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Victor Hugo, El American

La notable actualidad de la pluma de Víctor Hugo

El escritor francés, tal como señala Ayn Rand, “se profesaba socialista, pero era un individualista ferozmente intransigente”

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Resume su impronta liberal este notable escritor francés en su suculento libro titulado Vida de Shakespeare, autor que se declara de un socialismo peculiar, puesto que coloca en primer término el respeto por las autonomías individuales, así consigna con fuerza que “nada hay fuera de la libertad”, ya que “pretender realizar civilización sin ella es equivalente a intentar la agricultura sin sol”. Más abajo constataremos su crítica acérrima al comunismo y al redistribucionismo.

A pesar de que autorizados biógrafos como Matthew Josephson, André Maurois y Graham Robb no lo destacan de esa manera, estimo que el mejor modo de conocer el pensamiento de Victor-Marie Hugo en materia social es en la obra mencionada. Allí no solo se aprecia su pluma envolvente, precisa, elegante, grandiosa y, por momentos, fulminante (el traductor —en este caso Edmundo Barthelemy— realiza una tarea magistral), sino que se puede sopesar de modo transparente su capacidad de análisis histórico, político y filosófico y su notable elocuencia y fenomenal capacidad didáctica. Hasta diría que se trata secundariamente del célebre poeta y dramaturgo inglés y mucho más sobre las sesudas reflexiones y consideraciones muy medulares que estampa el escritor francés respecto a los más diversos aspectos pasados, presentes y futuros de la vida cultural de la humanidad.

Pasa revista con pinceladas firmes y de colores bien definidos y vibrantes a las personas y a las épocas de Lucrecio, Juvenal, Tácito, San Pablo, Dante, Rabelais, Cervantes, Voltaire y, desde luego, el propio Shakespeare. No escatima esfuerzos en fotografiar a Sófocles, Virgilio, Milton, La Fontaine, Galileo, Newton, Schiller, Beethoven, Kant, Montesquieu y algunos otros colosos del espíritu.

Revela una repugnancia visceral por el poder político y una profunda admiración por el pensamiento noble. Escribe que “El espíritu humano tiene una cumbre. Esa cima es el ideal. Dios desciende a ella, el hombre sube” porque “Existir es saber que se quiere, que se puede, que se debe”. Prosigue al afirmar que “Desde que existe la tradición humana, los hombres de fuerza fueron los únicos que brillaron en el empíreo de la historia […] Este resplandor trágico llena el pasado [… pero] la civilización oxida rápidamente esos bronces”. Por otra parte, “¿Qué son estos monstruos? Síntomas […], son el producto de la estupidez ambiente [… puesto que] el lobo no es otra cosa que un producto del bosque.”

Entonces si “los hombres malvados son un producto de cosas malas. Corrijamos, pues, las cosas. Y aquí volvemos a nuestro punto de partida. La circunstancia atenuante del despotismo es el idiotismo”. Más adelante señala que “Es evidente que la historia deberá ser escrita otra vez [… minimizando] los gestos reales, los éxitos guerreros, las coronaciones […] las proezas de la espada y del hacha, los grandes imperios, los fuertes impuestos […] sin más variante que el trono y el altar […] Hasta ahora, la historia fue cortesana. La doble identificación del rey con la nación y del rey con Dios es obra de la historia cortesana […] vaga declamación teocrática que se satisface con esta fórmula: Dios tiene su mano en el corazón de los reyes. Hecho imposible por dos razones: Dios no tiene manos y los reyes no tienen corazón.” Y enfatiza el espejismo y la falacia más grotesca de que “El rey paga, el pueblo no. En ello estriba, poco más o menos, el secreto de este género de historia” y concluye que “la habilidad de los gobernantes y la apatía de los gobernados acomodaron y confundieron las cosas de tal modo que todas estas formas de la pequeñez principesca ocupan lugar en el destino humano.”

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En esta misma dirección puntualiza: “Que un hombre haya hecho pedazos a otros hombres, que los haya pasado por el filo de la espada, que les haya hecho morder el polvo de la derrota, horribles locuciones que concluyeron por ser espantosamente banales; buscad en la historia el nombre de ese hombre, cualquiera sea este, y lo encontraréis. Buscad en ella el nombre de quien inventó la brújula y no lo hallaréis […] tontería colectiva que se desprende de esa historia. En esa historia hay de todo menos historia.[…] Es preciso que los hombres de acción se ubiquen detrás de los hombres de pensamiento. Allí donde anida la idea, está el poder” en cuyo contexto Víctor Hugo se despacha muy peyorativamente contra las enseñanzas escolares de historia donde el foco de atención se centra en las dinastías reinantes y en los desplazamientos del poder, en lugar de destacar las contribuciones de intelectuales y científicos y los magníficos descubrimientos del hombre corriente.

Sostiene que deberá colocarse “en la primera fila a los espíritus, en la segunda, tercera, en la vigésima a los soldados y los príncipes […] Volverán a ser acuñadas las medallas. Lo que fue el reverso se hará anverso y el anverso será reverso. Urbano viii será el reverso de Galileo” y se llamarán a silencio “los porta espadas”, ya que se “tendrán menos en cuenta los grandes sablazos que las grandes ideas” puesto que “¿qué significa la invasión de los reinos comparada con el florecimiento de la inteligencia? Los conquistadores de espíritus eclipsan a los conquistadores de provincias […] Las tiaras y las coronas no agregarán a la estatua de los pigmeos nada más que ridículo; las genuflexiones estúpidas desaparecerán. De ese nuevo erguimiento nacerá el derecho. Nada perdura sino el espíritu […] En medio de la noche admito la autoridad de las antorchas.”

El autor aclara que quiere significar con su socialismo al advertir con énfasis que “Ciertas teorías sociales, muy diferentes al socialismo tal como lo entendemos y lo deseamos, se han extraviado. Apartemos todo aquello que se parece al convento, al cuartel, al encasillamiento, a la alineación” y se refiere a “estos socialistas al margen del socialismo” que con “un despotismo posible piensan adoctrinar a las masas contra la libertad”.



Por otra parte, como bien apunta Jim Powell, en Los Miserables (donde no se exime a los gobiernos por la pobreza, la cual aconseja mitigar con ayudas voluntarias realizadas con recursos propios) se lee que “El comunismo y la ley de reforma agraria creen que han resuelto el segundo problema [la distribución del ingreso]. Están equivocados. Su distribución mata la producción. La partición igualitaria termina con la emulación. Y, consecuentemente, con el trabajo. Es la distribución del carnicero que mata lo que distribuye.”

Las disquisiciones de Hugo sobre la manía de algunos historiadores de centrar la atención en los desplazamientos y decisiones de gobernantes en lugar de prestar atención a lo realizado por personas que no detentan el poder pero que llevan a cabo contribuciones formidables a la civilización, esta manía decimos me remite a los cinco gruesos tomos que afortunadamente operan a contramano de lo dicho titulados Historia de la vida privada con ensayos tan jugosos, todo compilados por Philippe Ariés y Georges Duby.

Mucho se ha discutido en torno al mensaje central de Los Miserables, algunos consideran que fue un texto peligroso al infundir en la gente deseos de cambios radicales de respeto recíproco en detrimento de los poderosos instalados en los monopolios de la fuerza que denominamos gobiernos y sus cortesanos, por eso fue una obra combatida en su tiempo y colocada por la Iglesia católica en el Index. Otros en cambio la enaltecen y sostienen que ayuda a elevar la puntería en la excelencia aunque algunas de las metas nunca sean cubiertas del todo. La pasión por lo imposible puede tener sus aristas controvertidas si se toma como un fundamentalismo siempre reprobable. En este sentido es pertinente destacar que una cosa es la ficción y otra la realidad.

Por ello es que deben verse los dos lados en el célebre grafiti de los revolucionarios marxistas de mayo del 68 en París: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”. Por un lado, es de interés el ejemplo de ir al fondo en las ideas al efecto de lograr lo mejor posible que siempre es más cercano si se presenta como no negociable, pero, por otra parte, se torna en un estropicio si es a todo o nada. Friedrich Hayek ha puesto como ejemplo la perseverancia y las propuestas de fondo de las izquierdas y advierte de los graves problemas de supuestos partidarios de la libertad que ceden para ser “políticamente correctos”.


En todo caso las críticas de la época por contener propuestas demasiado extremas en esta novela de Víctor Hugo no han hecho más que ensalzarla tal como marca Mario Vargas Llosa quien escribe que “No solo los inquisidores españoles tenían una instintiva desconfianza a las novelas, como factores de inestabilidad de los espíritus y socavadores de la fe.

En verdad, todas las dictaduras que en el mundo han sido han impuesto sistemas de censura para la creación literaria, convencidos de que la libre invención y circulación de ficciones podía poner en peligro el régimen establecido y erosionar la disciplina, es decir, el conformismo social. En esto, fascistas, comunistas, fundamentalistas religiosos y dictaduras militares tercermundistas son idénticos […] Los Miserables es una de esas obras que en la historia de la literatura han hecho desear a más hombres y mujeres de todas las lenguas y culturas un mundo más justo, más racional y más bello que aquel en que vivían.”

En otro orden de cosas y para finalizar este esquema telegráfico del gran escritor decimonónico, no puedo resistir la transcripción de una última cita de su última novela referida a la contrarrevolución francesa cuya versión en inglés fue prologada por Ayn Rand (NY, Bantam Books, 1874 /1962) quien escribe que “Víctor Hugo es el novelista más destacado del mundo literario” y que “se profesaba socialista, pero era un individualista ferozmente intransigente”. 

La cita anunciada se encuentra en el libro tercero de Noventa y Tres, titulado “La masacre de San Bartolomé”, una referencia que para todos los que tenemos hijos y nietos resulta de una emocionante y patente realidad: “El despertar de los niños es como el abrir de las flores; una fragancia parece desprenderse de esas almas frescas”. Todos sus textos son llamaradas para el espíritu.

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