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No olvidemos este año

Luego de más de diez meses de pandemia, la primera conclusión es clara: ninguno tuvo la fórmula del éxito. Pero sí les fue mejor a los que no inmolaron todo por temor a un sermón de alguna organización internacional tomada por China. Y he ahí la segunda conclusión: China es la mayor amenaza que hoy enfrenta la humanidad

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La pandemia definió el 2020 de toda la humanidad. Y quizá la cambió para siempre. Empecemos por que el maldito virus nos quitó aquello que permite a las vidas concluir noblemente: el adiós y ese abrazo. Luego nos quitó tiempo. Nos puso por meses en suspenso, cuando más se necesitaba mantener enérgico el desarrollo. Vinieron los Estados y nos condenaron a nuestras casas.

Yuval Noah Harari alertó del dilema entre seguridad y privacidad. Pero no hay dilema. No puede haber seguridad si han violentado nuestra privacidad. Ahora escanean nuestra temperatura donde entramos. Nos preguntan dónde estuvimos, qué sentimos. El mundo cambió para siempre, domo dijo Kissinger en el Wall Street Journal. Y Harari también nos alertó de otro peligro: tenemos la obligación moral y humana de impedir que esta crisis, en la que en algún momento clamamos por Estados fuertes, devenga en un futuro dominado por el Big brother.

Seguridad versus privacidad. El verdadero dilema es todo versus libertad. Y hoy corre peligro. Porque sí se han fortalecido los sistemas que ofrecen orden por encima del libre desarrollo de los individuos. Orden por la imposición de los criterios de un grupo de burócratas que cree saber qué es lo mejor para la salud de las personas. Y esto trasciende banderines y colores. Los Gobiernos de izquierda y de derecha concertaron en el sacrificio de la libertad humana para apostarle al resguardo de sus gobernados. Eso, pese al sinnúmero de estudios que rebaten la idea de que el cierre draconiano de las ciudades salva gente.

Luego de más de diez meses de pandemia, la primera conclusión es clara: ninguno tuvo la fórmula del éxito. Pero sí les fue mejor a los que no inmolaron todo por temor a un sermón de alguna organización internacional tomada por China. Y he ahí la segunda conclusión: China es la mayor amenaza que hoy enfrenta la humanidad.

No solo China amontonó a cientos de miles de uigures en campos de concentración y persiguió rabiosamente a activistas de derechos humanos. Su acoso contra las libertades dentro de sus fronteras debería de ser intolerable para quienes en Occidente creemos en la dignidad del hombre. El aplastamiento del Tíbet, pero sobre todo la toma criminal de la otrora libre Hong Kong, debería de provocar reacciones decisivas de este lado del mundo. Y está, para interés nuestro, lo que ha ocurrido fuera de sus fronteras. El mundo hoy padece por la nada accidental irresponsabilidad del régimen comunista en la contención del coronavirus. Con cada vez más penetración en Occidente, China es un peligro indomable.

Sus mártires también son nuestros. Porque el médico y la periodista perseguidos por la dictadura de Xi Jinping no trataron de informarle a su país de los peligros del virus. Trataron de informarnos a nosotros.

Hoy es la única economía pujante y el único país favorecido. Amén de las desgracias del resto, China crece. Por eso toca fortalecernos más que nunca. La debilidad ante los enemigos, que empiezan por China, pero pasan por Irán, Venezuela, Cuba, Turquía y Rusia, nos ata de manos y nos expone a ser devorados, muchas veces desde adentro. Y ahí está Estados Unidos.

El futuro no es tan alentador. Al menos tendremos cuatro años de una Casa Blanca tibia y frágil ante quienes aspiran a minar a la mayor república del mundo. Eso, en el mejor de los casos. En el peor de los casos la eventual administración de Joe Biden podría ser aliada de sus propios adversarios. En un grado mucho más dramático que el Gobierno de Obama, presenciaríamos, de rodillas, a un Estados Unidos que sacrifica al mundo a propósito de acuerdos indeseables con Irán, China o el chavismo.

Pero esto nos ofrece una oportunidad. Jamás había sido tan necesario que los que creemos en los mismos valores redoblemos nuestros esfuerzos. Y en parte, para ello, nació El American.

Me quedo con esto último. Porque fue un año difícil. Yo lo empecé en Nueva York y lo termino en Medellín. Mejor, pese a lo infrecuente de eso con tanto que ha pasado. En gran parte mejor porque nació esta iniciativa. Es el futuro y es para redoblar esos esfuerzos de los que hablo. Escribamos, hablemos y gritemos. Nos toca apegarnos a eso que Yan Lianke le dijo a sus estudiantes de la Universidad de Hong Kong:

«Si no podemos alzar la voz, susurremos; si no podemos susurrar, guardemos silencio y conservemos la memoria y los recuerdos. Que cuando lleguen los cantos —a punto de reproducirse— por la que ha venido a llamarse una victoria bélica contra la aparición, azote y propagación de este coronavirus, permanezcamos a un lado en silencio, con nuestra tumba interior. Que nuestra memoria sea indeleble, para que podamos algún día transmitirla a las generaciones venideras».

No olvidemos este año.

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