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La muerte del Reaganismo: el futuro del conservadurismo en Estados Unidos

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Cada cierto tiempo, la política en Estados Unidos pasa por procesos de realineamiento. La Gran Depresión con el subsiguiente New Deal de FDR, la lucha por los derechos civiles en los años 60 y el arrase de Reagan en los 80 fueron solo algunos momentos que realinearon la política en Estados Unidos. Estos procesos modifican las lealtades partidistas de diversos estados, cambian la demografía electoral y movilizan sectores de votantes (minorías étnicas, clases sociales, religiones) de un partido a otro.

2016 marcó el camino para un nuevo realineamiento de la política norteamericana. Y aunque fuera una derrota, las elecciones del pasado 3 de noviembre no hicieron más que profundizar esta percepción: el Reaganismo ha muerto.

Este artículo pretende divisar algunos puntos claves del futuro del Partido Republicano. Aunque la victoria de Joe Biden siga en discusión en las cortes, luce segura. Sin embargo, parece que el Partido Republicano sostendrá su mayoría en el Senado y obtuvo algunas victorias en la Cámara de Representantes.

La victoria contundente que acabara con el Trumpismo de una vez por todas no llegó. De hecho, reforzó un proceso que empezó en 2016: el realineamiento de la política norteamericana y en particular de la plataforma del Partido Republicano.

¿Qué le espera al futuro del Partido Republicano? Puede resumirse en dos frases: un partido multiétnico y de clase trabajadora y common-good capitalism con one-nation conservatism

¿Por qué muere el Reaganismo?

Algunos dicen esto en tono congratulatorio. Celebran y bailan mientras entierran el cadáver del viejo conservadurismo, obsesionado con la estabilidad macroeconómica y que parecía valorar más la balanza comercial que la electoral. Esa extrañísima alianza entre evangélicos del sur, halcones y moderados aterrados por el socialismo seducidos por las deducciones fiscales ha sido demostrada como insostenible o, al menos, insuficiente.

Para otros, es una muerte dolorosa. Yo también tengo mi franela “Reagan/Bush ‘84”. Es difícil dejar atrás las políticas fiscales bellamente diseñadas, la ortodoxia económica y el rol policial de Estados Unidos en el mundo. Allí donde los liberales clásicos decían “vida, libertad y propiedad” y los nacionalistas “Dios, patria y familia”, el conservadurismo a-la Reagan los amalgamó y decía “Dios, familia y libre mercado”.

Esa fue la fórmula del Reaganismo y dicha fórmula llevó a los republicanos a gobernar en cinco de siete períodos desde el primer gobierno de Reagan. ¿Para qué abandonarla?

Dos derrotas electorales contra Barack Obama después, valía la pena replanteárselo. Y eso pasó con Donald Trump.

Prometió proteccionismo para llevar de vuelta trabajos industriales al Rust Belt, un paquete de infraestructura de un billón de dólares y renegociar acuerdos comerciales de Estados Unidos para conseguir términos más justos para los trabajadores norteamericanos.

¿El resultado? Trump ganó varios de los estados industriales que los republicanos no ganaban desde Reagan o Bush Padre (Wisconsin, Michigan y Pensilvania) y que habían perdido por más de 10% en 2008 y entre 5 y 10% en 2012. Trump no pudo repetir su victoria en 2020, pero nuevamente obtuvo resultados cerrados en dichos estados y ha sido el candidato republicano con mejores resultados entre minorías étnicas desde Eisenhower, cuando más del 40% de los afroamericanos votaban por el Partido Republicano.

El Reaganismo murió. Yo no soy de los que necesariamente lo celebra, pero es un hecho. Las fórmulas de ese viejo conservadurismo no posibilitan una lucha electoral en los estados industriales y entre minorías étnicas. Las personas no votan por estabilizar el déficit fiscal. Votan por una mejora visible en su calidad de vida y su seguridad.

La fórmula conservadora clásica no supo dar respuesta a la crisis de desempleo generada en el Rust Belt debido al consenso de libre mercado de los 90, ni mucho menos lo hizo el Partido Demócrata. Financiar guerras interminables hizo esto aún más difícil.

Seguir rechazando reclamaciones legítimas, como un sistema de salud decente y enfrentar las deudas predatorias que afronta el ciudadano promedio en Estados Unidos no va a mantener con vida al Partido Republicano. Menos aún cuando se defiende el dogma del Estado pequeño mientras se rescatan bancos y grandes empresas.

Desde 1992, la gran narrativa demócrata es que el Partido Republicano es el Partido de Wall Street y de las corporaciones. Esto en parte era cierto. Ahora bien, ¿le sigue conveniendo al Partido Republicano ser ese partido?

¿Quiere seguir defendiendo a las grandes corporaciones cuando financian a Antifa, silencian a políticos, medios y comentaristas conservadores en redes sociales y se han alineado con los intereses del Partido Demócrata? Una cosa es defender el libre mercado como valor y otra muy diferente defender a la élite económica mientras se recibe de vuelta poco y nada de ella.

Josh Hawley, senador por Missouri y una de las nuevas estrellas del Partido Republicano lo dijo mejor que nadie: “A los republicanos en Washington les costará procesar esto. Pero el futuro es claro: debemos ser un partido de clase trabajadora, no de Wall Street”.

El Reaganismo alineó los intereses comunes de conservadores cristianos y liberales clásicos. Le dio una identidad clara al Partido Republicano, lo convirtió en un partido decididamente pro-vida, pro-mercado y pro-familia. Pero cumplió su rol. Los viejos conservadores seguirán existiendo y seguirán ganando votos en el Congreso, las legislaturas locales y las gobernaciones. Pero difícilmente esa fórmula seguirá trayendo resultados a gran escala para el Partido Republicano. Los cambios electorales demográficos de 2016 y 2020 lo demuestran.

El terror que le tomaron los conservadores al uso del poder también demuestra la necesidad de la muerte del Reaganismo. Bajo la excusa del Estado pequeño y de no usar el poder para que luego no lo usen en contra de ti, los republicanos terminaron viendo desde las gradas mientras la Administración Obama pasaba propuestas a mansalva por órdenes ejecutivas y llevaba a las cortes lo que no podía obtener por legislación.

Tampoco han temido usar a sus Reyes-Filósofos de Sillicon Valley como últimos conocedores de la verdad y censores no-oficiales del Partido Demócrata. Y ni hablar la politización de los procesos de nominaciones judiciales donde los republicanos cedieron constantemente para nombrar jueces moderados mientras los demócratas cambiaban las reglas, acusaban falsamente a jueces conservadores, se negaban a aceptar nominaciones y un larguísimo etcétera.

Parece que con la llegada de Trump al poder, los republicanos perdieron el miedo a hacer uso del poder. Sin embargo, este balance es delicado. Una cosa es dejar de temer ejercer el poder y otra muy distinta pasar por encima de las instituciones. Y allí es donde tiene que marcarse la línea y donde el Partido Republicano debe dejar atrás parte de la retórica de estos últimos cuatro años.

La fórmula cambió. Llámela como quiera: conservadurismo populista, derecha posliberal, Trumpismo sin Trump o búsquele un nombre más elaborado como ordoconservadurismo, pero una cosa es clara: el Reaganismo murió. Bajo el viejo conservadurismo, el Partido Republicano se convirtió en el Partido del “No”: no a la salud pública, no a las regulaciones medioambientales, no a una reforma migratoria sensata, no a los aumentos de impuestos, no a regular las tasas de interés; no, no, y no.

En una excelente pieza de opinión para The Daily Wire, el ahora congresista más joven del país con 25 años, Madison Cawthorn dijo “en asuntos como salud, el medioambiente y otros temas fundamentales, nuestro liderazgo ha atacado agresivamente las ideas de izquierda pero no ha podido formar un consenso en torno a las mejores ideas de la derecha”.

No me malinterpreten. Algunos de estos “no” son necesarios. Pero, en general, demuestran una falta de creatividad y una gran desconexión con los problemas de la población.

¿En qué podría basarse esta nueva fórmula?

Common-Good Capitalism

Marco Rubio se ha convertido en uno de los rostros del realineamiento del Partido Republicano

Marco Rubio, miembro del Tea Party Caucus del Senado fue uno de los primeros en notar este problema. En diciembre del año pasado publicó un artículo en National Review titulado “The Case for Common Good Capitalism”.

Rubio afirmó que lo que asegura una sociedad y una economía próspera y justa es donde se defienden los derechos de las empresas y los trabajadores y sus obligaciones mutuas. Trabajadores y empresas no son competidores, sino socios: las empresas tienen el derecho a obtener ingresos pero también tienen la obligación de reinvertir esas ganancias productivamente para beneficiar a los trabajadores y a la sociedad en pleno.

Allí, Rubio atacó a las grandes corporaciones por dejar de ser motores de innovación productiva, mientras se enfocaban en puramente aumentar los ingresos de sus accionistas. En los últimos 40 años, las ganancias enviadas a los accionistas aumentaron 300%, mientras que la reinversión en la producción de la empresa y sus trabajadores, cayó 20%. 

Que esto no es un problema y es simplemente el curso normal del mercado solo cabe en la cabeza de algún miembro de un Think Tank dogmático. Trump lo entiende. Por esto no puede extrañar que en 2016, más de 200 mil personas en Michigan, Pensilvania y Wisconsin apoyaron a Bernie Sanders en las primarias demócratas y luego a Trump en las elecciones presidenciales. Estos votos representan más del doble del margen por el que Trump ganó estos estados.

¿La solución según Rubio? Un capitalismo de bien común: un sistema de libre empresa donde los trabajadores reciben los beneficios de su trabajo y las empresas disfrutan su derecho a obtener una ganancia y reinvierten lo suficiente para crear trabajos altamente productivos. Reducir la presión fiscal sobre la clase media y las pequeñas empresas para promover el ahorro, la tenencia de propiedad y el emprendimiento.

Lo que es más eficiente para el mercado no es necesariamente lo mejor para los ciudadanos. Bajo esa lógica, Estados Unidos se volvió dependiente de China en minerales raros y muchos sectores de producción industrial. Bajo la pura lógica del mercado, es difícil justificar permiso parentales pagos y créditos fiscales por números de hijos, pero bajo la lógica política y humana, es mera sensatez.

¿Pero a quién le va a seguir apostando el Partido Republicano? ¿A las corporaciones que han abrazado la causa progresista y tercerizado su producción? ¿O a las familias trabajadoras que votan desde el bolsillo y no desde la identidad, como quiere el Partido Demócrata?

Y Rubio cierra el artículo con una frase demoledora, que repitió hace poco en entrevista con Axios: “El libre mercado existe para servir a nuestros ciudadanos. Nuestros ciudadanos no existen para servir al libre mercado”.

Esto nos lleva al siguiente punto.

One-Nation Conservatism

Permítaseme traer un término de la política británica para describir el aspecto cultural fundamental que debe seguirse de esta nueva identidad del Partido Republicano. El entonces alcalde de Londres, Boris Johnson definió esta forma de conservadurismo en 2010: “Soy un one-nation Tory. Hay un deber por parte de los ricos hacia los pobres y necesitados, pero no ayudarás a las personas a expresar su deber y satisfacerlo si los castigas fiscalmente de forma que huyan de esta ciudad y de este país”.

El primero en usar este término fue Benjamin Disraeli en 1845, unas dos décadas antes de convertirse en Primer Ministro. Veía que ricos y pobres ignoraban completamente la forma de ser y hábitos del otro, tanto como si fueran habitantes de planetas distintos. Así, proponía que habían obligaciones mutuas entre los miembros de una nación y, en particular, de las élites hacia los más desfavorecidos. El cumplimiento de estas obligaciones mutuas permiten mantener dicha sociedad cohesionada.

Benjamin Disraeli, padre del one-nation conservatism

El one-nation conservatism tiene en sí una idea clara: el bien común está formado por bienes sustantivos que tienden a una interdependencia mutua en la sociedad. Bajo esta visión, el bien común no es una quimera, no es meramente procedimental, ni se reduce a los procesos democráticos. Es algo tangible y su consecución lima las asperezas sociales.

Por tanto, busca la preservación de los principios tradicionales de un país en el marco de una democracia con una política económica y social dirigida a beneficiar al ciudadano de a pie. Esto tiene un fin claro: permitir el desarrollo orgánico de la sociedad, en vez de revoluciones o ingeniería social.

La política identitaria seguida por el Partido Demócrata busca usar a la clase trabajadora y las minorías étnicas para cumplir con sus fines ulteriores. Seguir repitiendo las viejas fórmulas conservadoras y priorizar a las grandes empresas le allana el camino al ala más radical del Partido Demócrata.

El one-nation conservatism se conecta adecuadamente con el common-good capitalism. En este realineamiento del Partido Republicano como un partido de clase trabajadora es evidente que se debe dejar de satanizar ciertas medidas sociales.

Un buen ejemplo de esto: mientras Donald Trump ganó Florida con la mayor diferencia porcentual en 16 años y sumando un millón de votos más que en 2016, los ciudadanos aprobaron el aumento del salario mínimo a $15 la hora. ¿Sería esto posible si el Partido Republicano en Florida, con Ron DeSantis y Marco Rubio a la cabeza, siguiera operando bajo la lógica Reaganista? Difícilmente.

¿Cuál debe ser la agenda futura del Partido Republicano bajo esta lógica? Lo responde Darel E. Paul en su reciente artículo para First Things: “sostener la dura política comercial con China, entrenamiento laboral para trabajos industriales de alto impacto, mayores regulaciones para Silicon Valley y Wall Street, sindicatos privados más fuertes, permiso familiar pago, créditos por hijo—y los impuestos para pagarlos”.

Paul propone que dicha agenda puede moverse fundamentalmente a nivel estatal. Con el nivel de déficit fiscal y la más que improbable colaboración bipartidista a nivel nacional, luce complicado aplicar cambios sustanciales en esa instancia. Sin embargo, las legislaturas regionales pueden expandir Medicaid, como ya han hecho Nebraska y otros estados republicanos y también aumentar el acceso a colleges comunitarios, como lo hizo el muy republicano Tennessee.

El Partido Republicano logró cautivar más votos de minorías y de clase trabajadora por empezar a dejar de lado la ortodoxia económica.

Partido multiétnico de clase trabajadora

Que la clave de la victoria de Trump en 2016 fue la clase trabajadora blanca en los estados industriales es bien sabido. Lo que pocos esperaban en 2020 es su éxito entre minorías raciales. Aumentó en 4% su apoyo entre afroamericanos, hispanos y asiáticos y entre minorías sin título universitario, su apoyo subió 7%. Entre la clase trabajadora blanca, Trump obtuvo diferencias notables sobre Biden de 27% en Pensilvania, 22% en Nevada, 20% en Michigan, 16% en Minnesota y también ventajas de dos dígitos en Maine y New Hampshire, aunque Biden haya ganado estos estados.

Parece una locura que un candidato pintado como un racista haya mejorado en 12% su apoyo entre hispanos en Florida y un 28% en el condado más hispano del país, Starr County, Texas donde el 99% de la población es de origen latino. 20 condados de Texas de mayoría hispana giraron hacia Trump por más de 10% y obtuvo un apoyo del 40% de los hispanos en Texas.

El hecho es que aunque los demócratas quieran que todos los latinos voten basados en su “identidad”, y bajo la percepción de que el Partido Republicano los odia, muchos lo hacen desde el bolsillo y la seguridad. La política identitaria surgida de las universidades norteamericanas y de discusiones aburguesadas en California y Nueva York difícilmente conecta con una abrumadora mayoría de los latinos.

Esto deja aún más claro que el futuro del Partido Republicano es distinto a su pasado. Por más retórica socialista que tenga, el Partido Demócrata se convirtió en el partido de las élites urbanas y del capitalismo woke. Con Trump, el Partido Demócrata perdió la narrativa que sostuvo por 25 años: el Partido Republicano es el partido de Wall Street y del capitalismo corrupto. De allí, la narrativa giró en torno a la persona de Trump. Con el presidente ahora fuera del camino, los demócratas pierden una narrativa poderosa con la que atacar las bases republicanas.

Trump fue necesario para despertar al Partido Republicano de su delirio Reaganista y de su adoración de las cenizas del dogmatismo del Estado pequeño. Un Estado pequeño y una economía de libre mercado no son excusa para regalar espacios políticos y dejar de lado los intereses legítimos de los ciudadanos sin aportar soluciones innovadoras.

Con Trump y su retórica anti-instituciones fuera del camino, el Partido Republicano puede hacer borrón y cuenta nueva: dejar de venerar las cenizas del viejo conservadurismo para abrazar un proyecto posliberal que dé paso a una coalición multiétnica, de clase trabajadora y basada en un sistema de empresa que ponga primero los intereses de los ciudadanos que los de los Think Tanks y hedge fund managers. Un Partido Republicano que entienda que la batalla más importante es la batalla cultural y no la batalla por el Estado pequeño. Ese es el camino.

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