diferente es enemigo político. Y quien intente aportar una interpretación distinta de la realidad oficial, es un subversivo.

Twitter, la nueva policía del pensamiento

En su papel de testaferro del poder de la izquierda, Twitter -la misma plataforma de comunicación que suspendió arbitrariamente la cuenta del presidente de Estados Unidos y que bloqueó la información ofrecida por The New York Post sobre los supuestos vínculos con Ucrania del entonces candidato demócrata a las elecciones presidenciales de Estados Unidos-, ha creado ya la primera jaula para controlar a los que no comulgan con la verdad oficial.

Se llama Birdwatch, una “aplicación comunitaria para etiquetar información falsa”, según reza en la cuenta de la red social pero que en realidad se trata de una maniobra contra las libertades públicas para instaurar un Estado totalitario de la información al estilo orwelliano, en el que el Gran Hermano digital proteja a los ciudadanos de toda información libre que Twitter -y el pensamiento inquisidor de izquierda- consideren nocivas y que puedan incomodarlos.

Por su parte, los medios de comunicación al servicio del totalitarismo, convertidos en célula de agitación y propaganda, les toca hacer su papel de agorero para justificar las prácticas intervencionistas en las libertades ciudadanas por parte del gobierno. 

Utilizando a Trump como la excusa política perfecta, Thomas B. Edsall, columnista de The New York Times, ha lamentado que las “fake news” del presidente hayan desatado un debate entre los juristas para analizar hasta dónde la “sacrosanta libertad de expresión” necesita protección constitucional cuando va contra los intereses del pueblo.

Bajo el título de “¿Han arruinado las mentiras de Trump la libertad de expresión? B. Edsall prepara el terreno para que todos comencemos a aceptar y a repetir el discurso oficial.

A partir de ahora, si la opinión pública americana no reacciona, lo más probable es que la gente prefiera callar sus verdaderos criterios y aprenda a disimular sus opiniones para poder sobrevivir.

Si eso llegara a suceder, ya será muy difícil desprenderse del lazo tiránico.

El mecanismo es perverso: una vez que la persona hace suyo el discurso oficial y repita las “verdades” de los nuevos dueños del poder, se desata el proceso del síndrome de Estocolmo. Quien lo padece, vive atormentado entre creer una cosa y manifestar otra bien distinta.

Es asombroso confirmar que ese diabólico proceso comienza cuando nos roban nuestras opiniones. Le pasó en “1984” a Winston Smith en el totalitario estado de Oceanía, donde el partido imponía su verdad oficial a través de la vigilancia omnipresente, la propaganda constante y la aniquilación de todo aquel que, aun en la intimidad, se rebele contra los dispositivos del poder. Algo que podría pasarle ahora al pueblo americano.

“No creo que el tipo de sociedad que describo llegue necesariamente a darse, pero sí (…) podría sobrevenir algo parecido”, escribía George Orwell unos días después de dejar su libro en la imprenta. Por eso su mensaje de alerta es más decisivo que nunca.

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