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Partido Comunista de Cuba

¿Otro Congreso del Partido Comunista de Cuba o no?

El Congreso del Partido Comunista de Cuba de este año se enfrentó a los mismos retos que ha encontrado sistemáticamente en el pasado

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El Octavo Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) se inauguró con el esperado gran ruido, este viernes 16 de abril. El dictador Raúl Castro anunció formalmente que dejaría de ser el primer secretario general del PCC, posiblemente el cargo político más poderoso dentro del régimen marxista-leninista. Pronunciamientos como este tienden a crear grandes expectativas entre los expertos políticos, especialmente entre los observadores novatos de Cuba que no tienen un conocimiento exhaustivo de la historia y la experiencia empírica del castrocomunismo.

¿Será este un congreso más del PCC que se celebra cada cinco años, o puede esta reunión del único partido legal y gobernante de Cuba conducir a algo que valga la pena para el pueblo cubano? 

Paradójicamente, este evento del PCC que marca la primera vez que alguien de apellido Castro no aparecerá visiblemente en la cúspide de los puestos de poder del partido, una supuesta novedad después de un consistente gobierno dinástico de los Castro por 62 años, es etiquetado como el “Congreso de la Continuidad”. Un aparente oxímoron, pero dos importantes factores diluyen la noción de que se trata de una contradicción. Este congreso quinquenal de la estructura de poder del comunismo cubano servirá exclusivamente para consolidar el dominio de la línea dura dentro de las filas del poder, mientras emite a las democracias del mundo la falsa aura de una liberalización plausible.    

Cuba fue tomada en 1959 y se ha mantenido bajo el reinado tiránico por un sistema y no por una familia. La inteligencia soviética ayudó a los rebeldes a derrocar el régimen autoritario de Fulgencio Batista facilitando la desinformación y encubriendo las conexiones comunistas de la familia Castro. La decisión de la administración Eisenhower de decretar un embargo de armas contra Batista nueve meses antes de su caída y el papel proactivo que desempeñó Estados Unidos al aconsejarle que dimitiera y abandonara Cuba, se basaron en la creencia de que el clan Castro no era comunista.

La consolidación del régimen marxista-leninista en Cuba contó con una estrecha red de connivencia encubierta soviética y del bloque oriental. Por último, la épica subvención que la URSS concedió al castrocomunismo fue un mecanismo fundamental de apoyo vital que, en su ausencia, el régimen castrista no habría podido sostener a lo largo de sus tres primeras décadas.    

El comunismo ha sido y sigue siendo, el sustento epistemológico y metafísico de racionalización de la dictadura cubana. La ideología marxista-leninista con fusiones nacionalistas y un estilo de liderazgo dictatorial extremadamente personalista, algo que politólogos como Juan Linz, Alfred Stepan y Houchang Chebabi, catalogaron como “sultánica”, componen la variante socialista cubana. A pesar de su factor sui generis, es sólidamente socialista. Es innegable que el ejercicio por parte del dictador Fidel Castro de lo que Max Weber denominó autoridad política “carismática”, dio un gran peso a la cohesión dentro del comunismo cubano y a la durabilidad de su dictadura.

La caída del comunismo soviético forzó una mutación, pero no su fin. Fue testigo del desarrollo de dos variantes. En las democracias, el marxismo cultural (neomarxismo) sería la nueva norma estratégica, y el arsenal de estudios de rabia de la Teoría Crítica de la Escuela de Fráncfort arrollaría a la academia e impulsaría a los futuros socialistas.

Las dictaduras comunistas establecidas, como Cuba, Corea del Norte, China, el Tíbet ocupado, Laos y Vietnam (comunismo asiático) se radicalizarían en el leninismo políticamente, ya que exploraron esquemas económicos híbridos impulsados por el mercado que mantenían la primacía de la dirección del Estado (excepto Corea del Norte, una dependencia de China). Cuba hizo algo adicional. Formuló un nuevo modelo dictatorial en el Foro de Sao Paulo (FSP) en1990 y se convirtió, en efecto, en una nueva versión de la URSS dentro del hemisferio occidental, pero sin sus recursos. Esto lo extraerían del nuevo país dominado de Venezuela, la primera toma de posesión exitosa con el naciente modelo dictatorial socialista del FSP.

Cuba fue tomada en 1959 y se ha mantenido bajo el reinado tiránico por un sistema y no por una familia. (EFE)

Cuba comunista no siguió la ruta de liberación de otros satélites socialistas del bloque oriental, precisamente porque endureció el centralismo democrático, ese modelo organizativo partidista leninista que ahoga la disidencia. Esto explica la más constante de las variables dentro del comunismo cubano. Ese es su molde de poder político monolítico. El único otro país comunista donde el centralismo democrático se practica tan bien es Corea del Norte. Una prueba de que el dogma continuo del pensamiento y la práctica socialista monopólica se impondrá es el papel cardinal que juega el hijo de Raúl Castro en el formato de poder del régimen cubano.

Algunos, o muchos, celebran la “salida” de un Castro de la política dictatorial cubana, pero esta noción está un poco fuera de lugar en su totalidad. Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl Castro, es un influyente coronel del Ministerio del Interior, la agencia de inteligencia, contrainteligencia y policía política de Cuba.

En otras palabras, el hijo del dictador cubano ha servido y seguirá sirviendo de vigilante del régimen para asegurar el cumplimiento de la línea dura del centralismo democrático. Castro Espín negoció los detalles, en nombre del régimen cubano, del acercamiento con la Administración Obama y el posterior programa de normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Además, ha sido la persona clave en los vínculos de Cuba con Rusia, así como con otros regímenes autoritarios. Por lo tanto, técnicamente, un Castro seguirá en la sede del gobierno y en un papel especialmente importante: dirigir el centro neurálgico de la inteligencia que vigila el ámbito político.       

Cuba se encuentra en un estado muy sombrío. Se enfrenta a su peor crisis económica desde la desaparición de las comodidades del bloque socialista soviético. El que fuera el mayor productor de azúcar del mundo, los niveles actuales de producción son inferiores a los de 1894. La naturaleza parasitaria del comunismo cubano ha seguido su curso.

Los fastuosos subsidios soviéticos, los préstamos de la banca extranjera (Club de París), las asociaciones de inversión extranjera y el petróleo venezolano han demostrado ser fuentes insuficientes e insostenibles de transferencia de riqueza. El sostenimiento del aparato represivo del terrorismo de Estado del castrocomunismo, las redes de espionaje internacional y el imperialismo hemisférico tienen un precio enorme. Los ingresos adicionales de las remesas, el tráfico de drogas y el comercio de mano de obra esclava de servicios médicos son insuficientes para equilibrar las hojas financieras de la dictadura comunista cubana.

La adaptación del modelo del comunismo asiático (Estado leninista con economía híbrida de mercado planificada) parece ser, de forma concluyente, la única vía que le queda al régimen castrocomunista para buscar su perdurabilidad. El único remedio que puede seguir una dictadura marxista-leninista que desee la sostenibilidad, es seguir el camino que trazaron China y Vietnam. La razón por la que esto no se ha implementado en Cuba, es el miedo del régimen al fantasma de la Plaza de Tiananmén.

La versión comunista cubana de la Nueva Política Económica de Lenin (1921), precursora del comunismo asiático, ha sido embrionariamente un proceso contradictorio de un paso adelante y dos pasos atrás durante décadas. Hace 39 años, en 1982, Cuba decretó su primera ley de inversiones extranjeras (Decreto-Ley No. 50). Diez años después, el gobierno de Castro modificó su constitución socialista para dar cabida a las empresas mixtas comerciales con inversores extranjeros, oficializándolo con el Decreto No. 140 (1993) y la Ley No. 77 (1995). En 2004 (Leyes No. 5290 y 144), 2013 (Decreto No. 313) y 2014 (Ley No. 118) se implementaron modificaciones abstractas adicionales de liberalización económica.

Dada la arraigada paranoia que el castrocomunismo ha demostrado sistemáticamente con el desencadenamiento de una interpretación tropical de la perestroika y el potencial desmantelamiento de la política oficial de centralismo democrático, sus esquemas de liberalización económica han sido principalmente en el campo de la amplificación del capitalismo de Estado por medio de la superación de sus corporaciones estatales manejadas por los militares como GAESA. Por lo tanto, la expansión económica a costa del desarrollo de una clase empresarial no gubernamental, aunque este fuera fuertemente controlada y dirigida por el régimen, como es el caso en China, Vietnam y Laos, no le ha convenido al comunismo cubano.   

Los más de treinta y nueve años de participación de Cuba en los mecanismos de mercado han demostrado ser, en la práctica, meras pseudo operaciones, en lo que respecta al engrandecimiento socioeconómico. Los regímenes totalitarios, con una sociedad civil inexistente, hacen difícil separar lo político de lo económico. La liberalización de la esfera económica suele llevar a la falsa impresión de que los derechos políticos y civiles, pueden seguir pronto a los económicos. Eso sólo ocurre en las dictaduras autoritarias. Sus homólogos totalitarios, sólo se fortalecen con el aumento económico, ya que desarrollan una sociedad “civil” paralela, patrocinada por el Estado/partido.

En la Plaza de Tiananmén, el “modelo chino” le demostró al mundo que un Estado marxista-leninista puede coexistir con versiones adulteradas del capitalismo. El régimen castrocomunista teme tener que llegar a una crisis semejante. Las Fuerzas Armadas cubanas tal vez no lleguen a imitar a sus equivalentes chinos y se nieguen a disparar a su pueblo.

La nación cubana fuera de su territorio, en el exilio y la diáspora, no ha mostrado voluntad de ignorar el historial de sesenta y dos años de atrocidades continuas y crímenes de lesa humanidad, así como dejar de priorizar las iniciativas de liberación y democratización. El congreso del PCC de este año se enfrentó a los mismos retos que ha encontrado sistemáticamente en el pasado. Las posibilidades de la libertad y los imponderables que desafían a una tiranía impuesta por el terror, seguirán acechando al castrocomunismo.  

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