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La nueva guerra fría es contra China, y se peleará en el Pacífico. Imagen: Unsplash.

La nueva guerra fría empieza con los olímpicos de invierno

La nueva guerra fría entre Estados Unidos y China está en marcha. El boicot diplomático a los JJ.OO. de Beijing es una señal de que la paciencia se agota

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La nueva guerra fría está en marcha. El 6 de diciembre, la administración Biden anunció un boicot diplomático a los próximos Juegos Olímpicos de Invierno, que se llevarán a cabo en Beijing a partir del próximo 4 de febrero, lo que significa que ningún funcionario del gobierno americano asistirá en carácter oficial a la competencia, con el objetivo de protestar “contra el genocidio y los crímenes contra la humanidad en Xinjiang”, la región occidental china donde el gobierno comunista está recurriendo a tácticas cada vez más autoritarias contra de los uigures.

Jen Psaki, la secretaria de Prensa de Biden, añadió que la Casa Blanca quiere mandar un claro mensaje en el sentido de que los abusos a los derechos humanos en China no pueden considerarse como algo normal. Y la indignación va mucho más allá de Washington, pues en un lapso de 48 horas Canadá, el Reino Unido, Nueva Zelanda y Australia anunciaron medidas similares, dándole forma a la peor fractura diplomática dentro del olimpismo desde aquellos boicots de los años 80.

Es cierto que esta vez, a diferencia de lo que ocurrió en Moscú 1980 y Los Ángeles 1984, los boicots son meramente diplomáticos y no afectarán a los atletas, que sí podrán asistir con normalidad a sus competencias. Aun así, se trata de una clara señal de profundización de las fracturas entre China y Occidente, que han entrado en una nueva etapa, una nueva guerra fría, con Beijing reemplazando a Moscú en el asiento del antagonista.

El origen de la nueva guerra fría

Desde hace doscientos años las relaciones entre América y China han sido complejas y marcadas por un profundo contraste de perspectivas culturales. Desde mediados del siglo XIX, cuando los Estados Unidos acompañaron primero y desplazaron después la influencia británica en el gigante oriental, China se convirtió en motivo de fascinación para políticos, comerciantes y misioneros americanos, que al mismo tiempo admiraban aquella nación y pretendían occidentalizarla.

Esa fascinación alcanzó su culmen en los años previos a la II Guerra Mundial, cuando Washington veía a China como el gran contrapeso del poder japonés y cuando el líder nacionalista Chiang Kai-shek adornaba las portadas de las revistas americanas. En 1949 llegó el triunfo de los comunistas y un rompimiento de relaciones que duró unas dos décadas, hasta que en 1972 la visita de Nixon inició un nuevo camino de negociación que se tradujo (en 1979) en la normalización de las relaciones entre ambos países.

Desde ese momento, China entró en una nueva etapa de apertura económica que le permitió convertirse en la gran fábrica del mundo. Mientras el régimen aprovechaba el impulso del libre mercado y de la globalización para sacar de la pobreza a 300 millones de personas y cimentar en ese éxito las bases de su propia legitimidad de cara a sus ciudadanos y al mundo entero.

Bueno, pues esta etapa ha terminado. Desde su asenso (en 2012) como secretario general del Partido Comunista chino (PCCh), Xi Jinping ha impulsado un régimen más estricto hacia el interior de China y más intervencionista hacia el exterior. Beijing ya no se contenta con producir barato, quieren controlar directamente los mercados mundiales, debilitar la oposición interna y establecer un nuevo orden. En esa estrategia se inscriben la grotesca represión de los movimientos opositores en Hong Kong y el ya citado genocidio contra los uigures en Xinjiang.

Ahora bien, a pesar de que las señales autoritarias e intervencionistas de la dictadura china son evidentes desde hace años, occidente había elegido hacerse de la vista gorda, porque, después de todo, China les hace ganar mucho dinero; así fue como vimos a Disney filmando “Mulan” en el vecindario de los campos de concentración en Xinjiang, y las infames declaraciones de LeBron James minimizando la represión en Hong Kong.

Parece que la indolencia americana se agotó.

Ante la nueva guerra fría, Biden apuesta por el "soft power" y la democracia como nodo. Imagen: EFE/EPA/TASOS KATOPODIS
Ante la nueva guerra fría, Biden apuesta por el “soft power” y la democracia como nodo. (EFE)

China, el equilibrio entre necesidad y enemistad

Donald Trump fue el primer presidente americano en lanzar una estrategia clara para revertir el avance geopolítico chino. Sus sanciones económicas hacia Beijing y su acercamiento hacia el resto de los aliados en el pacífico (incluyendo Japón, Taiwán y Australia) dejó en claro que Estados Unidos no cederá en silencio.

Y hubo buenos resultados. El peligro del creciente autoritarismo y expansionismo de Beijing saltó a los titulares, empresas y gobernantes alrededor del mundo comenzaron a verlo como un peligro real, e incluso América dejó de tener a China como su principal socio comercial, en su lugar se entronizó México.

Luego llegó el Covid-19, con todas las dudas sobre su origen. Llegaron las elecciones. Perdió Trump. Ganó Biden, pero el fondo de la política hacia China no cambió. Con sus matices y diferencias, en América hay un consenso bipartidista en el sentido de que la creciente hostilidad de Beijing no puede pasar desapercibida, y que ha llegado el momento de los Estados Unidos asuman un papel mucho más proactivo para contener los delirios imperiales del PCCh.

Por eso la administración Biden y los principales aliados geopolíticos de Washington están lanzando el boicot diplomático contra los Juegos Olímpicos de Inverno Beijing 2022. No solo se trata de denunciar las tropelías que está cometiendo la dictadura de Xi Jinping en contra de los uigures, sino de dejarle en claro que occidente está al tanto de las intenciones expansionistas chinas y no las va a aceptar en silencio.

En pocas palabras: que si Beijing insiste en romper los equilibrios y los acuerdos (oficiales y tácitos) que hicieron posible su transformación en la fabrica del mundo y el eje de la globalización, Estados Unidos y sus aliados van a enfrentar a la dictadura china. Y, en ese camino Washington no estará solo, como lo demuestra la participación de un centenar de países en el Summit for Democracy organizado por la administración Biden este 9 y 10 diciembre.

Al final del día, parece que América ha entendido (por cierto, not a moment too soon) lo que Gordon G. Chang explicaba hace unos meses en entrevista con El American: China es más que un adversario o un competidor comercial, “es nuestro enemigo”. Y así hay que entenderlo.

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