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El mundo, por fin, está cambiando

El mundo, por fin, está cambiando, El American

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El surgimiento del movimiento #MeToo provocó una revolución cultural que empezó como una causa legítima y devino en persecución, censura y revisionismo. Lo que en un principio fue un pertinente llamado de atención a la complicidad de Hollywood con depredadores sexuales se fue desdibujando. Un ejemplo de esto fue el episodio del comediante Aziz Ansari, cuando hordas de chicas indignadas lo intentaron cancelar. ¿Qué había ocurrido? Ansari simplemente tuvo una mala cita con una chica. Afortunadamente, en ese momento las hordas no lograron cancelar al comediante.

Paralelo al #MeToo, las élites progresistas empezaron a evaluar el resto del comportamiento de la sociedad y a limitar lo que creían que era nocivo. De Hollywood, la persecución migró al debate político, a la educación y al resto de la cultura. Y de Estados Unidos, el revanchismo se esparció por el mundo.

Se podría decir que el espíritu del #MeToo se fundió con las demandas de Black Lives Matter (que había surgido en 2014, luego de la muerte de Michael Brown) y se consolidó bajo el paraguas del Wokeism. El propósito, ahora, era estar literalmente despierto, alerta ante cualquier conducta que para un grupo sea censurable y nociva. Y ese grupo, naturalmente, son las élites.

El movimiento Woke, atento a las cuestiones de racismo, desigualdad social, identidad sexual, discriminación, etcétera, empezó a tomarse cada producto cultural, convirtiendo absolutamente todo lo que hay para consumir en un statement político. Por un tiempo, y potenciado por el debate político con Donald Trump polarizando desde la Casa Blanca, el fenómeno fue acogido por gran parte de la sociedad. Sin embargo, esto está cambiando definitivamente.

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Hace unos meses, en un colegio público en el Condado de Loudoun, Virginia, un joven que se aprovechó de las políticas a favor de los trans abusó de una niña en un baño para mujeres. La junta escolar del distrito, para proteger sus políticas pro-trans, encubrió al niño. Esto se supo y la rabia estalló.

El lanzamiento en Netflix de la película Cuties, en el que un grupo de niñas baila sexualmente, también generó indignación general. A la audiencia no le gustó que una niña de unos 13 años apareciera en pantalla twerkeando en shortcitos. El contraste entre las élites y la gente es palpable en el agregador Rotten Tomatoes, donde Cuties tiene 16 % de aprobación por parte de la audiencia, pero un 88 % por parte de los críticos.

Aprovechando la fuerza casi imparable de la cultura Woke, el actor Jussie Smollett mintió a la policía sobre un supuesto ataque homofóbico y racista del que dijo haber sido víctima en Chicago. En enero de 2019, Smollett aseguró que dos hombres blancos, trumpistas, le habían golpeado e insultado por ser negro y homosexual. Todo resultó ser una mentira y Smollett fue declarado culpable de seis cargos por alterar el orden público.

En otro caso del desenfreno de la cultura Woke, un profesor de la State University of New York pretendió “normalizar” la pedofilia, luego de decir que “no es obvio” que esté mal para un adulto querer tener sexo con una niña. También, en el 2014, el New York Times trató de explicar en una columna cómo la pedofilia no debería ser tratada como un crimen sino como un “desorden”.

Tenemos el #DefundThePolice, por varios meses una consigna de la izquierda americana, que terminó siendo un lastre para el Partido Demócrata. A Black Lives Matter derribando estatuas por todo Estados Unidos, como la de Abraham Lincoln —quien, de hecho, abolió la esclavitud. O a CNN diciendo mostly peaceful protest mientras en su transmisión varios edificios ardían en llamas.

Son demasiados los casos en los que para todos era obvio que la cultura Woke se había salido de control. Y el backlash era inminente.

Este 25 de abril Elon Musk, la persona más rica del mundo, compró Twitter por casi $44 mil millones, luego de un pulseo de varios días con el board de la compañía. La compra de Twitter no tiene motivación económica, sino ideológica. Musk ha dejado muy claro que su propósito es convertir a Twitter en un espacio en el que impere la plena libertad de expresión. Es crítico de la censura ideológica de la red social —que tiene como víctimas a personalidades como el presidente Trump, James O’Keefe, Alex Jones, Michael Flynn o Mike Lindell.

La compra de Twitter por parte de Musk no se puede desestimar como una simple movida financiera. La plataforma todavía representa el principal espacio de discusión en el mundo. Es, sin duda, la plataforma en la que circula las posturas más influyentes, en la que participan las personas más poderosas del mundo y en la que vive la opinión pública.

Elon Musk ha sido un fuerte crítico de la cultura Woke. De hecho, recientemente, ante la caída de suscriptores de Netflix, tuiteó: “El virus de la mente Woke está haciendo que sea imposible ver Netflix”. Ante ese tuit, un usuario escribió: “El virus Woke es la mayor amenaza a la civilización”. Musk respondió: “Sí”.

Es probable que uno de los episodios que impulsó a Elon Musk a comprar Twitter haya sido el de la censura de la página satírica conservadora The Babylon Bee. Luego de que la plataforma suspendiera a The Babylon Bee por un chiste sobre Rachel Levine, subsecretaria trans de Salud, el CEO de la página satírica, Seth Dillon, dijo que Musk lo había contactado y le dijo que, para solucionar el tema de la censura, “quizá tendría que comprar Twitter”. Eso ocurrió el 5 de abril. Veinte días después, lo hizo.

El tema de la libertad de expresión ha estado marcado en cada paso de Musk desde hace varios meses. Él insiste en que su principal propósito con la compra de Twitter es convertir a la plataforma en un verdadero espacio en el que se encuentren las diferentes posturas sobre diferentes temas. Este 25 de abril, justo cuando se confirmaba la compra, Musk tuiteó: “Espero que incluso mis mayores críticos se queden en Twitter, porque de eso se trata la libertad de expresión”.

Y queda claro que la libertad es el centro del debate cuando uno escucha reacciones a la compra de Twitter, como la del presentador de CNN, Brian Stelter: “Si te invitan a un lugar donde no hay reglas, donde hay plena libertad, ¿realmente quieres ir a esa fiesta?”. Hoy se leen miles de comentarios de gente molesta en Twitter, que amenaza con cerrar su cuenta. No les preocupa que los censuren o queden fuera de la plataforma. Les preocupa, en cambio, que regresen a la plataforma quienes, para ellos, deberían estar censurados. Se trata, realmente, de un desprecio y un temor a la libertad de expresión.

Que la persona más rica del mundo, con intención de incidir en el debate político, esté en contra de la cultura Woke, es un factor completamente decisivo y un game changer. Sin duda que Elon Musk es alguien que todos quisieran tener de su lado, por su leverage.

Caen los suscriptores de Netflix y la compañía se desploma. CNN+, el esfuerzo multimillonario de CNN para entrar en el mercado del streaming, fracasa apenas tres semanas luego de su lanzamiento. Disney pierde su estatus de privilegio fiscal en Florida, después de que se involucrara en discusiones políticas e ideológicas. Twitter deja de estar en manos de un board progresista, que hasta el momento había censurado sin límite.

El mundo, por fin, está cambiando. La gente se hastió del Wokeism, de la intolerancia y la poca libertad en el debate. La euforia que ha generado la movida de Elon Musk da cuenta de lo que la sociedad aspira. Que Trump vuelva a la plataforma es tendencia. Todos quieren debatir. Ese es el punto. Que todas las posturas puedan encontrarse, libremente, y se amplíe el mercado de las ideas. Hoy Musk es la persona que está logrando eso. Puede que hayamos llegado a un punto de no retorno.

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