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Oda a Nueva York de la mano de Fran Lebowitz

Pretend It’s a City es un must. Brillante y comiquísimo, el documental sobre Lebowitz termina convirtiéndose en una necesaria oda a una ciudad que hoy, más que nunca, ante un rampante declive, merece ser reivindicada

Glenn Greenwald dijo hace poco sobre Fran Lebowitz: «La amo, no por que coincida con ella en todo (no lo hago), sino porque es malditamente brillante y divertida en igual medida. Es una persona independiente».

Coincido con el periodista. Fran Lebowitz es malditamente ingeniosa. Y eso es lo que la hace cautivadora. Como Greenwald, tampoco suelo coincidir con Lebowitz. De hecho, puede que no coincidamos casi nunca. Que, ideológicamente, estemos en las antípodas. Pero no se trata de pensar igual. Se trata de poder apreciar el talento.

No he leído ni Metropolitan Life ni Social Studies. Es decir, no he leído la principal obra de Fran Lebowitz. Sí sus artículos y columnas. Bastante. Pero aún no consumo sus mayores esfuerzos. Sin embargo, desde hace bastante me cautiva. Sobre todo porque varias veces la he escuchado hablar. Y recuerdo, con mucho placer, el documental que en 2010 Martin Scorsese le hizo: Public Speaking.

Scorsese vuelve y vuelve Fran Lebowitz. Vuelven con otra obra, brillantemente esculpida, de varios capítulos. Un documental que, superficielmente, se basa en la escritora y sus opiniones controvertidas; pero realmente, a partir de su ingenio, descodifica a Nueva York, la ciudad de Lebowitz y la de tantos.

Pretend It’s a City es una obra magistral de siete partes. Scorsese, quien acompaña a Lebowitz frente a las cámaras, logra edificar relatos como consecuencia de la agudeza de la escritora. Scorsese no puede ocultar su risa, que cada vez es más ruidosa y prolongada. Yo tampoco pude. Fran Lebowitz es simplemente divertidísima. Quisiera uno tener esa lucidez, tan afilada y letal.

Nueva York es el centro de la discusión. Conversaciones que se desenvuelven entre el Museo de Queens —donde Lebowitz camina sobre un modelo a escala de la ciudad—, un restaurante de Gramercy Park, el metro, la Biblioteca Pública y un foro público. Scorsese la acompaña y le pregunta, primero, sobre lo insoportable de la ciudad. Porque eso es Nueva York hoy para la escritora: una sombra insoportable de lo que alguna vez fue grande. Insoportable pero imposible de despreciar. Ahí sigue, viviéndola, caminando entre sus cientos de miles de turista, que la detienen a cada rato para pedirle alguna dirección.

El barrio que más odia es Times Square. Por supuesto, ¿a quién le gusta Times Square? Lo evita a toda costa. Sin embargo, a veces las circunstancias te obligan y, aunque no quieras, te lanzan a la calle 45 con Broadway. La circunstancia es, en el caso de Lebowitz, alguna obra de teatro. Toca, qué más.

Los peatones. Ella insiste: son un problema. Sobre todo porque ahora todos andan pendiente es del celular y obvian lo que les rodea. Totalmente injusto para Nueva York, que merece ser apreciada. Y el problema es que caminan y caminan y, entonces, se chocan con otros. A veces ese otro es Fran Lebowitz. En Pretend It’s a City se descarga contra los ambulantes idiotizados.

Uno de los mejores momentos de la serie es cuando Scorsese y Lebowitz hablan sobre arte y la escritora aprovecha para lanzar una crítica durísima sobre los tiempos que corren y la banalidad del mercado. «Vas a una subasta y muestran al Picasso, el silencio es total», dice, «una vez cae el mazo y se marca el precio de la obra, la gente aplaude. Vivimos en un mundo en el que la gente aplaude el precio, pero no el Picasso».

Trabajó para Andy Warhol, pero parece que no se llevaron muy bien. Fran, acidísima, aprovecha la mención del artista para lanzar un comentario brutal. «Le ha ido mucho mejor desde que murió. ¿Cómo sé eso? Pues porque vendí todos mis Warhols dos semanas antes de que muriera. Lo hice para pagar mi apartamento. Así que no solo tomo malas decisiones inmobiliarias. Y, francamente, creo que fue por eso que Warhol murió. ¿Sabes? Al segundo de morir, los precios de sus obras se fueron al cielo».

Lebowitz habla de Nueva York con cierta nostalgia. Pero es la nostalgia de alguien que no se ha podido acoplar al siglo XXI. Ella, obstinada y terca, no usa computadora, no usa teléfono móvil ni internet. «Tienen el número de mi casa y mi dirección. ¿Qué más quieren?», se pregunta. Lee el periódico aún para informarse. Es una de las pocas. Y recuerda cuando en Nueva York todo el mundo lo hacía. «Antes la ciudad estaba llena de periódico. En todos lados. En el metro, las basuras, las calles, en todos lados». Pero no es que la gente lea menos, de hecho. Simplemente ha cambiado el formato y la dinámica de consumo.

De hecho, ella se sorprende: los que más leen libros impresos, en papel, son los jóvenes; los más adultos, de entre cuarenta y sesenta años, son los que andan con un Kindlel caminando por Manhattan. Ah, la calidad, esa es otra discusión. Puros libros de autoayuda barata. Bueno, ¡pero los jóvenes al menos leen!, agradece Lebowitz.

El dinero, el ejercicio y la vida saludable, las fiestas, los grandes eventos culturales y la carísima vida en la ciudad son algunos de los temas sobre los que Scorsese y Fran discuten. Todos, absolutamente, arrastran un elemento: la nostalgia. Lo que fue y lo que es hoy. Lo que fue el dinero cuando ella era niña: algo totalmente ajeno a los intereses de una mujer. Lo que fueron el ejercicio y la vida saludable cuando ella era niña: algo totalmente ajeno a un americano promedio.

Hay cierto rencor a la forma en la que se ha desarrollado la ciudad. Sin embargo, Lebowitz valora el encanto entre la decadencia. «Vamos, Nueva York nunca ha sido una ciudad bonita. Para eso vive en Roma o París». Porque nadie va a Nueva York, sino es por el contraste entre su declive y su prosperidad; su rigidez y su franqueza.

Lebowitz, una suerte de estereotipo de una intelectual judía neoyorquina, rescata esa esencia: se columpia entre el declive de una escritora que, por un prolongado writer’s block —al que también le ha sacado provecho—, no ha podido volver a publicar una novela en décadas y el éxito de una mujer que triunfó y cuyo ingenio sigue maravillando al punto de convertirla en una de las intelectuales más importantes de estos tiempos. Una Dorothy Parker moderna.

Fuma obsesivamente, duerme a destiempo, no hace otro ejercicio que caminar y come mal. Militante por la causa de los vicios, Fran Lebowitz se opone a la insoportable tendencia del «bienestar» y la vida fitness. Es, al final, genuina. Y esa genuinidad es valiosísima en un mundo atestado de puestas en escena y personalidades excesivamente banales. «Los malos hábitos te van a matar», dice Lebowitz, «pero los buenos hábitos no te van a salvar».

Pretend It’s a City es un must. Brillante y comiquísimo, el documental termina convirtiéndose en una necesaria oda a una ciudad que hoy, más que nunca, ante un rampante declive, merece ser reivindicada. Defendida y querida. Fran Lebowitz lo hace. Y, antes de despedirse en el séptimo capítulo, retoma una recomendación que hace décadas les hizo a los adolescentes en una columna que escribió: «Piensa antes de hablar. Lee antes de pensar».

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