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Navidad,

La Navidad y el verdadero reinicio

Celebremos la Navidad con un sentido de devoción verdadero y una dosis de concienciación generosa

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La Navidad señala la celebración anual del nacimiento de Jesucristo. El significado de esta fecha, en ninguna circunstancia, debe ser relegado estrictamente para los fieles. Este acontecimiento marcó el comienzo de una vida, humana, pero divinamente constituida y todopoderosa. En pocas palabras, el mundo cambió como resultado de la llegada del Salvador. Esto no quiere decir

el mal sería eliminado del mundo. No. Eso violaría las mismas leyes y premisas de su encarnación humana y el curso que tenía que seguir. En su culminación material, una renovación permanente se llevó a cabo. A pesar de todos los desafíos de las fuerzas del mal de ayer y de hoy, la esencia de los valores, la visión del mundo, y la esperanza que esa Vida excepcional le otorgó a la humanidad, está siempre viva y presente. Es muy apropiado tener en cuenta algunas de ellas. Consideremos sólo tres.

El cristianismo como religión, movimiento, sistema de creencias que brotó a raíz de la vida de Jesús, puso en marcha un reinicio universal verdadero. Comencemos con la libertad. La propia noción de elegir voluntariamente, de creer o no, fue una innovación revolucionaria que subrayó la parte que la libertad fue dada en esta nueva forma de ver y vivir el mundo.

Históricamente, hasta ese momento, una larga línea humana de rituales mecánicos, de sacrificio y/o de culto eran la norma de conducta exigida a los sujetos e impuesta por las autoridades políticas absolutistas o sus equivalentes. Tras la reformulación del paradigma, el Niño Redentor nacido el día de Navidad desató un pacto en el que se le pedía a los creyentes (y no creyentes) que salieran a la luz, vivieran una vida virtuosa y reclamaran el don de la vida eterna, mediante la gracia para algunos, la fe para otros, pero siempre a instancias de la razón y la toma de decisiones.

La predestinación templada con el libre albedrío, en consonancia con el consuelo de que sólo un acto virtuoso realizado en el libre ejercicio de la acción lleva consigo la dosis adecuada de mérito.  Como el Papa Benedicto XVI escribió agudamente: “La libertad es, evidentemente, la estructura necesaria del mundo” (Ratzinger 158).

Si la libertad se hace estructuralmente evidente con la noción de que el espacio libre dado para creer o no nos asegura que somos libres, sería lógico concluir que la responsabilidad personal debe desempeñar un papel importante en esta comprensión liberadora de la vida. Somos responsables de nuestras buenas acciones, así como de nuestros pecados. Tal es la interpretación de la justicia, otro componente fundamental de la iniciación de este nuevo orden.

La justicia, sin embargo, no está encadenada a las normas convencionales que tan a menudo son caprichosas y están sujetas a los vaivenes de las cuestiones temporales, sino más bien una justicia como la que predicó el Niño de Belén una vez adulto, la justicia de un reino sobrenatural. Estaba la justicia del César: coja, defectuosa y potencialmente injusta; y por otro lado existía la justicia ineludible y superior, bajo la administración divina.

De repente, con la relación especial que la libertad y la justicia adquirieron con el ascenso del cristianismo, se pudo ver el despliegue de mecanismos bien situados que establecen parámetros importantes para los modos preferidos de organizar un gobierno cívico, como la democracia dentro de una república constitucional. ¿Dónde está el puente entre los principios de la doctrina cristiana y la política convencional? La Ley Natural y el hecho de que hay derechos preeminentes que son dados por Dios y un sistema superior de aplicación de la justicia que produce una ciudadanía mejor, por un lado, e invoca una mayor responsabilidad por parte de la sociedad, por el otro.

La transformación global que el Rey Niño puso en marcha, de haber sido aplicable durante su fase terrenal, podría haber encontrado un mundo mucho menos hostil que el que vivió Jesús. El reinado de una tiranía brutal con todo el peso del terrorismo estatal y la persecución política, una religión organizada cómplice e impía, mecanismos de creencias paganas estatales competidoras, la práctica abierta del infanticidio, la pobreza abyecta, las horribles condiciones sanitarias, un sistema de justicia bárbaro y el atraso tecnológico (por nombrar algunos) representaban las características existenciales del entorno humano al que se enfrentó Jesús.

Celebremos la Navidad con un sentido de devoción verdadero y una dosis de concienciación generosa, y tratar de comprender que los males de nuestro tiempo, fueron mitigados en gran medida por lo que los seguidores y creyentes en ese Niño Rey que honramos en esta ocasión especial, facilitaron. Mantengamos la tradición, en su pleno significado, vivo, relevante y permanezcamos fieles a ese camino que conduce a la preservación de ese reinicio trascendental que Jesús comenzó ¡Feliz Navidad!                           

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