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El misterio de los hombres que quieren entregar sus vidas a Dios

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Como periodista estoy habituado a dar malas noticias. Para nadie es un secreto que mi oficio se dedica a pregonar el mal que hay en el planeta, y las buenas historias son una excepción que no ocurre con la frecuencia necesaria.

Después de meses sin publicar nada, siento la necesidad de regresar momentáneamente al teclado. Escribir una noticia que me ha alegrado el alma, y que siento indispensable compartir con quien quiera leer. Sean muchos o pocos.

Cuando se habla de los Seminarios Redemptoris Mater del mundo, con frecuencia se menciona a Madrid, Roma, Jerusalén o Medellín. De todos los seminarios, el de Évora, en Portugal, es quizás uno de los más desconocidos. Aquí, sin embargo, se encierra un misterio difícil de explicar para quien no lo ha atestiguado.

Son un misterio los seminaristas ¡vaya que lo son! Cuando se piensa en ellos se tiende a incurrir en el error de verlos como experimentos de laboratorio. Hombres privados de todo lo que disfrutamos afuera, que buscan un sentido en sus vidas y que quizás –con muchos milagros– llegarán a ser curas.

Yo nunca conviví directamente con seminaristas hasta este año. Muchas veces he escuchado que los cristianos estamos llamados a ser señal para el mundo. Que las familias en misión se van a Asia solo para que, al verlos, alguien pueda decir: “ellos tienen algo que yo no tengo, y lo quiero”. Pues eso pasó conmigo y los seminaristas. Viéndolos entendí que, pese a estar alejados de todas las cosas en las que yo buscaba la felicidad, eran más felices que yo.

Decidí dejarlo todo y quedarme en Évora para esperar un poco y ver exactamente qué era aquello. Fue en este tiempo cuando conocí a Rodrigo, un seminarista proveniente de Brasil.

Hay un rasgo particular en este tema de los seminaristas: la edad tiende a desaparecer. Llegas a un seminario y descubres que un chico cinco años más joven que tú te lleva décadas de ventaja en ese camino de lo imposible (dejarse conducir por el Señor). Rodrigo tiene 27 años. Solo dos años más que yo. Sin embargo, viéndolo caigo en cuenta de algo: esto de obedecer, da frutos.

No ha sido un camino fácil. No voy a entrar en detalles de su historia, pero puedo decir que después de muchas idas y venidas, este joven ha comprobado en carne propia la noticia más grande de todas: que Dios te ama como eres y quiere que seas feliz.

Rodrigo de Sousa Oliveira, brasileiro, es un joven con quien tengo mucho en común. Ambos somos hijos de padres catecúmenos y hemos recibido una palabra desde niños. Compartimos generación, gustos musicales y una experiencia de vida en comunidad que ha dado sentido a nuestra existencia.

Ambos nos hemos alejado, y en el momento de oscuridad más profunda, nos hemos encontrado con alguien que nos ha anunciado el amor de Jesucristo.

Otro de los misterios que descubres sobre los seminaristas: no les lavan el cerebro para volverlos impolutos. No. Son hombres como cualquiera, que en su debilidad han visto que Dios es fiel, y que en la obediencia reposa la clave del discernimiento.

Desde que lo conocí me dijeron que Rodrigo sería ordenado diácono en diciembre. Si se lo preguntabas, él asentía con una sonrisa. Con mucha timidez –pero seguridad– decía: “si Dios quiere”. He ahí otra clave. Si le preguntas a un seminarista cuándo se ordena y te da fecha, es que se conoce muy poco. Pensar en plazos en un seminario sería una esclavitud. Solo Dios sabe hasta dónde vas a llegar y para qué.

Rodrigo fue enviado a una villa de la Arquidiócesis de Évora llamada Campo Maior, que hace frontera con el Reino de España. Ahí ha estado durante los últimos meses. Fue en esa parroquia donde habría de ser ordenado, el día de la Virgen de Guadalupe, en una ceremonia cargada de significado.

(Imagen Jovel Álvarez)

En el Seminario Redemptoris Mater de Évora, hasta la fecha, se han ordenado el padre Alessandro Cont, un joven italiano que se formó en el seminario de Lisboa y que fue enviado como garante a este sitio cuando abrieron puertas; y Rodrigo, quien fue ordenado diácono hace solo unas horas.

Quizás alguno de los que lee esto pensará: “¿todo este texto para hablar de una ordenación diaconal? ¡Todavía no es cura!”. Por lo que he visto desde afuera puedo decirte que un solo año de seminario daría para libros enteros.

No sé qué ocurrirá con Rodrigo. No sé si será sacerdote o no. Pero es aquí donde mi función como reportero encuentra cierto sentido: es necesario que estas letras sean escritas para que sirvan como testimonio de lo que ocurrió hasta este punto de su vida. Para que en los momentos de crisis él sepa –tú sepas, Rodrigo– que con su “sí” al Señor ha dado testimonio a quienes lo hemos conocido.

Muchas cosas me han conmovido en estos días. Una de ellas fue ver cómo los hermanos preparaban cada detalle de la ceremonia con tanto amor. Joaquim, Francisca, Ingrid y Lourdes, hermanos en misión en el Seminario, han conducido ingentes esfuerzos cargados de caridad para que, en medio del ajetreo propio de estos días –y agravado por la pandemia–, Rodrigo pudiese sentirse amado.

El padre José, rector del seminario, ha pasado unos días de trabajo imparable. Cada detalle. Cada cambio, cada combate. Él siempre ahí, viendo cómo defender las vocaciones que le han sido encomendadas hasta hoy.

El amor que hay en un seminario es gigante. El amor de los hermanos por los seminaristas es inexplicable. Son un tesoro. Realmente lo son.

Rodrigo y yo venimos de realidades de Camino muy diferentes a la de aquí. En el Sur de Portugal, esta ordenación es un auténtico milagro para una zona difícil.

El hecho de que Rodrigo haya sido enviado y ordenado en Campo Maior constituye una señal estupenda. Según me contaban, el Camino estuvo presente hace unas décadas.

La ordenación diaconal de este joven ha servido como puente. Él jamás habría podido imaginar que esto ocurriría. Simplemente dejó que Dios hiciera la obra.

¿Te das cuenta, Rodrigo? Bastaba decir que sí y obedecer. Te has dejado sorprender.

Tal vez un día leas esto y te encuentres en un combate. Quizás sientas que las decisiones tomadas hasta ahora carecen de sentido y que todo ha sido para nada. Si es así, recuerda cómo llegaste esta mañana a la parroquia y también cómo saliste. Llegaste preocupado y ansioso. Saliste jubiloso. Te sentiste amado por Dios.

Hace muchos meses no fungía como reportero durante tantas horas. Sin embargo, fui sorprendido con la tarea de fotografiar la ceremonia. Ese es el privilegio de los periodistas: podemos ver todo en primera fila.

Ver a Rodrigo postrado en el suelo ante el obispo y ser revestido fue realmente emocionante. Mientras con una mano grababa el video, con la otra tomaba fotos. Me faltaba una tercera mano para poder limpiarme las lágrimas de emoción que compartía con tantos hermanos al ver aquel espectáculo de fe.

Como periodista estoy habituado a dar malas noticias. Tan solo este año, entre Venezuela, Nicaragua y Perú podría haber escrito una revista completa de tragedias. Hoy, sin embargo, he sido testigo de un milagro y es imposible guardarlo para mí.

La ordenación diaconal de Rodrigo de Sousa Oliveira es un regalo para quienes creen y para quienes no. También es gasolina para sus hermanos seminaristas, que lo conocen mejor que nadie y celebran con él la obra que Dios ha comenzado.

Joaquim escogió muy bien el canto para el momento en que revestían a Rodrigo: “dichoso el que encuentra en Ti la fuerza, y en su corazón decide el santo viaje”.

Rodrigo lo decidió. Recen por él.

(Imagen Jovel Álvarez)

2 comentarios en «El misterio de los hombres que quieren entregar sus vidas a Dios»

  1. Felicidades a Jovel Álvarez por éste hermoso reportaje, que al ir leyendo te va contagiando esa emoción y alegría que vienen del Espíritu Santo pero sobre todo se agradece que tomen en cuenta éste tipo de noticias que son bastante escasas, felicidades al diácono Rodrigo por dar su sí al Señor, gracias.🙏

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