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Nuclear, la nueva “palabra n”

La energía nuclear se presenta como la única alternativa viable a pesar de la reputación que tanto extremistas como lobbies le han adjudicado

Una niña, hija del mundo desarrollado y rico, se pone su impermeable amarillo y sale a las calles a protestar. No va sola: otros chiquillos la siguen, la imitan, la acompañan. El frío nórdico enrojece sus narices y deja al descubierto sus mejillas rosadas, evidencia de juventud, vehemencia y denuedo. Y hacen eso: marchan, caminan, protestan. Le llaman “huelga”, porque para manifestarse no van a la escuela: es menester, sostienen, que se note su ausencia en la sala.

Este grupo de jóvenes no es el primero en invadir los espacios públicos; rebelarse contra las formas de la generación reinante es, después de todo, etapa obligada de un adolescente (que confunde conceptos, que mezcla emociones y razones, que… adolece) desde que el mundo es mundo. Hay quienes, haciendo un uso sobrehumano de su memoria, podrían afirmar que quien escribe estas líneas marchaba, a sus tiernos 13 años, solicitando inmediata respuesta a la feble situación de cientos de pingüinos después de notorios y reiterados accidentes de barcos petroleros. Todos fuimos idealistas y, con un poco de sensatez y honestidad, no podemos privar a las generaciones ascendentes de su cuota de idealismo.

Hay algunas verdades en sus reclamos: a no ser que Elon Musk nos dé la sorpresa del milenio, los exoplanetas están, por lo pronto, fuera de nuestro alcance. Estamos estancados aquí, en esta tercera casi esfera desde una estrella que no ostenta particularidad alguna. Este es nuestro mundo, el único con el que realmente podemos contar, y hay que redoblar esfuerzos para protegerlo de muchas de nuestras acciones.

El problema radica, como suele suceder, en el abigarramiento de modas, ideologías y agendas cuestionables. Muchos de los jóvenes que marchan por el clima exigiendo a todos los líderes de las máximas potencias económicas reducir sus emisiones de dióxido de carbono claman, además, el fin del capitalismo (que, como ya deberíamos ser capaces de admitir, es el único sistema que ha sacado a millones de la pobreza) y proponen como alternativa lo que sería, básicamente, un regreso a la Edad de Bronce.

Yo, que también me considero defensora del planeta que habito (y de sus pingüinos), no puedo aceptar la demonización sistemática de la solución más evidente al problema del dióxido de carbono (cuyos niveles sí hay que intentar reducir). Digámoslo fuerte y claro: la “palabra n”. No, no esa, la otra: “nuclear”.

Según Stan Lee, “lo nuclear” te convierte en superhéroe. Según Matt Groening, “lo nuclear” provocará una superpoblación de peces de tres ojos (¡ese capitalista de Burns es un pillo!). Según Dark, “lo nuclear” facilita los viajes en el tiempo y promueve el incesto. En el siglo XXI, cuando tenemos satélites “flotando” sobre la exósfera y cuando descansa en nuestros bolsillos un aparato con acceso a casi todas las bibliotecas del mundo, la ignorancia es una elección. Si entendemos esto (y en consecuencia, estudiamos lo que la energía nuclear implica) sabremos que no hay forma más segura y amigable con la naturaleza que la fisión nuclear para producir electricidad.

Durante esta reacción (al igual que con la fusión nuclear que, de concretarse, sería incluso más green) los átomos manifiestan una leve pérdida de masa que se convierte en energía calorífica y de radiación, como ya explicó el señor que no se peinaba con su ecuación E=mc².  Esta energía calorífica es utilizada para producir vapor, y este vapor, a su vez, se utiliza para producir electricidad. Es eso, y no gelatina brillante, lo que sucede en una planta de energía nuclear.

¿Cómo una lúgubre planta es más segura en términos medioambientales que los paneles solares o los molinos, que son tan cool y lucen tan bien en Instagram? En primer lugar, para producir energía que alimente millones de hogares en cada país exclusivamente a base de paneles solares, habría que cubrir inmensas extensiones territoriales. Para hacer esto último, hay que deforestar. Literalmente. Además, estos paneles no son perennes: se rompen y hay que sustituirlos. ¿Adónde van a parar esos desechos? A países del mal llamado “tercer mundo”, lejos de Suecia y sus ricos íconos posmodernos.

Algo similar sucede con los molinos o “generadores eólicos”, que además cobran la vida de miles de especies de pájaros.

Por sobre todas las cosas, ni los paneles solares ni los generadores eólicos pueden proveer a ciudades de millones de habitantes de suficiente energía para llevar una vida normal.
Hubo muchos accidentes automovilísticos desde la aparición del auto, y nadie dejó de utilizarlo. Lo mismo se aplica a los barcos, a los aviones y hasta a las bicicletas. ¿De verdad sacrificaremos la fuente de energía más segura (y económica para los usuarios) por los desastres de Chérnobil, Fukushima y Three Mile Island, causados por comportamientos díscolos, desidia y negligencia humana?

¿Y qué sucede con los famosos residuos radiactivos? Los de baja y media actividad se aíslan por al menos treinta años. Los de alta actividad, por al menos mil. Y, esto es muy importante ¡no se entierran (ni se esconden en cuevas alemanas)! Se colocan en piscinas blindadas con agua refrigerante y luego pasan a un almacenamiento seco. Todo esto ocurre dentro del predio de las propias plantas, vigiladas por organismos internacionales.

Alemania cerró sus centrales nucleares, víctima de esta moda disfrazada de buenismo y responsabilidad ambiental. La consecuencia directa fue el retorno parcial al carbón (es decir, aumentó sus emisiones de dióxido de carbono) y para el alemán promedio, los precios de la electricidad se dispararon.  Francia, que fuera líder y pionera en energía nuclear, cerró Fessenheim y tiene la intención de ir por más.

¡Claro que los jóvenes pueden tener ideales y manifestarse por ellos! Son libres de hacerlo, y es deseable que lo hagan. Pero no son libres de manipular gobiernos, no son libres de decir medias verdades, no cuando mi planeta, el único que tenemos, depende de nuestras buenas decisiones hoy. Quizás es hora de que los “huelguistas nórdicos” vuelvan a la escuela.

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