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Payasos a la contienda. Imagen: Matt Ryall via Flickr

México, payasos en la boleta del 2021

Lanzando a cantantes y “liderazgos” sin conocimientos, los partidos mexicanos le apuestan a los payasos para mantener el control, pero traicionan a la sociedad

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Los políticos tienen un poco de payasos, y la democracia tiene mucho de teatralidad, eso desde siempre. Sin embargo, para que la ópera democrática se mantenga en escena es necesario que el público se la tome con un mínimo de seriedad y que no le pierda el respeto, pues en la política, como en cualquier otra forma de entretenimiento, el poder depende de la percepción. Dicho de otro modo, se puede ser payaso, pero no parecerlo… mucho.

En México, donde los partidos políticos y el sistema en general enfrentan una profunda crisis de credibilidad, la creciente presencia de candidatos salidos de la tele refleja no solo el desgaste de sus propias estructuras, sino la erosión de su legitimidad de cara a los ciudadanos y la apuesta por un camino fácil (pero potencialmente muy peligroso) para recuperar el apoyo social que no han ganado con su propio derecho.

Candidatear a bufones, atletas y cantores quizá salve a los partidos en el corto plazo, pero están envenenando al sistema y profundizan todavía más las raíces del descrédito y del cinismo que alimentaron la crisis en primer lugar.

Como si fuera “Sábado Gigante”

El circo político parece literalmente eso: un circo. El 25 de enero Movimiento Ciudadano presentó a la cantante Francisca Viveros Barradas “Paquita la del Barrio”, como su candidata a diputada local en el estado de Veracruz. ¿Su presentación? Una conferencia de prensa con tres canciones y una declaración tan honesta como preocupante. En sus propias, palabras: «No sé a qué vengo aquí… Yo solo sé que hay personas atrás de mí que son las que me van a enseñar a cómo manejar este asunto».

No es solo Paquita. El “galán” de telenovelas Alfredo Adame competirá en la Ciudad de México con el nuevo partido Redes Sociales Progresistas, que también presentará como candidatos a los luchadores Tinieblas, Carístico y Blue Demon Jr., además del excantante de Los Ángeles Azules, Héctor Hernández, quien va por la populosa alcaldía de Iztapalapa.

Salidos de la “caja idiota” también brincarán a la política el cantante Vicente Fernández Jr., candidato a diputado; la actriz Gabriela Goldsmith, ahora precandidata de Morena; la ex miss universo Lupita Jones, que encabezaría la alianza opositora a la gubernatura de Baja California; y el popular Carlos Villagrán, “Kiko” de la vecindad de El Chavo, quien va de candidato a gobernador o alcalde de Querétaro (lo que caiga es bueno) por el Partido Querétaro Independiente.

El circo también tendrá futbolistas: Adolfo Ríos, que va por la alcaldía de Querétaro bajo las siglas del Partido Verde Ecologista de México; Adolfo “Bofo” Bautista y Javier “Abuelo” Cruz, que quieren ser diputados del Partido Encuentro Solidario y el entrenador José Luis Sánchez “Chelis”, que participará con Morena para diputado local del estado de Puebla. Se les sumará el clavadista Rommel Pacheco Marrufo, que competirá en Yucatán para ser diputado por el Partido Acción Nacional.

Vicente Fernández Jr., Paquita, Kiko y demás. Política de payasos, para una sociedad que ya no se ríe. Imagen: EFE/ Francisco Guasco
Vicente Fernández Jr., Paquita, Kiko y demás. Política de payasos, para una sociedad que ya no se ríe. (Efe)

Caras vacías

«No sé a qué vengo aquí… Yo solo sé que hay personas atrás de mí que son las que me van a enseñar a cómo manejar este asunto». Lo dijo Paquita, pero aplica para miles de candidatos que competirán para convertirse en diputados locales y federales, en regidores y presidentes municipales, e incluso en gobernadores. Muchos de ellos llegan a la arena política sin ninguna preparación, convertidos en marionetas de los propios partidos o de otros grupos de poder con intereses menos claros.

Esto ocurre en todos los países, pero en México hay mayores incentivos para hacerlo, debido a que la partidocracia mexicana está diseñada para poner grandes barreras de entrada al mercado político, acompañadas de inmensos beneficios para aquellas organizaciones que logran permanecer en el juegos.

A diferencia de otros países, donde basta un puñado de firmas para registrar un partido, en México el proceso para la creación de nuevos partidos políticos es una ventana que se abre cada 6 años y que requiere demostrar el apoyo más de 260,000 personas con credencial de elector en mano y sobrevivir a las intensas auditorías del Instituto Nacional Electoral. Más de un centenar de organizaciones lo intentaron durante el más reciente ciclo, pero apenas tres lo consiguieron (las vinculadas a organizaciones sindicales y a la alianza política del presidente López Obrador).

Una vez registrados, los partidos reciben presupuestos multimillonarios, pero mantenerlos no es cosa fácil. Para preservar el registro los partidos mexicanos necesitan cuando menos el 3 % de la votación en cada ciclo electoral, una labor verdaderamente titánica incluso con respaldos corporativos.

En este entorno, y especialmente para los partidos pequeños, presentar candidatos de la farándula es algo casi obligatorio para sobrevivir, e incluso los partidos grandes recurren cada vez más a perfiles “frescos”, incluso aunque no cuenten con la preparación necesaria para hacer un buen trabajo.

El resultado es que el Poder Legislativo y los ayuntamiento se llenan con una mezcla de liderazgos sociales (empresarios de poca monta, artistas o activistas) sin ninguna capacidad para el cargo, y burócratas del partido, sin ningún carisma o poder propio. Todos son controlados con mano de hierro por las dirigencias partidistas: los artistas y “liderazgos” obedecen porque sin el guion que les manda el partido no sabrían qué hacer; y los burócratas obedecen porque sin la bendición del partido no serían capaces de ganar ni la elección de qué película ver en Netflix.

Los 3 peligros de los payasos

Al llenar las contiendas políticas con payasos que no tienen ni idea de lo que están haciendo, las personas dejarán de tomar en serio al sistema electoral, lo que erosiona la legitimidad de todos los participantes, vuelve más frágil al sistema y genera condiciones para que los demagogos lleguen al poder, montados en la creciente indignación y cinismo del votante promedio.

Estos payasos, incluso cuando ganan, no gobiernan. Quienes verdaderamente tienen el poder son figuras mucho más turbias, por las que nadie votó y a las que nadie supervisa. Esos intereses ocultos son parte de la vida política en todo el mundo, pero cuando la obscuridad aumenta más allá del máximo tolerable, el sistema entero se pone en riesgo.

Convertir a los comicios en una elección de payasos provoca que los partidos se esfuercen todavía menos en formar políticos que tengan liderazgo y conocimiento propio. Las dirigencias han comprendido que es más fácil controlar a un candidato externo que no tiene idea (y a uno interno que no tiene talento o fuerza propia), y esto se traduce en dinámicas de poder cada vez más piramidales más “disciplinadas” y más centralizadas.

Y sí, los “artistas” quizá consigan votos, pero no responden a la necesidad real de representación ciudadana. Los votantes tal vez no lo articulen en palabras, pero sí están tomando nota de que los partidos se burlan de ellos, poniéndoles payasos en la boleta. Y eventualmente la sociedad se los va a cobrar. Su venganza será una carcajada que derrumbará al sistema entero. Tarde o temprano.

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